Mary Beard se ha jubilado. Esto puede parecer una mala noticia, pero lo cierto es que le va a permitir acrecentar su labor de divulgación pública sobre el mundo antiguo.
Así, no hace mucho lanzó su podcast Instant Classics y, recientemente, publicó el libro Clásicos sin filtros (Editorial Crítica, traducido por Silvia Furió). En este caso, la obra resulta interesante porque, a diferencia de otros títulos previos de la autora, no trata de explicar algún aspecto concreto de la vida de los antiguos, sino que constituye una reflexión desde nuestros días sobre el papel que juegan aún hoy, sin tamices, como indica el título, y desde una posición heterodoxa y bastante crítica.
¿Tiene sentido aún preguntarse por aquellas personas que vivieron hace más de dos mil años, por lo que pensaron y por cómo habitaron, o se trata sin más de una añoranza del pasado que, al igual que los renacentistas vivían con el encanto del redescubrimiento, nosotros mantenemos artificialmente porque creemos que, al dejar de darles un peso relevante en nuestro pensamiento, estaríamos perdiendo algo que nos pertenece, como si fuera una especie de traición a nosotros mismos? Así, este volumen se abre como una puerta para valorar precisamente esas cuestiones tras su experiencia como divulgadora, profesora, conferenciante y otras tantas facetas que a lo largo de su vida ha ejercido.
El libro comienza con una anécdota familiar que define muy bien el punto de contacto que forzó la inclinación de Beard a favor de estos clásicos. Mary, siendo pequeña, con apenas cinco años, visitó con su madre el Museo Británico, ya que estaba muy interesada por las momias, como es natural en la infancia. Pero su progenitora, profesora de la escuela local del pequeño villorrio en el que vivían, en la frontera entre Inglaterra y Gales, la llevó igualmente a la galería en la que se recogían objetos de la vida cotidiana de los antiguos egipcios. Allí se hallaba el resto semifosilizado de un panecillo, probablemente una ofrenda o parte del banquete dejado en la tumba de algún rey para su vida futura. La Mary niña se ponía de puntillas para poder ver el objeto cuando un conservador del museo se acercó, sacó sus llaves y, abriendo la vitrina, puso el panecillo en su mano, a escasos centímetros de sus ojos. Esta conexión desató dos pasiones, una por esa antigüedad, que se mostró como algo tangible y real, como si hubiera dado un salto en el tiempo de más de tres mil años, pero también otra idea crucial en el pensamiento de Beard, esa necesidad de comprender, a través de los objetos cotidianos y menos glamurosos, cómo vivían, qué pensaban y tratar de entender cómo era ser un romano o un griego en aquellos días.
Y quizá ahí esté también una de las grandes paradojas de nuestro conocimiento de la Antigüedad. Hemos recibido como clásicos algunos textos que sobrevivieron casi por azar, gracias al trabajo de generaciones de copistas cuyo criterio y cuyas circunstancias desconocemos, mientras que una parte inmensa de lo que escribieron aquellos hombres se ha perdido para siempre. Sin embargo, entre lo que ha sobrevivido no encontramos únicamente grandes poemas, tratados filosóficos o discursos políticos, sino también una notable cantidad de materiales mucho más prosaicos, desde grafitis hasta facturas, listas, quejas de soldados, libros sobre los sueños o relatos como el Satiricón. Es precisamente en esos restos aparentemente menores donde Beard encuentra una posibilidad de acercarse a una Antigüedad menos solemne y más humana, una Antigüedad hecha también de cotilleos, chistes, preocupaciones domésticas y pequeñas miserias, y quizá por eso mismo mucho más difícil de convertir en esa imagen ordenada y monumental que hemos heredado.
Porque, por mucho que podamos imaginar, por mucho que hablemos de que la poesía o las tragedias clásicas interpelan a seres no muy lejanos a nosotros, con pasiones similares a las nuestras, y que precisamente eso es lo que hace de esas obras clásicos, que sus preguntas sigan en el aire aún hoy en día, lo cierto es que no podemos evitar ser conscientes de que es muy difícil ponernos en la cabeza de aquellas personas, si no imposible.
Desconocemos qué era sentirse borracho en la Antigüedad, cuánto vino era demasiado, si los que visitaban las tabernas eran personas de baja estofa o si se entremezclaban las distintas clases sociales, o qué ocurría cuando irrumpía una mujer, qué temores tenían realmente ante sus dioses, qué creían que estaba bien y qué estaba mal, qué imposiciones tenía el poder frente a nuestras libertades, y de qué libertades internas disfrutaban ellos con las que hoy no podemos apenas siquiera soñar.
Para esto nos ofrece un buen ejemplo. Tomemos un texto clásico en el que un padre escribe a su esposa para decirle que, si el bebé que está por venir es un hijo, lo cuide, pero si es hija, que la arroje al agua. Una brutalidad absoluta, pero que, de alguna manera, nos hace pensar también en cómo nosotros hemos establecido nuestras propias fronteras respecto al comienzo de la vida, puesto que hemos adelantado el momento en el que damos por vivo a un ser humano, protegemos al feto, pero también podemos saber su sexo, si tiene enfermedades congénitas, etc., y también hemos decidido que podemos disponer de su vida en determinados plazos, tal vez en lo que hemos fijado esa frontera entre lo que aún no está sujeto al derecho a la vida y lo que sí. Así que no podemos exigir a un romano que carecía de radiografías y de conocimientos médicos que tomara las mismas decisiones que podemos estar tomando nosotros hoy en día, solo que en fases distintas del embarazo, con base en nuestras capacidades técnicas.
Esta imposibilidad para saber qué pensaban los habitantes del pasado nos ha llevado en muchas ocasiones a rellenar ese inmenso vacío con nuestras propias ideas y prejuicios. Beard hace un repaso a cómo Mussolini moldeó gran parte de la imagen de la Roma que hoy conocemos, dando forma a cómo la interpretamos. Esta Roma constituía la imagen de lo que él veía como un pasado glorioso con el que se quería identificar, pero también había muchos autores de izquierdas que creían, por muy diversas razones, que los clásicos tenían mucho que decir. No solo nos permitían pensar al margen de lo que nos dictan los gobiernos del momento, sino que su estudio nos ayudaba a mejorar nuestra posición social.
Porque durante muchos años el estudio de los clásicos o el dominio del latín y el griego actuaron como barrera de entrada a los estudios superiores, también para las mujeres. Pocos podían dedicar tanto tiempo como era necesario para poder aprender a deleitarse con la lírica de Horacio.
El estudio del griego fue un requisito imprescindible durante muchos siglos para acceder a la Universidad, y tanto Oxford como Cambridge se especializaron en formar expertos en temas clásicos que luego ocupaban puestos, en muchos casos, en la Administración y en las colonias, como forma de fomentar esa idea de que el Imperio británico era la continuación de aquel otro Imperio romano.
También resulta interesante que Beard obligue a ampliar las fronteras de aquello que entendemos por clásico. Durante mucho tiempo hemos tendido a identificar la Antigüedad clásica con una geografía bastante precisa, pero basta mirar con algo más de atención para descubrir un mundo mucho más mezclado, en el que Siria, Judea y otros territorios forman parte también de esa historia que hemos decidido llamar clásica. Las propias fronteras entre lo griego, lo romano y aquello que queda fuera de ambos conceptos son mucho menos claras de lo que acostumbramos a pensar, como tampoco lo fueron las fronteras entre la Antigüedad y las tradiciones religiosas que vinieron después. Lo clásico, así entendido, deja de ser un territorio perfectamente delimitado para convertirse en una construcción que hemos ido haciendo nosotros mismos a lo largo del tiempo.
El modo en que hemos visto a los clásicos nos habla de cómo sentimos el poder, por ejemplo, en las estatuas de Augusto o en las columnas, símbolos que hoy seguimos respetando como muestra de autoridad, de estabilidad y del Estado. Y, sin embargo, no somos del todo conscientes de que estas figuras tan aceptadas hoy fueron realmente disonantes en su día. La estatua de Augusto suponía una ruptura con el pasado, con la figura del anciano togado como elemento de tradición y respeto. Las columnas también suponían una fuerte ruptura en el tipo de arquitectura de la época. La Venus de Milo tampoco fue recibida simplemente como el canon de belleza que hoy aceptamos, sino que su representación provocó controversia y pudo resultar transgresora en su época, y lo mismo ocurrió cuando Fidias se retrató en el escudo que portaba la estatua de Atenea en el Partenón, causando acusaciones graves contra el escultor. Lo que hoy veneramos como casto y puro blanco marmóreo, en otro tiempo no fue otra cosa que un recubrimiento de pinturas brillantes, escandalosas y probablemente horribles a nuestros ojos actuales.
Pero, para ir concluyendo, Beard sostiene que los clásicos siguen siendo relevantes. Aunque hoy el porcentaje de estudiantes que accede a su conocimiento es mucho menor que hace décadas, lo cierto es que probablemente en cifras absolutas sea un colectivo mayor. Y, en todo caso, lo que estudiamos es muchas veces una creación más reciente de lo que creemos, como los acentos que hoy ponemos sobre las palabras griegas pero que Sófocles nunca empleó. Y si seguimos pensando en los clásicos es porque, aunque quizá su mundo no sea muy parecido al nuestro, sus problemas y sus preguntas sí pueden serlo. Quizá sus textos políticos no nos hablen sobre cómo solucionar nuestros problemas de representación, corrupción o totalitarismo, pero sí nos permiten discutir sobre ello. Es más, nos permiten debatir en un terreno neutral por el tiempo transcurrido, en el que podemos dialogar sin necesidad de ocultar nuestros pensamientos reales por miedo a la corrección política. Como le explicó una profesora de clásicas sudafricana, la enseñanza de los clásicos le permitió discutir con sus alumnos sobre el apartheid y la opresión racial de una manera que habría sido imposible si hubieran utilizado ejemplos contemporáneos. Ese espacio de libertad y ese desafío al pensamiento son una de las mayores joyas que aún nos ofrecen aquellos hombres.
Otra virtud que Mary Beard encuentra en ellos es precisamente que, por lo general, no constituyen un estudio fácil. No tenemos las fuentes completas, no somos capaces de interpretar todo lo que nos cuentan, pero precisamente que sea difícil nos permite esforzarnos más, no sacar conclusiones apresuradas y nos coloca en la posición de entender que tratar de comprender cómo vivían y pensaban implica hacerlo aun sabiendo que en ello proyectamos nuestras propias ideas. Y, por tanto, al tiempo que nos alejamos de nuestros días para entenderlos, volvemos a nuestros días con mejores ideas y más capacidad de entendernos y aceptarnos.
El libro continúa con infinidad de reflexiones, todas ellas del mismo estilo y en las que se mantiene el sentido del humor, el no tomarse en exceso en serio, ni a ella misma ni a su disciplina. Con infinidad de ejemplos, no solo de la época que domina, sino más recientes, sobre cómo se han ido interpretando y el papel que a lo largo de los siglos ha tenido el pensamiento sobre los clásicos. Incluso cómo ha ido evolucionando la propia autora al interpretar o reinterpretar obras como Antígona o al reflexionar sobre el papel de las traducciones.
Tal vez esta sea, al final, la mayor razón para seguir leyendo a los clásicos. No porque fueran mejores que nosotros, ni porque sus obras escondan respuestas que podamos trasladar sin más a nuestro tiempo, sino precisamente porque nos obligan a enfrentarnos a preguntas para las que tampoco nosotros tenemos respuestas sencillas. Acercarnos a ellos supone aceptar que nunca podremos comprender del todo cómo pensaban aquellos hombres y mujeres, pero también descubrir que esa distancia, lejos de alejarnos, puede ayudarnos a mirar de otro modo aquello que creemos conocer demasiado bien. Los clásicos no son, por tanto, un refugio del pasado, sino una forma de regresar al presente con más preguntas, con menos certezas y quizá con una mayor capacidad para entender que también nuestro mundo, como el suyo, acabará siendo algún día materia de interpretación.
El arte clásico: De Grecia a Roma (J. G. W. Henderson y Mary Beaard)
SPQR: Una historia de la antigua Roma (Mary Beard)


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