25 de octubre de 2026

La rodícula idea de no volver a verte (Rosa Montero)



 

El 19 de abril de 1906, Pierre Curie fue atropellado por un coche de caballos que le pasó por encima, destrozándole el cráneo tras tambalearse por la debilidad extrema en que vivía debido a su exposición a los rayos X, descubrimiento que le había valido el Premio Nobel de Física en 1903 junto a su mujer, Marie Curie, y a Henri Becquerel.

Tras el accidente, su esposa escribió un breve diario, apenas veinte hojas, en el que dejó constancia con absoluta crudeza de sus emociones. El documento resulta a la vez bello y áspero por la franqueza con que está redactado y por ciertos detalles que hoy nos resultan perturbadores, como la forma en que se aferraba a la ropa aún manchada con restos de masa encefálica y que su hermana tuvo que desechar, arrojándola al fuego casi con sigilo. También conmueve por la fragilidad que deja al descubierto y por la manera tan distinta en que la muerte se asumía entonces en comparación con nuestro presente, en el que cualquier expresión de duelo o tristeza parece un atentado contra la dictadura de una felicidad vacía y de supermercado en la que parecemos instalados.

Este libro nace de un encargo muy concreto. La editora de Rosa Montero quería poner en marcha una pequeña colección de libros breves, poco conocidos y muy personales, cada uno acompañado de una introducción escrita por otro autor. En este caso, la editora demuestra la intuición imprescindible para ese oficio y le propone algo distinto. Le envía el diario de Marie Curie y le ofrece dos caminos, prologarlo o utilizarlo como punto de partida para escribir un texto propio a partir de lo que ese documento le sugiera.

La propuesta cobra un sentido especial porque pocos meses antes Rosa Montero había atravesado una experiencia similar a la de Madame Curie. Su marido había muerto tras una enfermedad larga que lo fue consumiendo hasta llevarlo al final y a ella a una viudedad inesperada.

Desde ese lugar vital, Rosa Montero afronta el reto con una mezcla de coraje y desamparo, o quizá con un impulso sincero por entender y entenderse. Todo ello queda volcado en La ridícula idea de no volver a verte, libro publicado por Seix Barral, que articula una meditación sobre la muerte a partir de la vivencia de dos mujeres separadas por el tiempo pero unidas por una pérdida semejante.

El texto rehúye el lamento fácil y opta por una reflexión serena sobre la certeza de un final al que todos estamos convocados y que, sin embargo, vivimos como si no fuera a llegar nunca. Esa ilusión de inmortalidad hace más dolorosa la ausencia repentina, porque el mundo alrededor continúa su curso mientras la vida propia parece detenida. Incluso la decisión de seguir adelante puede vivirse como una traición a la memoria de quien ya no está.

La soledad, el recuerdo, aquello que no volverá a hacerse y los lugares que ya no se podrán revisitar sin que el peso de la memoria los vuelva insoportables. El desasosiego que paraliza y los tímidos intentos de empezar de nuevo. A través de estos temas, La ridícula idea de no volver a verte avanza alternando dos trayectorias. Por un lado la de Curie, abordada desde una perspectiva más biográfica. Por otro la de Rosa Montero, más reflexiva y menos confesional, fiel a su resistencia a convertir el dolor propio en materia explícita de ficción.

El libro detalla las duras condiciones de la vida de Marie Curie, quien estuvo a punto de no recibir educación formal debido al papel asignado a las niñas en la Polonia de su infancia. Se relata su perseverancia para lograr el reconocimiento de sus méritos científicos, a menudo cuestionados incluso cuando compartía autoría con su marido. Pese a todo, fue una excepción casi única entre los galardonados por la Academia sueca al obtener el Nobel en dos disciplinas distintas, Física en 1903 y Química en 1911. A ello se suman los enfrentamientos con instituciones reacias a permitir la investigación femenina y el linchamiento moral que sufrió cuando se hizo pública su relación con un hombre casado años después de la muerte de Pierre.

La reivindicación feminista atraviesa de forma constante estas páginas, tanto las del diario de la científica como las de las consideraciones de Rosa Montero. Aunque median más de setenta años entre unas y otras, la sensación persistente es la de un progreso menor del que cabría esperar.

El resultado final es sólido y convincente. Las breves páginas del diario de Curie, con las que se cierra La ridícula idea de no volver a verte, han sido analizadas con precisión y sensibilidad, integrándolas con datos biográficos relevantes. Se aborda sin rodeos su relación con sus hijas, la escasa cautela frente a la radiación que emitían sus experimentos y una cierta despreocupación inicial ante riesgos que ya eran visibles. De esa exposición derivaron su propia muerte, el deterioro de su marido y de su hija, así como graves secuelas en los trabajadores de las fábricas donde se industrializó el proceso químico para la explotación del radio, ámbito en el que Curie tuvo una implicación directa.

Todo ello se expresa mediante un uso del lenguaje sobrio y eficaz que pone de relieve la larga trayectoria de Rosa Montero como periodista y columnista, además de novelista. Su escritura aborda asuntos difíciles con cercanía y honestidad, sin superioridad moral ni consuelo impostado, combinando afecto, lucidez e inteligencia.

Las reflexiones que atraviesan el libro no se centran tanto en la muerte como en la vida. Invitan a aprovecharla mientras sea posible, a no rendirse, a avanzar con firmeza pese a las circunstancias y a evitar el sufrimiento innecesario, tanto el que nos infligimos como aquel del que, con el paso del tiempo, acabamos arrepintiéndonos.

 


Por desgracia, esta enseñanza suele aprenderse de manera tardía y por experiencia propia, ignorando advertencias ajenas. Pero Rosa Montero deja constancia de ella en La ridícula idea de no volver a verte, donde sus observaciones permiten encontrar un sentido al dolor o quizá un vacío que no pretende llenarse. Ahí reside uno de los mayores valores del libro, su capacidad para conmover desde cualquier lugar vital en el que se encuentre quien lo lea.

 

 

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