1 de mayo de 2010

Kafka. Imágenes de una vida (Klaus Wagenbach)




Klaus Wagenbach es un reputado editor alemán que durante la Guerra Fría jugó un importante papel en la vida literaria de la Alemania Occidental con su editorial Wagenbach Verlag, aún hoy editando libros. Sus primeros pasos en el mundo de la edición los dio en S. Fischer durante los años cincuenta, donde colaboró en la edición de El proceso.

De este conocimiento temprano nace la devoción de Klaus Wagenbach por el escritor checo, que le ha llevado a la publicación de diversas obras sobre su vida y su obra y a recorrer media Europa para conocer de primera mano aquellos lugares en los que Kafka vivió, a los que viajó o por los que simplemente pasó en algún momento de su breve vida. Fruto de este esfuerzo y dedicación, Wagenbach ha recopilado la más impresionante y completa colección de fotografías sobre el escritor que existe en la actualidad.

Como no podía ser menos, Klaus Wagenbach no ha resistido la tentación de publicar este legado fotográfico -en España, gracias a Galaxia Gutenberg- en un libro en el que los textos pasan a ocupar un segundo lugar, como breves pinceladas históricas y biográficas, cediendo total protagonismo a las imágenes. No se trata, por tanto, de un libro pensado para quienes quieran conocer a Franz Kafka. Todos los que compren el libro serán devotos admiradores a los que no es preciso aclarar mucho ante la fotografía del sanatorio de Kierling o del patio trasero de la fábrica de asbesto que tantos sinsabores llevó a la familia Kafka.

Cualquier lector potencial de este hermoso libro conocerá sin duda todos estos aspectos por lo que el texto no aportaría novedad y enturbiaría el disfrute. Lo que sí encontrará este lector ideal es la práctica totalidad de fotografías conocidas de Franz Kafka, junto con una espléndida colección de retratos familiares y de amigos; de edificios y lugares significativos en la vida de Kafka y una serie muy variada de imágenes de época que permiten hacerse una idea de otros aspectos de la vida de Kafka, como puede ser la del ambiente en las fábricas que debía inspeccionar o el de las calles de Praga, con sus castañeros y vendedores de café ambulantes.

Una imagen vale más que mil palabras –aunque dudo que un escritor, menos aún Kafka, admitiera este tópico- pero lo cierto es que estas fotografías permiten comprender perfectamente muchos aspectos de la vida del escritor de un modo que ni sus diarios reflejan. Paseando por sus páginas comprenderemos las ansias de prosperidad social que Hermann depositó en su hijo; absorberemos los orígenes modestos en Osek, las innumerables privaciones que gustaba relatar a sus hijos en las comidas. Hijo del carnicero, emigró a la capital donde se dedicó a la venta ambulante hasta su matrimonio con Julie Löwy, hija de un comerciante próspero de Podebrady. Fundar un establecimiento, dedicarse al comercio mayorista y mejorar la ubicación del negocio hasta alcanzar los bajos del palacio Kinsky fueron los hitos que acreditaban la verdad de un mensaje que su hijo se resistía a asumir: esfuerzo, perseverancia, disciplina y dedicación exclusiva al negocio.



Las fotografías del hijo -varón y primogénito- revelan ese deseo de ascenso social. Un niño siempre elegantemente vestido, que acudía al Instituto de Bachillerato de Lengua Alemana o que formaba parte de la exigua minoría de ciudadanos bohemios que accedía a la Universidad y al más reducido aún número que lo hacía en la Universidad Alemana de Praga (apenas 1.500 estudiantes). Para Hermann Kafka, la religión pasaba a un segundo plano como atestigua la fotografía de la invitación a la bar-mitsvá nombrándola como “confirmación” según la costumbre asimilatoria que trataba de borrar las distinciones entre las costumbres de los judíos y las cristianas.



Pero también nos toparemos con las imágenes de los amigos del escritor, poco adecuados a tales expectativas, amigos no muy del gusto del padre, que perdían el tiempo en discusiones filosóficas y en reuniones literarias en cafés.

La labor de Wagenbach es tan exhaustiva que ha logrado reunir imágenes de prácticamente todas las mujeres que recibieron las atenciones de Kafka, lo que incluye no sólo a Felice Bauer, Milena Jesenská y Dora Diamant. Junto a ellas podremos ver la famosa fotografía de Kafka en la que posa con bombín junto a un perro pero en la que, ya completa, se ve a la camarera Hansi Julie Szokoll.



También se muestra una borrosa imagen de Kafka junto a la hija de los vigilantes de la casa natal de Goethe, joven de la que Kafka se enamoró perdidamente durante su estancia en Weimar sin llegar nunca a manifestar su amor. Los sanatorios y, en general, los viajes de placer de Kafka fueron sus principal nutriente amoroso. Así, conoció a Gerti Wasner, “suiza”, o a Julie Wohryzek, a cuya relación se opuso con firmeza Hermann Kafka por su origen humilde lo que fue uno de los detonantes de la Carta al Padre.



Tras contemplar este extenso catálogo fotográfico nos veremos obligados a descartar la imagen del santo asceta que tanto se esforzó en propagar Max Brod.


También, frente a la consideración de un Kafka encerrado en los límites de Praga, y aún de la Ciudad Vieja, este libro pone imágenes a la más que notable vida viajera del escritos dado que la combinación de sus viajes de trabajo, los de placer y los trasiegos por diversos sanatorios de Centroeuropa, le llevaron a Paris, Venecia, Riva, Dinamarca, Munich, Berlín -donde llegó a residir junto a Dora Diamant-, .... Ha habido escritores más viajeros, sin duda, pero para un funcionario con escasas vacaciones, graves problemas de salud y que murió joven, podemos afirmar que tuvo algo más que esporádicas salidas. Baste contrastar sus periplos con la de muchos escritores españoles del siglo XX (con la excepción de los que tuvieron que partir al exilio) para relegar la imagen de una Praga devoradora a una simple metáfora.



Otro lugar común en torno a la vida de Kafka es el que le convierte en un funcionario gris de la maquinaria burocrática. Sin embargo, la obligatoriedad del aseguramiento laboral y la protección al trabajador eran materias punteras en su momento, campos novedosos en los que entidades como el Instituo en el que Kafka trabajaba crearon el marco en el que se desenvolverían prácticamente hasta nuestros días. Y dentro de ambiente "pionero" Kafka logró ocupar un relevante puesto en del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo siendo bien considerado por sus responsables; prueba de ello fue la resistencia a concederle la jubilación anticipada pese a lo avanzado de su enfermedad. En esta obra Wagenbach selecciona una amplia colección de estampas de poblaciones a las que Kafka debía acudir para inspeccionar sus fábricas y talleres, postales enviadas desde alejadas poblaciones industriales bohemias y alguna selección de informes técnicos publicados por el esritor.


Wagenbach también nos permite atisbar la vida familiar de los Kafka con fotrografías de los abuelos y de una multitud de tíos y sobrinos entre los que destacan el tío Siegfred (que le serviría de inspiración para El médico rural), cuya vida de solterón empedernido y mujeriego pudo ser un referente para Kafka. También podemos ver algunas fotografías de Alfred Löwy, el tío de Madrid, y de una de sus tarjetas de presentación con dirección en la Estación de las Delicias. Veremos también a los primos que emigraron a América con diversa fortuna y que en tan gran medida impulsaron su inspiración al escribir El desaparecido, su novela americana.



Kafka, imágenes de una vida es una obra enriquecedora. En ella se recogen las habituales estampas que pueblan las biografías del escritor junto con un buen puñado de imágenes novedosas. La "ambientación" gracias a imágenes de lugares como pensiones, sanatorios, pueblos o fábricas ayudan a comprender mejor un tiempo en el que pasear por las calles de Praga resultaba azaroso, no por la multitud de turistas como hoy en día, sino por los tranvías de tracción animal o en el que la ergonomía en el trabajo no contemplaba que las secretarias tuvieran sillas con respaldo. Un tiempo en el que las pocas fotografías que se hacían llevaban aparejada una escenografía cuya pompa no buscaba otra que reflejar la prosperidad del retratado; tiempos en los que una clase de Derecho era cosa de apenas quince alumnos o en los que un paseo de diez minutos levaba desde el centro de la ciudad al campo y en el que asistir a una función de teatro en un café suponía enfrentarse a la autoridad paterna.

Todo esto nos ayuda a comprender Klaus Wagenbach; a comprende ese época, que en parte es la nuestra y de la que Kafka dijo: “Yo he asumido intensamente la negatividad de mi tiempo, que además me es muy cercano, y que no tengo derecho a combatir, pero que en cierta medida tengo el derecho de representar.”







Aprovecho para agradecer a F. Niñirolas la maravillosa cabecera con la que hoy se ha renovado la apariencia de Confieso que he leído.
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