La muerte no se lleva a nuestros seres queridos del todo; es solo un comienzo, porque la auténtica muerte ocurre cuando ya nadie los recuerda. Los romanos lo sabían bien cuando aplicaban una de las penas más crueles de su Derecho, la damnatio memoriae, la condena a la desaparición de cualquier recuerdo o mención sobre la persona. Lo mismo puede decirse de lo que ocurría en la URSS de Stalin, donde no solo se rehacía la Historia, tal y como gustan de hacer todos los dictadores de cualquier tendencia, sino que se retiraban las imágenes del perseguido de cualquier fotografía, documento o elemento visual, por ridículo que pudiera parecer el recurso.
Por contraste, no hay mayor prueba de amor que hacer todo lo contrario: recordar al ser amado o admirado. También es un modo de mantener viva a la persona, porque en el momento en que nadie rememore sus virtudes, su modo de levantarse, sus dichos o travesuras, sus buenas obras o desvaríos, dejará de existir de manera definitiva. Peor aún, esa vida parecerá haber perdido su sentido, esos actos se evaporarán para siempre. ¿Y para qué se hicieron? Tal vez la respuesta es que actuamos en este teatro de la vida para poder ser recordados por alguien, aunque no nos hayamos ido aún tras el telón.
Pero este acto de amor puede tornarse una condena, porque parece que no recordar lo suficiente equivale a una traición. Olvidar, o lo que comúnmente denominamos superar el duelo, puede considerarse la mayor vileza, algo a evitar por parecer una traición última, una perfidia imperdonable. En ocasiones, puede creerse que quien sobrevive debe penar por ello, anhelar la muerte para unirse con el ya desaparecido, si es que las creencias de ambos así lo estipulan, o para fundirse con el vacío negro si no hay fe en la resurrección.
Es en este devenir, en esta contradicción continua, en la que se mueve Fernando Savater tras la muerte de Sara Torres, Pelo Cohete, como la llamaba cariñosamente, su esposa, fallecida pese a ser más joven que él, precediéndole y alterando el curso ordinario de la vida debido a un cáncer cerebral. Este libro resulta de ambos impulsos: es un texto personal hasta el dolor, casi insoportable en cuanto expone un sufrimiento desnudo y universal, tan próximo al lector que no puede evitar estremecerse ante el esfuerzo titánico que ha debido suponer para Savater escribir estas páginas.
La peor parte: Memorias de amor (Ariel) es el texto publicado por su autor rememorando su vida junto a su mujer, fallecida poco antes. El libro nace del deseo de dejar constancia de lo vivido, bajo esa convicción de que lo no contado se perderá para siempre, causando una auténtica muerte civil. Ese recuerdo es particularmente duro cuando el amor ha sido grande, no necesariamente exento de las dificultades propias de la vida, riñas y roces inevitables cuando las personalidades son fuertes, pero basado en un respeto profundo, una admiración recíproca y un reparto equilibrado de papeles.
Porque Pelo Cohete era el perfecto contrapunto para el teórico Savater: una mujer de especial pragmatismo y fuerte personalidad, no exenta de brusquedad frente a cierto idealismo del filósofo. Savater la describe como una persona de inteligencia singular, no para la erudición o la disertación prolija, sino para abordar las cuestiones con una intuición inmediata y certera. Apasionada por el cine, los muñecos y las reproducciones de héroes del cómic y la literatura, fue la mejor lectora de Savater, hasta el punto de asegurar él que todo cuanto escribía lo hacía únicamente para recibir sus elogios o, en ocasiones, sus reconvenciones.
En este libro, Savater no duda en mostrar su vulnerabilidad. Reconoce que la unión de dos personas genera una energía mayor que la simple suma de sus individualidades, y que la falta de uno destruye gran parte de esa fuerza. El deseo de agradar, de hacer sentir orgullosa a la persona amada, se desvanece con su ausencia, llevándonos inevitablemente a la autohumillación, a la pérdida de la estima y al desaliento más profundo.
Savater sabe que la vida no se recupera tras un trance así, pero también que no se puede renunciar a ella. El cuerpo sigue adelante, aunque la mente haya perdido las ganas de luchar. Ésa es la mayor paradoja de esta situación: desear la muerte, pero entender que hacerlo sería la mayor traición al ser amado. Este libro, por tanto, se convierte en un homenaje a Pelo Cohete, un lacerante y tortuoso recuerdo para que no sea olvidada, el reconocimiento que muchas veces no supimos dar en vida, el intento supremo de reconciliar nuestra conciencia con el abismo de la ausencia.
Savater repasa aquí su vida en relación con Pelo Cohete. Rememora el modo en que le abordó en la cafetería de la Universidad, ella era su alumna, o sus paseos románticos, sin apenas connotaciones sexuales, los viajes por el mundo. Pero no todos son momentos felices, No puede faltar su implicación en la lucha contra ETA, en la que su mujer se mostró como un adalid, precisamente por conocer el mundo euskaldún sin ambajes ni subterfugios, por hablar euskera con fluidez, leer de primera mano sus escritos y enfrentarse a la discriminación larvada frente al diferente, por su amistad con asesinados, perseguidos y exiliados, como lo tuvo que ser ella cuando finalmente hubo de renunciar a dar clases en la Universidad del País Vasco, sin tener la suerte de su marido de poder recalar en Madrid.
También narra la infinidad de anécdotas vividas en sus viajes, como la búsqueda de viviendas de literatos para un libro que preparaban juntos, o su caza y captura de maniquíes, cabezas, maquetas y artefactos relacionados con Frankenstein, Sherlock Holmes, Tintín y otros héroes que ambos admiraban. Lo mismo que su interés por el cine, por todo tipo de películas que veían sin descanso cada noche. También pasan por estas páginas los deseos de no tener hijos, Savater ya tenía uno de su anterior matrimonio, Amador, y la voluntad de Pelo Cohete de abortar, sin que el filósofo se atreviera siquiera a indagar por las razones últimas de esta decisión. Su vida en el apartamento de Mallorca, cuando se les recomendó no residir en verano en el País Vasco debido a su exposición pública y la paz que allí encontraron, con su luminosa terraza.
Por último, el libro aborda los momentos postreros, los dolorosos tratamientos, las esperanzas en avances científicos, la fortaleza del enfermo frente a la fragilidad del acompañante. Y en este relato desgarrador, Savater nos recuerda que el amor verdadero no acaba con la muerte, sino que persiste, transformándose en memoria y en lucha contra el olvido. Pero qué dura es la vida tras la marcha del ser amado. Aunque los psicólogos hablen de la necesidad de pasar por el periodo de duelo, lo cierto es que el filósofo se pregunta por la duración del mismo, que inevitablemente viene unido a cada persona. Recuerda, no sin saña, los consejos fútiles de quienes han pasado por el mismo trance y hacen una genérica referencia a que el tiempo todo lo cura o, incluso, los más osados, que le guiñan el ojo mientras se congratulan de su recién adquirida condición de soltero.
La actitud que aprende pronto a tomar es la de contestar a todos para que le dejen en paz, decir que mejor, que cada día un poco mejor, y conservar el lamento por dentro, las lágrimas a buen recaudo donde no causen incomodidad a nadie. Y así, este libro también se convierte en una parte terapéutica, un ejercicio de memoria, pero también de sanación.
Su lectura no es fácil, en ocasiones se torna dolorosa y no lo recomendaría para quien acabe de pasar por un trance similar, pero contiene innumerables reflexiones a las que todos, antes o después, habremos de enfrentarnos. Hacerlo con la sabiduría y sinceridad de Savater es un buen ejemplo a seguir.


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