10 de agosto de 2025

La llama inmortal de Stephen Crane (Paul Auster)

 


El penúltimo libro publicado por Paul Auster fue La llama inmortal de Stephen Crane (Seix Barral con traducción de Benito Gómez), una obra extraña por varios motivos. En primer lugar, si tenemos en cuenta que la vida de Stephen Crane apenas llegó a los veintiocho años, sorprende un esfuerzo biográfico de más de mil setecientas páginas, máxime para un escritor no acostumbrado a este género, qué no habría escrito Auster si Crane hubiera vivido algunos años más.


Pero también sorprende que Auster, ya en edad avanzada y con problemas de salud graves que terminarían por causarle la muerte, dedicara este inmenso esfuerzo a la vida de otro autor, no muy prolífico, no demasiado reconocido en el panteón de plumas ilustres americanas actualmente y con una obra fulgurante que se consumió, pese a lo que insinúa el títulò, en un cortísimo periodo de tiempo.


Como resumen de todas estas páginas diremos que Stephen Crane nace en el seno de una familia americana acomodada de fuertes convicciones metodistas. La temprana muerte del padre les lleva a afrontar problemas económicos de los que el tarambana de Crane nunca logrará salir a diferencia de la mayoría de sus hermanos. El joven dio preferencia a una vida vacía frente al estudio o los negocios. Su principal afán fue el de divertirse, tener lo suficiente para vivir y, si no, pedirlo. Su simpatía y jovialidad siempre le brindaron un importante apoyo para lograr estos pequeños apoyos económicos o vitales.


Su afición por las letras es muy prematura y desde joven logra publicar artículos satíricos en periódicos locales narrando la vida de los veraneantes en la entonces naciente Ashbury Park pero pronto la escritura de artículos se cruza con la concepción de obras más enjundiosas como su retrato de los bajos fondos neoyorkinos con Maggie: una chica de la calle y diversos relatos que va colocando en revistas y periódicos. De aquí salta a su obra maestra, la más conocida y la única que realmente le mereció el reconocimiento en vida, La roja insignia del valor, una novela breve sobre una batalla de la Guerra de Secesión.


De esta misma idea surgieron otros tantos relatos pero el deseo, tal vez, de vivir lo que narraba, le llevaron a tratar de cruzar a Cuba en el periodo del bloqueo naval español previo a la guerra del noventa y ocho, intento fallido que dio lugar a uno de sus más afamados relatos, El bote abierto. También estuvo como reportero en la guerra greco-turca o finalmente, tras la explosión del Maine, acompañó a las tropas de desembarco que ocuparon la isla. Entre tanto había publicado La tercera violeta, una peculiar obra que no logró ventas importantes y otros tantos relatos como El hotel azul que están entre lo mejor del género antes de la gran explosión cuentística americana a partir de Fitzgerald, Hemingway y otros tantos.


Sin embargo, problemas económicos y algunos de otra índole, así como la falta de reconocimiento en su país, le llevaron a Europa donde vivió sus últimos años hasta su temprana muerte por tuberculosis.


Poco más vamos a contar sobre Stephen Crane aquí, de sobra hay información en este libro para quien quiera tenerla de primera mano, tal vez hasta un punto agotador por lo exhaustivo. Sin embargo, durante toda la lectura, al margen del propio interés que el biografiado puede despertar, me ha ido llamando la atención, cada vez más según avanzaba, la peculiar aproximación de Auster, su método.


A diferencia de otras biografías monumentales, pienso por ejemplo en la leída recientemente sobre Kafka a cargo de Reiner Stach, no estamos ante el intento de acumular datos y exponerlos de manera cronológica y ordenada, explicando cada pequeño detalle de la vida del biografiado. Todo lo contrario, Auster parte siempre de textos escritos por el propio autor (relatos, novelas, cartas) o de recuerdos y correspondencia relativas a Crane de otras personas. Es decir, sus fuentes son principalmente literarias en gran medida. Como es natural, Auster no acude a registros, no consulta hemerotecas, no lleva a cabo entrevistas a expertos, no visita bibliotecas que conserven el legado. Su principal guía es la edición de las obras completas de Crane publicada por la Universidad de Virginia, ejemplar que visualizo prácticamente desencuadernado, lleno de anotaciones, post-it y deteriorado al extremo.


Y es este enfoque propio de un escritor, no de un historiador, el que nos da el tono de la obra y lo que la convierte en un excepcional registro que dice tanto del biógrafo como del biografiado.

 

 


La introducción histórica que hace Auster es vibrante y vívida. Unos Estados Unidos que aún se están expandiendo hacia el Oeste, en el que los ferrocarriles son la punta de lanza del capitalismo y en el que las huelgas, los movimientos anarquistas, la violencia de todo signo, conviven con la vida de los grandes burgueses, amenazados por crisis económicas periódicas, apoyados en un racismo más o menos explícito y en la supremacía racial frente a los indígenas. Un tiempo en el que la doctrina Monroe sacó a los Estados Unidos de sus crecientes fronteras, para expandirse a costa del vecino del sur o para ir involucrándose en la política internacional, en Cuba, Filipinas, Panamá y así preparar el gran salto a la política internacional con la intervención en la Primera Guerra Mundial. Pero Crane solo pudo intuir parte de estos hechos, sus tendencias y previsibles consecuencias. Y, sin embargo, pese a su pronta muerte, sus relatos dan cuenta parcial de todas estas corrientes.


En diversas maneras, Crane era un inadaptado. No solo no logró formar parte de la élite intelectual o artística de su tiempo, sino que tuvo que emigrar a Inglaterra, en parte por su relación y posterior matrimonio con Cora, una mujer supuestamente dueña de un burdel, con la que vivió los últimos años de su vida y en la que encontró cierto consuelo y un espíritu parejo. En todo caso, los juicios morales sobre la vida de Crane siempre jugaron en su contra.


Pero nada de esto impidió su reconocimiento por parte de otros autores. Ya en Inglaterra se relacionó con Henry James, H. G. Wells, y muy especialmente con otro inmigrante, Joseph Conrad, de quien casi era vecino en Kent y que le profesó una enorme admiración.  


Volvamos a la pregunta seminal. ¿Por qué dedicó tanto esfuerzo Auster a este libro? Alguien podría creer que su inspiración había quedado seca, tal vez que fue una pequeña obsesión que se le fue de las manos o que le sirvió para limpiar la mente entre un proyecto y otro. Sin embargo, según se avanza en el libro se aprecia que Auster está precisamente tratando de construir la figura de Crane desde su obra. Para él, los hechos biográficos se leen en su escritura y ésta es el reflejo de su modo de entender el mundo, de vivir la vida. Hay una clara consonancia entre ambas, y a diseccionar esta simbiosis se aplica con herramientas de escritor, no de biógrafo.


El libro reproduce extensísimas partes de obras de Crane mientras Auster las va glosando, explicando, adelantando en qué ha de fijarse el lector, destripando frases completas, casi palabra a palabra, reflexionando la selección de un artículo frente a otro, maravillándose por el ritmo de las oraciones, las aliteraciones, el engarce entre los párrafos o la técnica empleada.


Auster destaca el modernismo que impregna toda la obra de Crane. Desde sus casi olvidados poemas, al naturalismo de Maggie o su estilo próximo al del naciente cinematógrafo en el que su narración actuaba como el objetivo de una cámara fija ante el que aparecían y desaparecían los personajes pero permitiéndonos seguir el hilo de la historia que Crane nos quiere contar. No olvidemos el trabajo de Auster como guionista, lo que esta experiencia le pudo influir en su obra y en el modo en que lee a otros escritores.


Y Auster se maravilla de que este joven portentoso, con no excesivas lecturas a cuestas, sin apenas formación académica, con una terrible ortografía, pudiera tener tantas intuiciones y talento que se le desbordaba en cuanto tomaba la pluma.


Casi podríamos decir que este libro es una más de las obras de ficción de Paul Auster, una creación literaria basada remotamente en hechos reales, pero erraríamos. Auster pretende ser fiel a Crane, no quiere inventar pero sí nos ofrece un perfil desde la perspectiva de otro escritor, alguien capacitado, por tanto, para poder entender las dificultades del proceso creativo, los bloqueos y las torpezas, los momentos en que uno se deja llevar y afloja la tensión artística, los intentos fallidos de renovarse o de innovar y crear algo  nuevo, de afrontar desafíos y la técnica para hacerlo.


Incluso, y esta percepción puede ser simple consecuencia de haber comenzado a leer este libro apenas unas semanas después de conocerse la muerte de su autor, Auster reflexiona sobre cómo su propia obra podría ser analizada y cómo da fe de su existencia, de sus logros, éxitos y fracasos y mientras la escribía, mentalmente repasaba su propia vida, su obra y la juzgaba con la misma intención y detalle con la que se aplicaba a la de Crane.


Sea como fuere, lo cierto es que la lectura de La llama inmortal de Stephen Crane es un extraño y placentero viaje a la obra de dos grandes escritores americanos. Uno que vivió hace más de cien años y otro que apenas nos dejó este año. Y ambos tuvieron notable éxito en vida, más fuera de su país que en el mismo, que supieron dar aliento a un tiempo y a unas vidas en las que muchos pudieron verse reflejados.






1 de agosto de 2025

En las Antípodas (Bill Bryson)


 

 

¿Qué queda del viaje cuando el escritor no se ensucia los zapatos?
Bill Bryson aterriza en Australia con su ironía intacta, su curiosidad domesticada y una libreta donde anota más titulares que vivencias. En las antípodas es un libro que entretiene, sí, pero también esquiva lo esencial: el roce con la realidad. Lo que podría haber sido una inmersión literaria se queda en superficie bien escrita, un safari de tópicos y bromas desde el asiento del turista privilegiado.

 

Todos sabemos que las Antípodas son ese lugar que ocupa la posición opuesta en el globo terráqueo a la nuestra, el punto más alejado, aquél en el que nuestra cabeza apunta en la dirección exactamente contraria a la de ellos. Ese punto en el que, según la etimología de la palabra, nuestros pies se contraponen. Y todos sabemos que por fuerza, tanta distancia debe reflejarse en una discrepancia pareja entre nosotros y ellos, nuestro entorno y el suyo.


En el caso de España, bien puede aplicarse este criterio puesto que tenemos la fortuna de contar como antípoda a la tierra austral, ese enorme espacio natural escasamente habitado y tan solo recientemente colonizado en términos históricos que cuenta con una población nativa enigmática y esquiva, a su pesar, y con la fauna más extraña y peculiar que alberga el planeta.


Y éste es, sin duda, el motivo por el que los europeos, en su afán por cartografiar, medir y ocupar el mundo entero, sólo se plantean con seriedad a Australia a mediados del siglo XIX cuando, por erróneas apreciaciones de marinos agotados por una extenuante travesía del Pacífico Sur, creían ver en sus costas un vergel similar al de la campestre Kent o la verde Gales. Y así, algún brillante político propuso colonizar la isla con reclusos y forzados, en una suerte de pena  de exilio. No es que ésta fuera la primera vez en que gente de mal vivir, dañina para su sociedad natal, fuera empleada como mano de obra colonial para ensanchar imperios y agrandar el control económico de las diversas Compañías de las Indias Orientales o las que fuera menester. Pero sí fue la primera vez en que estos proscritos conformaron el principal núcleo poblacional de todo un continente.


Remontarnos a este origen algo deslucido, no parece la mejor carta de presentación ante unos anfitriones que creen encarnar realmente los valores de vida en la naturaleza, sociedad abierta, surf y paraíso prometido. No en vano, la segunda mayor ola de inmigración que recibió Australia llegó desde Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial, un tiempo en el que la pobreza y carestía en la metrópoli contrastaba con la abundancia de la colonia. Muchas familias vieron partir a hijos, hermanas o tíos  abandonando las frías y húmedas tierras británicas, para hacerse de oro, o al menos, presumir por carta de ello, aunque la realidad fuera algo menos lustrosa.


Y como uno más de estos advenedizos desnortados, Bill Bryson se presenta en Australia dispuesto a darle su oportunidad, su pequeño espacio en su extensa obra, a regalarnos sus observaciones sobre cualquier parte del mundo que uno desee. Y de lo primero que se percata Bryson, antes aún de iniciar su viaje desde los Estados Unidos, es de lo poco que conoce de Australia. Apenas nociones vagas sobre canguros, boomerangs, aborígenes, James Cook o esa famosa roca roja que parece ocupar el centro del país y que, junto a la ópera de Sidney, se aúpan como los dos únicos lugares reconocibles mundialmente de esta tierra.


Tratando de indagar un poco más, consulta los registros en el New York Times sobre Australia y descubre que apenas algún acontecimiento luctuoso o deportivo ha aparecido en sus páginas durante los últimos meses, pero nada que deje entender que a los norteamericanos les importe algo esta nación con la que comparte océano y lengua. No hay propiamente un especial sentimiento de amistad, sino ciertamente de antipatía, algo que achaca a que todo norteamericano que visite la gran isla, perderá casi un día completo de su vida, el efecto contrario al que sufrió Phileas Fogg, y que Australia se lo toma prestado, devolviéndolo tan solo en el caso de que torne a su país por el mismo camino, es decir, sobrevolando nuevamente el Pacífico.


Pero es que, para los estadounidenses, aunque Australia está lejos, muy lejos, realmente está lejos de todos los sitios y de sí misma, Australia no es la antípoda de Norteamérica. El astuto editor español se ha tomado la licencia de modificar el título original a su antojo y por la conveniencia geográfica española (En las Antípodas, editorial RBA), pero en su versión original, el libro recibe el título de En un país quemado por el sol, derroche de imaginación que podría referirse al Sáhara Occidental, la costa de Almería o al Mojave pero que, desde luego, no parece el mejor de los piropos.

   

Incluso para americanos o ingleses, Australia supone todo un desafío, no es retórico afirmar que probablemente también lo sea para los propios australianos. Bryson se embarca en este viaje después de haber visitado en varias ocasiones el país con motivo de promocionar sus libros, pero en esta ocasión podrá recorrerlo por su cuenta o acompañado por un fotógrafo inglés que le ayudará  en su reconocimiento.


Y seguimos así al perspicaz Bryson en su intento por indagar en el alma austral. Pero si creemos que entramos en páginas similares a Los trazos de la canción, de Chatwin, caeremos en un grave error. La visión de Bryson es más bien la de un viajero circunstancial que visita todo aquello que las Oficinas de Turismo locales recomiendan, dejándose aconsejar por algunos locales, todos ellos conocidos por él de antemano o recomendados. Es decir, estamos ante una recopilación de tópicos, de postales adornadas con algo de gracia e interés, prueba de la profesionalidad del autor, pero poco más.


Sírvanos de ejemplo el mundo de los aborígenes, una especificidad australiana tan relevante y sorprendente, desde cualquier punto de vista, antropológico, cultural, histórico, que sorprende que todo el contacto que tenga Bryson con esta realidad venga de alguna lectura y de cruzarse con aborígenes en estado ebrio o de dudosa sanidad mental a la entrada de algún supermercado.


Sí nos narra la terrible desgracia del pueblo, las masacres de que fueron objeto hasta no hace demasiado tiempo, la lucha por reconocer sus derechos, sus tierras. En suma, nada que requiera la presencia en el país, tan solo datos, sin narrar una experiencia personal directa, sal que alegra y da vida a tantos otros de sus relatos.  


Para continuar con otro foco de interés del autor, tenemos los mil posibles modos de morir en Australia y su afán por localizar noticias de este tipo en los diarios locales. Sea por mordedura de animales, venenos sin antídoto, descargas eléctricas de animales marinos, tiburones de todo tipo, olas imprevistas, sed o hambre en el desierto interior, tal vez el aburrimiento mortal de un lugar en el que no pasa casi nada y en el que solo algunas ciudades permiten mantener un remedo de vida social.


Ese aburrimiento que parece enloquecer a los habitantes al norte de Canberra (habrán quedado encantados con este amable retrato) y que desmiente toda la palabrería de los libros de autoayuda que nos piden una vuelta a la naturaleza, el derribo de los grandes edificios, que todos tengamos un parque a la puerta de casa. Parece que el resultado es una abulia mental total, extenuante y embriagadora hasta la locura. O, al menos, a los ojos de Bryson, un urbanita contumaz, ésta es la conclusión evidente.  


También nos habla de los curiosos viajes en tren y su tercera clase para pobres, esto es, para aborígenes, o el hecho de que uno pueda encontrar un pub en medio de cualquier parte, en un desierto por ejemplo, sin viviendas alrededor, pero que se encuentra lleno de parroquianos que parecen tener que viajar decenas de kilómetros para poder tomar una cerveza fría en compañía de humanos y aún a riesgo de morir arrollados por un canguro despistado. Todo sea en honor de la cada vez más popular cerveza australiana.


También visita una institución peculiar del país, una radio con la que se suplían las carencias educativas en un entorno en el que era totalmente imposible tener escuelas próximas a cada pequeño asentamiento. Hoy en día, la emisora languidece por la competencia de otras tecnologías que hacen más sencilla la educación y que harán mucho por los pequeños de este país que, por otro lado, no parecen tener un problema con el desempleo, sea cual sea el grado de su formación.




Otras peculiaridades que Bryson pone de manifiesto son la existencia real de varios países dentro de Australia. No hace falta más que mirar las concentraciones humanas principales. Al este, al occidente, al norte y sur, separadas por el inmenso outback, esa inmensidad vacía que está en la puerta de atrás de todos los asentamientos principales y que es tan solo atravesada por alocados turistas que sienten la llamada de la naturaleza, a lo Jack London, buscadores de oro nostálgicos y por trenes que comunican todas las zonas del país y que tratan de vertebrarlo en una misión realmente imposible.


Seguimos a Bryson en su interés por sentarse en un pequeño café local y leer la prensa de la ciudad. Pero, a diferencia de otros libros, o la prensa australiana carece totalmente de interés, salpicada tan solo por noticias sensacionalistas y luctuosas, o la selección que hace el autor tiene esa tendencia morbosa y perezosa de detenerse más en el titular llamativo que en lo que revele las verdaderas esencias.


Uno termina por sentir una amable simpatía por los australianos, creyendo que la visita de Bryson parece más la que hacían los estirados viajeros decimonónicos que viajaban por  nuestro país y basaban sus descripciones en aquello que más les extrañaba, esforzándose por buscar su origen en un pasado de mezcla de sangres judías, árabes y gitanas. Haciendo de la pequeña diferencia una categoría que levantaba una barrera cultural entre la docta metrópoli y la barbarie del Sur. Vemos un escaso interés por conocer la verdadera esencia de Australia, de indagar en sus circunstancias y explicarla. Más bien, parece un catálogo de anécdotas y divertimentos, de observaciones tan cogidas al vuelo que uno no sabe a ciencia cierta si representan algo más allá de la pura excepcionalidad.


Sin duda, éste puede resultar el libro más decepcionante del autor, al menos, el que más dudas me ha suscitado, lo que, en una obra tan extensa no está mal. Y en todo caso la lectura sigue resultando amena, entretenida, la mezcla de historia, datos, contacto con los nativos y anécdotas personales, forman un bosquejo interesante y entretenido, pero sin duda, poco recomendable para quien tenga un interés sincero por conocer este país que, gracias a Bryson, continúa siendo para mí nuestra antípoda desconocida.




 

23 de julio de 2025

George Harrison. Conoce la espiritualidad a través de sus canciones (María Jesús Martín)


George Harrison: el beatle que buscó respuestas más allá del aplauso.
Cuando la fama comenzó a devorar a los Beatles, uno de ellos eligió no gritar más fuerte, sino mirar hacia dentro. Esta reseña se adentra en un libro singular: George Harrison. Conoce la espiritualidad a través de sus canciones, de María Jesús Martín. Una lectura que no solo ilumina la música del beatle más introspectivo, sino que también propone un viaje íntimo, donde cada verso se convierte en brújula espiritual. No es solo un libro sobre George. Es una puerta abierta para quien no quiere quedarse solo con el estribillo.


Es sabido que la madre de George escuchaba el servicio de música india de la BBC durante su embarazo, porque notaba que esos extraños sonidos calmaban al bebé que llevaba en su interior. Eran los tiempos del Imperio, previo a la independencia de la India que tendría lugar en 1947. También es conocido que el primer contacto de George con esta música fue en el set de rodaje de Help!, durante una escena en un restaurante en el que unos músicos tocaban con aquellos extraños instrumentos canciones de los propios Beatles.


Y de aquí a que el sitar apareciera en un primer tema del grupo, Norwegian Wood (This Bird Has Flown), tan solo pasaron unos breves meses. Y pronto el interés por esta música arrastró a George a toda una filosofía que resultaba consustancial a aquellos sonidos. El padrinazgo de Ravi Shankar le permitió acercarse a esa espiritualidad por la puerta grande, y de aquí nacieron temas de los Beatles como Love You To, un acercamiento tímido a dicha filosofía.


Este conocimiento llegó en un momento en el que la fama había comenzado a revelarse como un grave inconveniente para los cuatro músicos. A cada uno le afectó de un modo diferente. Al más expuesto, John, le llevó a clamar auxilio por todos los estadios del mundo al tiempo que comenzaba su afición por drogas psicotrópicas. Para George, que también experimentó con LSD, pronto la nueva espiritualidad se conformó como una puerta de escape por la que dejar salir sus frustraciones.  


Su casa se convirtió en un centro de discusiones brahmánicas, reflejadas de algún modo en Within You Without You y devoraba cualquier lectura espiritual que cayese en sus manos, siempre bajo la guía de maestros experimentados. Así, la portada del Sgt. Pepper 's aparecerá poblada de yoguis hindúes, entre ellos el propio Paramahansa Yogananda, de cuya autobiografía George afirmaba tener siempre bastantes ejemplares para poder regalarlos a cuantos consideraba perdidos en sus vidas. The Inner Light también es reflejo de estas lecturas.


Este viaje místico parece tocar techo con la estancia en el ashram de Maharishi Mahesh Yogi en Rishikesh y su final algo decepcionante y extraño. Pero el que el interés público del grupo por estos temas disminuyera no quiere decir que el propio George diera la espalda a ese mundo, al contrario, su compromiso creció aún más, tanto de manera personal como financiera, apoyando causas, creando The Material World Foundation, donando importantes sumas para construir templos Hare Krishna, etc.


Su música perdió la instrumentación india, volvió a conceptos más propios del Occidente pero su mensaje pervivió. Como el propio George señalaba, este mensaje debía hacerse más sutil para llegar a más personas porque, de otro modo, suscitaba rechazo. Así, estas letras comenzaron a reflejar sus experiencias, vaivenes en la fe, nuevos conocimientos, su visión de este mundo material y de la creencia en otro más acorde con sus esperanzas.


Esta influencia es, en ocasiones, discreta, casi imperceptible, como en el caso de Something que George se resistía a reducir a un tema de amor para Pattie. En otros casos, como en los temas Maya Love o Dear One, la referencia resulta más evidente. Pero esta trascendencia siempre estuvo presente en su obra posterior y nacía no tanto de un conocimiento teórico como de su propia experiencia. No puedo dejar de pensar que mientras grababa su versión definitiva de All Things Must Pass, su madre llegaba a la fase final de su enfermedad, que le llegaría apenas tres semanas después de concluir la grabación del tema.


Pero tampoco pensemos que George era un santo varón, poseído por la llama de Krishna. Sus romances fuera del matrimonio son conocidos, incluso su segunda esposa Olivia reconocía con tono lastimero que a George le gustaban mucho las mujeres, dando a entender que no fue la única durante su matrimonio.


Más aún, quien hablaba de la entrega, de que la respuesta se encontraba al final, amasaba una fortuna considerable, se quejaba de los altos impuestos que había de pagar, se endeudaba para producir una película de sus amigos los Monty Python o mostraba todo su resentimiento contra Paul en cuanto la ocasión lo permitía.


Pero así somos todos, carnales y mundanos, apresados por este mundo de piedra, por mucho que queramos elevarnos más allá de nuestras propias debilidades y, por ello, tan relevante es su pensamiento y figura, porque precisamente él nos habla desde la experiencia mutable, desde este mundo material, como un igual que recorre un camino complejo, del que nos habla a través de sus canciones.

 

Y aunque todo esto pueda ser más o menos sabido por cualquiera que conozca algo de la historia de los Beatles, lo cierto es que George Harrison. Conoce la espiritualidad a través de sus canciones (Ed. Círculo Rojo) de María Jesús Martín ofrece una nueva perspectiva totalmente novedosa.


Este libro nace de la convergencia de dos caminos, en apariencia no coincidentes. María Jesús es una devota fan de los músicos, ha impulsado diversas iniciativas en torno a ellos, visitado los santos lugares y devorado cuanto sobre ellos aparece, sean libros, música, testimonios y demás. Tal vez, de manera inconsciente, tiene su opción de beatle favorito, el discreto George. En su prólogo, nos narra cómo de muy jovencita contactó con Genesis Publications cuando se anunció la publicación del volumen Songs by George Harrison Volume Two, a un precio astronómico y en una edición limitada firmada por el propio autor. De la conversación llegó el acuerdo de que pagaría en pequeñas cuotas la suma total según pudiera afrontarlas con sus pequeños ingresos (entiendo que la paga semanal) y, cómo finalmente, acudió en persona a la sede de la editorial para recoger su preciado ejemplar.


El segundo camino es más duro ya que se inicia tras el fallecimiento de su padre de manera algo repentina e inesperada en 2020. Esta pérdida le llevó a lo que denomina como un despertar espiritual que describe con detalle en el libro. Este despertar no debe relacionarse con una religión concreta sino con una especie de trascendencia, de consciencia de que este mundo no es sino una estancia temporal, camino de nuestro verdadero fin.


María Jesús ha dedicado dos años al estudio de estos aspectos al tiempo que ha vivido diversas experiencias fenomenológicas que le han llevado a un cambio de ruta en su vida. Y es precisamente en este punto en el que convergemos con la senda beatle y, más en particular, con la música de George. Desde su nueva consciencia, ha podido comprender muchos de los mensajes que el cantante dejó sutilmente, según sus propias palabras, desperdigados por todas sus canciones.



Para compartir este hallazgo, la autora nos hace una primera introducción a esos conceptos trascendentales que nos resultan tan ajenos. La explicación es sencilla, si bien, no debe uno esperar comprenderlo todo a la primera lectura, ni temer pararse a menudo para volver atrás unos cuantos párrafos. Sin duda, ella lo explica mejor y yo no me siento capacitado para reproducir una mínima parte de sus enseñanzas.


La segunda parte del libro es la que va repasando de manera cronológica la discografía en solitario de George Harrison a partir de Living in The Material World, escogiendo los títulos y pasajes sobre los que quiere reflexionar.


La mecánica es siempre la misma. Se expone el texto original en inglés de la canción o las estrofas correspondientes y la traducción propuesta por la autora para, seguidamente, entrar a explicar de manera sencilla y breve cómo encaja lo escrito con los conceptos teóricos expuestos. También se pone en contexto la canción o el disco, los motivos que pudieron llevar a su composición cuando hay información al respecto y otras informaciones curiosas y no muy difundidas. Especialmente interesante me ha resultado la relativa a la portada de Living In The Material World, usando la técnica de Kirian de la mano de George sosteniendo un medallón hindú y la explicación espiritual que de todo ello se deriva.


La autora explica algunas de estas cuestiones y permite la compra del libro, cuyos ingresos son destinados parcialmente a The Material World Foundation. También nos comparte una playlist con las canciones seleccionadas y comentadas en el libro, que comparto igualmente más abajo.


El texto es breve y el estilo sencillo. Que nadie espere beaterismo ni proselitismo, tan solo unas explicaciones sobre unas canciones que nos ofrecen una nueva dimensión que podía habernos pasado por alto. No escondo que algunas de las canciones explicadas como If You Believe to Blow Away nunca me parecieron emparentadas con The Answer 's At The End, por ejemplo. Así que este libro es un perfecto complemento para quienes quieran tan solo acercarse a la música de George desde una perspectiva alternativa.


Pero tampoco se puede descartar que la lectura del libro y la profundización en los conceptos aquí recogidos, las muchas lecturas sugeridas o citadas por la autora o las propias referencias de George puedan iluminar la conciencia. Tengo por cierto que este libro breve se puede leer y releer pasado el tiempo con aún mayor aprovechamiento y disfrute porque es un artefacto de largo efecto y, porque como el dicho hindú expresa, y George cantó en Any Road, cuando uno no sabe a dónde ir, cualquier camino le puede llevar allí.

 

 

 

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