3 de junio de 2011

Oscurece en Edimburgo (7 Plumas)


 La Literatura suele ser tarea individual, poco dada a experimentos compartidos. No son muchas las obras literarias escritas a dos manos, y en los pocos casos habidos, los resultados son discretos. Ninguna gran obra universal es fruto de de la contribución de varios autores, a salvo de contribuciones individuales agrupadas en un único libro por motivos varios, como es el caso de la Biblia.



Se podrá pensar que otros ámbitos son más propicios para la colaboración artística porque admiten una división del trabajo en función de los talentos individuales. El caso más evidente es el de la música donde la labor se puede dividir en letra y música.



Sin embargo, creo que la verdadera razón es que el escritor trabaja en solitario. No actúa, no representa su obra y la vinculación con el destinatario de sus palabras es muy remota. Su proceso creativo esté rodeado de un misterio que convierte la escritura en algo místico y velado.



En definitiva, el escritor suele responde al estereotipo de egocéntrico poco dado a admitir la crítica y la colaboración ajena, convencido de la perfección de su obra. A veces dirá que son los personajes quienes escriben la obra, alzados en revuelta; en otros casos, se mostrará dubitativo sobre el germen de lo escrito remitiéndose a una inspiración que, como la primavera, nadie sabe cómo ha sido. Pura retórica para reforzar esa mística. El escritor es un dictador implacable y, como tal, no gusta ni de la competencia de sus personajes, ni de la sugerencia de otra musa que no sea él mismo.



Pero tal vez haya llegado la hora del cambio de la mano de las nuevas tecnologías. Porque ahora el escritor tiene la posibilidad de publicar su obra inmediatamente después de escribirla, sin mediación de correctores o editores, sin filtro. Puede avanzar capítulos y fragmentos recibiendo respuesta directa de sus lectores, haciendo así de la obra algo más vivo y abierto. Es cierto que algo parecido ocurrió en la época en la que las novelas se publicaban por entregas y en las que, sin lugar a dudas, la reacción del público condicionaba la evolución de la trama. La diferencia es que gracias a Internet, el escritor actual puede autogestionarse y llegar a un público muchísimo más amplio y en un menor tiempo.



Por eso no es de extrañar que sea precisamente a través de internet como ha nacido uno de los proyectos más interesantes en este sentido: la creación participativa de una novela escrita por siete autores diferentes, de la mano de La esfera cultural, una web que da cabida a proyectos tan variados y sugerentes como una revista cultural, una radio, un blog que da cabida a la creación literaria, etc.



Pero volvamos al proyecto de la novela. Como en toda tarea, la clave es la organización, y en este caso, las siete plumas se han mostrado férreas. Lo único acordado fue quién escribiría el primer capítulo, el orden sucesivo en el que cada autor publicaría su capítulo correspondiente, los plazos de presentación –miércoles y domingo- y el número de capítulos total (por tanto, indirectamente, sobre quién recaería la responsabilidad de escribir el punto final).



7 Plumas


Sin línea argumental básica, ni extensión orientativa de cada capítulo; sin estilo decidido, ni género literario en el que inscribir la obra, el resultado lógico debería haber sido el fracaso más absoluto y predecible. Sin duda, el experimento es interesante, ¿pero los resultados están a la altura del esfuerzo?



La respuesta, por increíble que parezca, es que sí, que es posible escribir una novela a siete manos -o plumas- guardando cierta coherencia estilística (o, al menos, similar a la de otras obras de un único autor), entreteniendo al lector e intrigándole para que al terminar cada capítulo se esfuerce en pensar cómo habría iniciado el siguiente en caso de haber sido una de esas siete plumas.



Creo que la principal razón que justifica el éxito del proyecto (aparte, claro está, del talento de los autores) es que al ir acomodándose, casi de manera natural, al género de misterio, nos encontramos en un terreno en el que el lector admite con facilidad (incluso lo espera) giros bruscos en la trama, pistas falsas, revelaciones asombrosas e incluso hilos argumentales que se enuncian y no reaparecen en el resto de la novela. Es en este contexto en el que los personajes pueden ser en un capítulo malvados e intrigantes, para pasar a ser pocas páginas después, sinceros y fieles.



Veamos. Tenemos una protagonista con una cojera acusada, tremendamente introvertida, casi con rasgos autistas, marcada por su mundo interior, que vive en un Edimburgo tenebroso “sin pena ni gloria”. Pero tres capítulos después, descubrimos una faceta desconocida de Sophie, convertida en una chica joven, algo rara, bastante desinhibida y en la que resulta difícil reconocer a la delicada joven del capítulo previo. Y, sin embargo, el encaje resulta.



Durante los capítulos restantes tratará de aclarar el misterio de la desaparición de sus padres, envuelta a su pesar en las más complejas y turbias tramas internacionales que, en ocasiones, parecen ser organizaciones económicas, en otras, organismos paraestatales o incluso sectas místicas.

Edimburgo

Como señala la contraportada Oscurece en Edimburgo, la experiencia lectora es “vértigo literario” ya que ninguno de los siete autores cae en la tentación de seguir linealmente la trama que le insinúa el anterior. Todo lo contrario. Parece que el afán por dar una vuelta de tuerca es la norma, todo lo escrito en un capítulo puede ser contradicho pocas páginas más tarde, desbaratando las cábalas que el lector pudiera haber formulado. En definitiva, en cada capítulo, el escritor lo da todo, sin recurrir a capítulos de transición o caer en lo previsible.



Al modo de una jam session, cada autor toma los hilos que quedan al aire en los capítulos anteriores y construye, sobre el tema central, su propia improvisación que arroja al siguiente para que haga lo propio. Todo queda abierto en un proceso creativo acumulativo en el que los matices son importantes puesto que en cualquier momento pueden ser utilizados para construir un tema principal.



Oscurece en Edimburgo admite una doble lectura ya que los capítulos fueron publicados a través de la página 7 Plumas donde, tanto lectores como autores, compartieron y debatieron sobre lo que se estaba escribiendo. He hecho esta lectura paralela en varios capítulos (tal y como sugiere Francisco Concepción en el prólogo de la novela) y me ha ayudado a comprender mejor el proceso interno de construcción de la novela enriqueciendo la lectura con pequeños detalles que me habían pasado inadvertidos.



Pero, ¿cabe por ello pensar que la experiencia pueda repetirse?¿Que es un nuevo modo de novelar y que los avances de este tiempo 2.0 serán la puerta por la que entre la escritura colaborativa? Creo que aún es pronto para saberlo aunque los intentos proliferarán y La esfera cultural es un buen ejemplo de que Internet y las redes sociales tienen aún mucho que decir sobre la creación literaria. De momento, su papel se refiere más bien a la difusión de las obras, su publicidad, pero ¿quién sabe hasta dónde podremos llegar?



Las 7 plumas son:



Inmaculada Vinuesa Suárez, Dácil Martín López, Amando Carabias María, Francisco Concepción Álvarez, Ana Joyanes Romo, Marcos Alonso Hernández y Anabel Consejo Pano.



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