
- Bartleby y compañía (Enrique Vila-Matas)
Muhammad Yunus recibió en 2006 el Premio Nobel de la Paz y en 1998 el Príncipe de Asturias de la Concordia por su contribución a la erradicación de la pobreza mediante un innovador mecanismo de préstamos denominado "microcréditos".
El banquero de los pobres describe el nacimiento del proyecto del banco Grameen desde su primera fase experimental en el pueblo de Jobra en 1977 hasta su consolidación actual en numerosos países (alguno de ellos sorprendentes como los Estados Unidos o Noruega). Anteriormente, Yunus era profesor de economía del desarrollo en la Universidad de Chittagong en Bangladesh tras realizar estudios en los Estados Unidos. Sin embargo, día a día observaba cómo sus “bellas teorías” no servían más allá de la pizarra del aula en la que cómodamente enseñaba al margen de la pobreza que acuciaba a la mayoría de sus conciudadanos.
Investigando los motivos de dicha pobreza comprendió varias reglas que forman la base del ideario del banco Grameen. Los pobres, por el hecho de serlo, no son menos innovadores o emprendedores que los grandes empresarios de una sociedad moderna, el mero hecho de seguir vivos en sus circunstancias les acredita como extraordinarios luchadores. Por otro lado, para poder mantener sus pequeñas actividades (venta ambulante, venta de leche, fabricación de sillas de paja, etc) necesitan de dinero para comprar las materias primas. Su única fuente de financiación son los prestamistas locales ya que la banca comercial les está vedada (carecen de antecedentes comerciales, los préstamos que necesitan son de importes tan bajos que el coste de la maquinaria burocrática que estas entidades necesitan excede el importe del préstamo) por lo que las condiciones económicas de dichos préstamos son tan draconianas que apenas les permiten obtener lo necesario para devolver las cuotas correspondientes y sobrevivir hasta el siguiente préstamo.
La idea de Muhammad Yunus es sustituir a estos financieros locales prestando fondos a un interés más bajo sin las complicaciones que suele imponer la banca tradicional. En su sistema, el banco Grameen, no hay contratos firmados (la mayoría de los prestatarios no sabe escribir), sus préstamos son de muy poco importe (“microcréditos”) y a corto plazo. Si un prestamista no puede pagar un plazo no se le lleva a los tribunales, se estudia su caso y se le concede una moratoria de los intereses, o se le hace un nuevo préstamo o se prolonga la vigencia del mismo para ajustar la cuota a un importe asumible por el prestatario. De este modo, la filosofía convencional según la cuál el prestamista debe tomar todas las garantías precisas para recuperar lo prestado se torna en la contraria: el prestatario no impagará salvo que le sea totalmente imposible porque precisamente este préstamo es su única oportunidad para salir de la pobreza, no se ve al deudor como un riesgo en potencia sino como un emprendedor en potencia que sólo necesita combustible financiero. Actualmente, tal y como ha ocurrido a lo largo de toda su historia, el banco Grameen, cuenta con el ratio de morosidad más bajo de todo Bangladesh.
El libro describe el proceso por el cuál el proyecto se extendió desde la localidad de Jobra a la región de Tangail, al resto de Bangladesh y a otros países del mundo. Yunus narra cómo tuvieron que luchar para conseguir financiación de los bancos nacionales y cómo obtuvieron la independencia económica a partir de los años 90. También se explica el crecimiento de la entidad a la hora de ofrecer nuevos servicios, las sociedades que se están creando en torno al banco (p. ej. el de suministro de telefonía móvil o de internet, sanidad, etc). Se recoge el balance del banco en el año 2004 y se da cuentas del proceso de transformación del banco Grameen en Grameen II, básicamente la misma entidad pero como mayor capacidad de adaptarse a las necesidades de sus clientes.
Son innumerables las lecciones que se extraen de la lectura del libro por lo que me limitaré a comentar algunas de ellas dejando al lector que descubra directamente en el libro de Yunus todo lo que de aprovechable hay en él.
El banco Grameen se dirige fundamentalmente a las mujeres de los extractos más pobres de la sociedad (una sociedad, por otro lado, fundamentalmente musulmana en la que el papel de la mujer es ajeno al manejo de la economía familiar, privilegio reservado al varón). Para obtener un préstamo Grameen, se debe formar un grupo de 4-5 prestamistas potenciales que acuden a unos cursillos de información sobre la operativa del banco, tras los que se realizan unos exámenes que deben aprobar todos los integrantes del grupo. El préstamo se concede individualmente pero el grupo toma un papel fundamental dado que si uno de sus integrantes tiene dificultades para pagar sus cuotas, impide que el resto de miembros del grupo puedan mejorar las condiciones de sus propios préstamos. De este modo se fomenta la cooperación mutua y el aprendizaje de errores ajenos. Estos grupos se unen a otros de la misma localidad eligiendo un representante (todo un honor) y el esquema se repite hasta llegar a agrupaciones de ámbito nacional.
Las sociedades que prestan servicios accesorios siguen la misma filosofía que el banco Grameen. Como ejemplo, parecería que en pueblos en los que apenas hay medios para garantizar la salud o la educación, la telefonía móvil es un lujo superfluo o frívolo. Sin embargo, Grameen ha optado por un modelo que acerca las nuevas tecnologías a los estratos más pobres de la sociedad de modo que les sean rentables. Así, en cada pueblo hay una persona con un teléfono móvil de la operadora de Grameen, que es el “negocio” de una mujer cuyo trabajo consiste en cobrar dinero por dejar utilizar su móvil y actuar como recadera del resto de vecinos. De este modo, el pueblo se beneficia de las ventajas de la comunicación (principalmente en casos de necesidad) y una persona puede salir de la pobreza gracias a ello.
Esta filosofía de obtener un beneficio para repartirlo entre los que lo generan es la clave en la distinción de las empresas tradicionales (volcadas a la obtención de beneficios para el empresario, al margen de cualquier tipo de “beneficio social”) y el nuevo modelo de empresa que representa Grameen. El propio autor ve un futuro en el que, cada vez más, las empresas del primer tipo incorporarán objetivos sociales (de hecho, las nuevas tendencias en materia de responsabilidad social corporativa parecen encaminarse en este sentido).
Igualmente, respecto de la clásica distinción ideológica entre derecha e izquierda, Yunus se sitúa en un nuevo paradigma. Admite valores considerados como propios de izquierda (solidaridad, lucha contra la discriminación, etc) pero discrepa del modo en el que la izquierda concibe la labor del Estado como proveedor de servicios para los desfavorecidos. Así, considera que cualquier ayuda que se pretenda conceder, desde el Estado o instituciones internacionales, para luchar contra la pobreza sólo sirve para expulsar de la recepción de las mismas a los más pobres del colectivo objeto de la ayuda. Igual ocurre con los servicios de los estados desarrollados, la Seguridad Social, por ejemplo, no es un mecanismo de ayuda para los más desfavorecidos sino para consolidar los beneficios de muchos que no lo son.
Por otro lado considera, al igual que los ideólogos del liberalismo más estricto, que cualquier ayuda que se conceda sólo sirve para acomodar en esa situación al receptor de la misma. Yunus describe los problemas que se encuentra cuando proyectos como el del banco Grameen pretenden instalarse en países prósperos. En el caso de Estados Unidos se sorprendió de que, inicialmente, nadie estaba dispuesto a luchar para salir adelante con un pequeño negocio (p. ej. venta ambulante de tacos, o arreglos de ropa a domicilio, reparación de muebles, etc) porque al comenzar una actividad deberían renunciar a todo o parte del subsidio de desempleo. ¿Son menos emprendedores los pobres de Estados Unidos que los de Bangladesh? No, simplemente, el emprendedor que todos llevamos dentro se repliega cuando el Estado nos subvenciona.
Ideas como ésta hacen de la lectura del libro un revulsivo y un desafío a las ideas establecidas. Por otro lado, Yunus combina las grandes ideas y los proyectos generales del banco con las pequeñas historias de muchos de los prestatarios de Grameen que han logrado salir adelante gracias a sus propios esfuerzos (nada deben a la caridad o al voluntarismo de ONG alguna). Las vidas de estas personas son las que abren una ventana a la realidad de modo, que al igual que Yunus, decidió dejar sus “bellas teorías macroeconómicas”, podamos entrar y salir de estos debates ideológicos con la mente un poco más clara y menos dogmática.
Cunningham ha intentado repetir la fórmula del éxito que le llegó con Las horas en esta novela compuesta igualmente sobre la base de tres historias independientes pero, de algún modo, relacionadas entre sí. En Días memorables los elementos cohesionadores de la historia son Nueva York y Walt Whitman. Sin embargo, y a diferencia de su obra anterior, no parecen ser suficientes para dotar de un sentido al libro como conjunto ni aportan un significado especial a esta pequeña trilogía.
Las tres historias transcurren en Nueva York en diferentes momentos históricos (el despunte de la Revolución Industrial, el periodo posterior al 11-S y un futuro en el que Nueva York se convierte en una especie de parque temático testimonio de un tiempo que ha pasado y que se contempla con asombro y curiosidad).
En la máquina es la primera de estas historias en la que su protagonista es un niño que, tras la muerte de su hermano en un accidente laboral, ocupa el lugar de éste tanto en la fábrica como en la familia y, de algún modo, pretende asumirlo también protegiendo a la prometida de su hermano. Lucas tiene dificultades para expresar sus ideas de modo que recurre a los versos de Whitman para expresar sus emociones y para tratar de entender lo que le rodea. La historia se desarrolla con la constante presencia del espíritu del hermano ausente y su influencia.
Sin duda, la mejor de las tres pequeñas novelas por su belleza y lirismo y en la que la presencia de Whitman (tanto a través de sus versos, como física) contribuye a lograr ese objetivo). Cabe destacar que, mientras transcurre esta época, Whitman está aún revisando y completando Hojas de Hierba y en sus versos se refleja igualmente ese mundo naciente de los obreros y las máquinas, frente a la imagen excesivamente pastoral y campestre que se suele atribuir a su obra poética.
La cruzada de los niños es la segunda historia que narra cómo una psicóloga que trabaja para la policía atendiendo llamadas de psicópatas y terroristas, se ve afectada por sus conversaciones con un niño que amenaza con saltar por los aires explotando un bomba en el centro de Nueva York. El pasado de la mujer y su vida insatisfecha llevan a Catherine a tomar la decisión equivocada, y lo que es peor, ser consciente de ello cuando ya es demasiado tarde. Whitman se manifiesta a través del lenguaje de los niños, debidamente manipulados, que pretenden con sus atentados crear una nueva Arcadia rural y poder vivir sobre la hierba como en tiempos pasados.
Esta segunda historia no llega a la altura de la primera pero resulta sumamente interesante el modo en que se va gestando, casi inevitablemente, la decisión de Cat quien, a su vez también busca su propia Arcadia.
Finalmente, Cual belleza es la tercera historia, ambientada en un futuro no muy lejano, tras un desastre que ha exterminado la vida de gran parte del planeta, en el que conviven humanos, humanoides y seres de otro planeta en condición de semi-siervos. Nueva York es, prácticamente, un destino turístico en el que se puede observar cómo era la vida anterior al desastre, a través de figurantes que pueblan sus calles y visten y actúan tal y como se hacía en aquella época. Un miembro de cada de una de estas “especies” forman el trío que tratan de huir de la ciudad en busca de un mejor destino.
En esta huida atisban un mundo asolado, poblado por bandas sin ley, autoridades impenetrables o grupos de cristianos primitivos. En su destino, Denver, contactan con el creador de Simon quien, para dotarle de algún tipo de sentimiento o sensibilidad, le incluyó en su memoria y circuitos, la obra de Whitman. En el momento de su llegada, el científico está preparando el viaje a un planeta remoto que les permita vivir alejados de la locura en que se ha convertido la Tierra (otra Arcadia imaginaria). Simon decide finalmente no acompañarles en el viaje logrando así superar su condición mecánica de hombre de hojalata.
De las tres historias la primera es ciertamente memorable, como el título del libro indica, la segunda es interesante y bien construida, la tercera parece un tanto forzada al plan prediseñado por el autor. En cualquier caso, cabe destacar que la maestría de la escritura de Cunningham hace de la lectura de todas ellas un placer que recompensa con creces el esfuerzo.
En una sociedad cada vez más inmadura e infantilizada, incapaz de asumir sus propias responsabilidades, sorprende el menosprecio que recibe la literatura infantil clásica. Cualquiera se sonroja leyendo las aventuras de Alicia, las delirantes peripecias de Peter Pan o las simpáticas canciones del oso Puh. Y sin embargo, los padres ríen y alientan en sus hijos la visión más adulterada que de estos personajes nos ofrece el cine de animación o los parques temáticos, hasta el punto de que los mismo que considerarían impropio de su madurez la lectura de los cuentos de los hermanos Grimm acuden a las salas de cine para ver cómo una rata se convierte en un cocinero – perdón, un restaurador- de éxito.
En fin, uno considera que la madurez estriba en elegir qué leer o qué ver con independencia de lo que haga el vecino y, en consecuencia, no se niega el placer de dedicar parte de su limitado tiempo de ocio a leer las ocurrencias del sombrerero loco, las historias de Long John Silver o las inteligentes conclusiones de Christopher Robin.
Y todo ello por dos razones. El puro ocio en primer lugar. Frente a la visión almibarada y vacía que de estos clásicos ofrecen los medios de comunicación, los originales resultan siempre enormemente frescos y sorprendentes. La acidez y la ternura se combinan al igual que lo hacen en la vida adulta, nunca desprenden ese regusto a moralina nauseabunda que tanto gusta a quienes no los han leído pero pretenden instruirnos.
A.A. Milne dibujó el plano de un bosque mágico habitado por unos seres llenos de buenas intenciones pero tan reales como para estar dotados de todos los defectos que son propios de los humanos. La soberbia, la ignorancia, la envidia o el egocentrismo conviven con la alegría por vivir, el deseo de ayudar, de compartir un proyecto de modo desinteresado. Todo ello bajo la atenta mirada de un ser superior, que aunque vive en ese otro extraño mundo que representan los humanos, suele dejar a un lado sus humanas preocupaciones para compartir su tiempo, su sabiduría y sus temores, con sus mejores amigos, fruto de su propia imaginación.
Milne escribió estos breves cuentos en torno a la figura de su hijo Cristopher Robin y su peluche favorito, el oso Puh, un oso sin Cerebro pero capaz de las mejores ideas. Junto al bueno de Puh creó a su compañero inseparable, Porquete. También se acordó de los canguros Ruth y Kanga, del saltarín Tigle, del sabio Búho, del introvertido y resentido burro Iíyoo o del sabio y parlanchín Conejo entre otros. En sus aventuras, caminan en busca del Polo Norte, a la caza de un Pelifante o a la búsqueda del mejor método para robar la miel a las abejas. Pero también buscarán una casa para Búho o la cola perdida de Iíyoo, celebrarán su cumpleaños y jugarán arrojando palos al río desde un puente.
¿Por qué leer las historias de Winny de Puh? Porque, al igual que ocurre con la literatura adulta, al volver la última página, uno se siente acompañado por sus protagonistas. Su espíritu y personalidad contradictoria iluminan nuestras propias contradicciones, porque cada uno de estos peluches representa una parte de nuestra personalidad no siempre evidente. Una razón más, porque podemos sentirnos de nuevo niños o leerles estas historias a nuestros hijos sin sentir que les estamos vendiendo un puñado de mentiras que de nada les servirán en esta vida, ni les harán mejores, ni más sabios ni más prudentes y que sólo les acercarán más a todo a quello de lo que les queremos preservar. Sólo por eso….
Finalmente, una recomendación: cualquier lectura de las aventuras de Winny, debe comprender los dos libros publicados por Milne (Winny De Puh y El rincón de Winny), y deben ir acompañadas por las impagables ilustraciones de E.H. Shepard, fiel reflejo del texto.
Tratar el tema de los campos de exterminio nazis mediante diversas perspectivas que alivien el horror que instintivamente generan es una técnica habitual. Así ocurre, por ejemplo, en la película italiana La vida es bella en la que el objetivo del protagonista es procurar que su hijo no descubra el horror en que encuentra inmerso.
Lo que puede resultar más novedoso en El niño con el pijama de rayas es que, en esta ocasión, el protagonista es un niño alemán, el hijo del director de uno de esos campos de exterminio.
Nos encontramos ante un pequeño cuento en el que el tratamiento de las situaciones y los personajes se reducen al mínimo imprescindible con total ausencia de matices que enriquezcan o arropen la historia. Considerémoslo como parte del carácter de cuento infantil en el que se inspira el autor. La mayor prueba de dicho aspecto cuentístico es que, al igual que la mayoría de cuentos tradicionales infantiles, que tienen un trasfondo violento y macabro apenas disimulado, El niño con el pijama de rayas tiene un final no apto para la mayoría de los lectores que comprarán la obra y que llorarán desconsolados creyendo estar ante un drama digno de Sófocles.
En cuanto al resto de méritos literarios no cabe decir mucho. Que el narrador sea un niño no debería redundar necesariamente en una simplicidad excesiva o un lenguaje básico. La psique infantil ofrece bastantes posibilidades de exploración como para que el autor pueda sacar lo mejor de sí mismo.
Pero no seamos tan duros. El libro está correctamente escrito, la historia es simple pero directa y eficaz , tiene todos los ingredientes para convertirse, ya lo está haciendo, en un éxito editorial. A ello ayudará, sin lugar a dudas, su próxima adaptación cinematográfica .
Resumiendo el argumento y evitando desvelarlo en exceso, del mismo modo que hace el editor en la contraportada, diremos que se trata de la narración de un niño que acompaña a su padre a un campo de concentración al que ha sido destinado como director del mismo. De este modo, el protagonista pierde todo su arraigo con su escuela, sus amigos, sus abuelos y se esforzará por reconstruir el pequeño mundo al que estaba acostumbrado, sobre todo buscando la amistad.
La pequeña historia tiene el mérito de compaginar la ternura con la tragedia sin caer excesivamente en el sentimentalismo facilón al que tanto se presta la trama. Representa también con bastante acierto la necesidad de afecto humano que el protagonista demanda y que debe buscar por sí mismo.
En definitiva, se trata de un libro cuya lectura nos resultará agradable y ligera (pese al final sombrío) al tiempo que quizá nos permita ver el tema de los campos de concentración desde una perspectiva infrecuente.
Se suele decir que aquellos pueblos que desconocen la Historia están condenados a repetirla. Se trata de una idea en la que subyace un fondo optimista, una visión de la Historia como posibilidad de progreso y mejora. La lectura del texto de Laurence Rees echa por tierra cualquier visión positiva que se pudiera albergar al respecto. Ni el proceso por el que se llegó a adoptar la “solución final”, ni la falta de consecuencias para la mayoría de los SS implicados en la administración de la fábrica de muertos en que se convirtió Auschwitz, ni el trato recibido en muchos países por los supervivientes del Holocausto, ni prácticamente ningún otro asunto tratado por Rees ofrecen esperanza para poder extraer un pequeño consuelo moral de entre tanta barbarie.
Rees sabe combinar los acontecimientos históricos con las pequeñas historias individuales, fruto en su mayor parte del trabajo de investigación para la realización de un documental para la BBC cuyo epílogo es precisamente este libro. De las entrevistas realizadas a antiguos miembros de las SS (así como de las declaraciones de otros ya fallecidos) se puede concluir que el arrepentimiento no figura en el vocabulario de los entrevistados. La opinión habitual de que obraron en cumplimiento de órdenes superiores y de que el contexto de manipulación propagandística y envenenamiento ideológico explican su conducta, queda contradicha. La actitud general es la de que la “solución final” fue un error de los jerarcas nazis fundamentalmente porque atrajo las antipatías y el rechazo internacional impidiendo la coalición de Alemania con los Aliados frente a Rusia, en definitiva, no se discute el fondo moral de la decisión, sino su oportunidad política.
El propio autor destaca en el prólogo del libro lo que le sorprendió el antisemitismo latente que percibió en Europa oriental, pese a la presencia testimonial de la población judía. Este hecho podría explicarse en parte por la propaganda comunista que trató de reducir el componente antisemita de la política nazi para englobar a todos los fallecidos en los campos de exterminio como antifascistas, olvidando que la mayoría de ellos fueron judíos. Entre el resto se cuentan colectivos tan variados como católicos, homosexuales, testigos de Jehová, gitanos, prisioneros políticos, miembros de la Resistencia, prisioneros de guerra, y un largo etcétera.
Precisamente en Europa Oriental los judíos supervivientes del Holocausto que trataron de volver a sus hogares vieron cómo sus casas y negocios habían sido expropiados y entregados a otros en su ausencia sin posibilidad legal de reclamar sus propiedades. En la mayoría de los casos optaron por emigrar al recién fundado estado israelí. Acogidos entre los “suyos” sufrieron un sordo reproche dado que quienes no habían vivido la experiencia de los campos consideraban que los supervivientes habían colaborado en gran medida en la matanza (de hecho, la mayor parte del proceso de muerte en las cámaras de gas, incineración, etc., no se realizaba directamente por los alemanes sino por otros prisioneros seleccionados para estas ingratas labores, reduciendo así el “coste psicológico” que implicaba el estar expuesto a aquellas escenas de horror). También había cierto rechazo debido a que se suponía que los judíos europeos no se habían opuesto con toda sus fuerzas al exterminio (“como ovejas conducidas al matadero”). De ahí que muchos de ellos emigraron finalmente a los Estados Unidos en busca de un sosiego imposible.
Al margen de los relatos individuales, todos ellos de brutal intensidad, la mayor aportación del autor es la exposición de su teoría sobre el proceso que llevó a la adopción de la “solución final” y que consistía en la eliminación sistemática y podríamos decir, científica, de toda una raza.
Si bien es cierto que Hitler culpó a los judíos de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial y sostuvo la necesidad de erradicarlos de la sociedad alemana, la eliminación física de todos los judíos, se descartaba como antigermánica dado que los dirigentes nazis se consideraban el epígono de la civilización occidental. En los primeros años de la guerra se plantearon incluso la concentración de todos los judíos en alguna de la colonias ultramarinas de Francia como forma de solucionar el problema de la germanización de parte de los territorios ocupados.
Sin embargo, diversos acontecimientos y decisiones adoptadas por los nazis creaban las condiciones para nuevas decisiones. Las medidas sobre los judíos creaban problemas para cuya solución era preciso adoptar nuevas medidas que, a su vez, engendraban nuevos problemas para cuya solución se tomaban nuevas decisiones en un proceso endiablado en el que se terminó por asumir la necesidad de la eliminación física total de la presencia judía en la Europa ocupada. Lo más aterrador de esta decisión es que, por primera vez en la Historia, no sólo se decide la eliminación “total” de un pueblo, sino que se hace de manera fría, planificada, sistemática y prolongada en el tiempo, con una eficacia que sólo el siglo XX con sus avances técnicos, habría permitido.
La política de germanización de las tierras ocupadas adyacentes a Alemania forzó la expulsión de, entre otros, un gran número de judíos que residían en dichas zonas. La concentración en guetos y la prohibición de trabajar a los judíos (para preservar esos puestos para trabajadores arios) trajo consigo nuevos problemas. La invasión de la Unión Soviética –cuyos habitantes eran considerados subhumanos, más aún los judíos rusos- llevó a la creación de brigadas especializadas en la eliminación física de judíos, comisarios políticos, etc, de manera indiscriminada, como no se había hecho anteriormente en el frente occidental. Estas matanzas, cuyo “coste psicológico” era enorme para los miembros de las SS (ni siquiera a ellos les resultaba soportable matar diariamente a mujeres, ancianos y niños, a sangre fría) forzó la búsqueda de alternativas. Una de ellas fue la de utilizar gases letales, siendo las primera cámaras de gas, camiones adaptados a tal fin.
Todo ello posibilitó un medio de exterminación masivo que no precisaba la implicación de un gran número de alemanes en el proceso (como he comentado, otros prisioneros se encargaban de cortar el pelo a los que iban a ser llevados a las cámaras de gas, de buscaban entre sus ropas objetos de valor, de sacar los cuerpos con destino a los crematorios, etc.)
La necesidad de fuerza de trabajo llevó a la creación de campos y subcampos con fines de explotación de mano de obra esclava para lo que era necesario movilizar a los trabajadores aptos de los guetos. Dejar en ellos sólo a mujeres, niños e incapaces era condenarlos a una muerte segura y a los problemas de salubridad subsiguientes, con un alto coste para los ocupantes nazis; de ahí que fuera preferido transportar en trenes a las familias completas y luego, una vez llegados al campo, se realizaba la “selección” separando a los trabajadores aptos del resto que eran llevados directamente a las cámaras de gas.
Mientras se iba poniendo de manifiesto la dificultad de ganar la guerra, el problema judío se convertía en un asunto de venganza. El propio Hitler aseguró que no quería que los judíos obtuvieran beneficio de la guerra. La venganza y el odio se convirtieron finalmente en la razón última del exterminio y la única capaz de explicar el gasto de recursos que suponía la persecución y exterminio de los judíos cuando se tenía a los rusos camino de Berlín.
Esta sucesión de hechos, el crear la situación que fuerza la adopción de ulteriores decisiones de manera que se está ante un proceso de dar un paso adelanto en la locura, tomar tiempo para asumir dicha decisión y prepararse para el siguiente paso, son la única explicación coherente que puede dar cuenta de este proceso, pero al tiempo, es la mayor prueba de que caer en dicha espiral de locura no es tan imposible como pudiera parecer si nos limitamos a analizar la “solución final” como un designio nazi que las circunstancias de la guerra permitieron que se llevara a cabo. Lo terrible es que, analizando los periódicos podemos asistir a procesos de este tipo. Por ejemplo, la propia ocupación de territorios palestinos, la creación de asentamientos, el levantamiento de un muro de separación, parecen llevar una lógica perversa similar. Dónde se ponga el límite a esta carrera depende de la capacidad de analizar la realidad de manera objetiva parece el único antídoto posible.
Para contradecir a Rees, y lograr un final hermoso del que su historia necesariamente carece, concluiremos con el ejemplo de Dinamarca y el trato que durante la ocupación se dispensó, con carácter general, a los judíos. Sus autoridades se opusieron a la adopción de medidas antisemitas (al contrario de lo que hicieron las de otros países occidentales ocupados, como Francia o Eslovenia) y apoyaron de manera activa la evacuación de la población judía a Suecia cuando los nazis decidieron la deportación de los judíos daneses. Igualmente, la mayoría de los judíos que regresó a sus hogares tras la guerra no tuvo que enfrentarse a los odios, prejuicios y problemas legales que tuvieron que padecer la mayoría de los supervivientes en la Europa Oriental. La elección es siempre posible.
Camino del Pacífico, atravesó los Estados Unidos y recogió sus impresiones en dos breves escritos que reflejan las luces y las sombras que Stevenson vislumbró en este incipiente país.
El primero de estos escritos (A través de las praderas) narra el viaje en tren desde Nueva York a California rodeado de inmigrantes y sufriendo las penosas condiciones de un viaje largo e incómodo.
El viaje se realiza en pesados trenes atestados de emigrantes camino de la costa Oeste. Sufren las penurias de los días soleados cruzando tierras desérticas, las tormentas y el frío nocturno, el trato rudo, y a veces violento, de los empleados del ferrocarril e incluso la escasez de agua y comida dado que en las escasas y breves paradas de estos trenes, el alimento solía agotarse antes de que todos los pasajeros hubieran hecho acopio de provisiones suficientes hasta la próxima parada.
Esta convivencia arranca diversas observaciones de Stevenson. Así, por ejemplo, destaca el odio que se tiene a los asiáticos (sólo superado por el que se tiene a los indios nativos) a los que se reprocha su falta de modales e higiene. Paradójicamente, señala que son los orientales los únicos que se asean diariamente en condiciones. Es el miedo al desconocido, a lo ajeno, el que paraliza y divide, el que crea barreras y engendra odios. La normativa del ferrocarril ayuda a la segregación: el convoy se forma de tres vagones, uno para familias y mujeres, otro para hombres solos y otro para orientales.
La migración es un fenómeno histórico. Stevenson observa cómo la hambruna de Europa y de Asia empujan a sus habitantes convergiendo sobre América, una tierra virgen, con nuevas costumbres y nuevos modos. El carácter del pueblo americano sorprende al autor escocés, acostumbrado a la ceremoniosidad y la distancia en el trato, a las diferencias de clase. Un americano, sea un dependiente o un sirviente, se consideran al mismo nivel que la persona a quien atiende o sirve. Esta relación de igual se sostiene en el precio del servicio que se ofrece o demanda y en la libertad para prestarlo o no.
También sorprende a Stevenson la primera relación que mantiene con un afroamericano (por seguir la terminología actual) basada también en la desenvoltura y casi, el paternalismo que le muestra al autor. Cierto es que en las palabras de Stevenson no hay racismo, al contrario, pero se deduce una clara conciencia de superioridad basada en la diferencia de clase, lo que nos coloca prácticamente en el mismo punto que el de cualquier persona con prejuicios raciales.
A su llegada a California, el autor nos deja sus impresiones de Monterrey, antigua capital del estado, venida a menos tras la pérdida de la capitalidad con el fin de alejar el recuerdo del origen mejicano de esas tierras. Recogidas bajo el título de La antigua capital del Pacífico.
Basten dos comentarios para poner de manifiesto su fina capacidad de análisis.
De una parte señala, con visión profética, el peligro que los grandes incendios forestales pueden suponer para la zona (como cien años después se pone de manifiesto cada verano).
De otra parta destaca el carácter de los mejicanos, y busca explicaciones a la pérdida de su poder e influencia en una tierra en la que son mayoría y de la que detentaban la mayor parte de la tierra y los recursos tras la anexión. Lejos de considerar la indolencia como la causa principal, en línea con los prejuicios habituales sobre la materia, pone el énfasis en la bonhomía y desinterés por la posesión material. Así explica la confianza en la palabra dada antes que en las cláusulas firmadas en un contrato como un ejemplo de esa confrontación entre dos culturas, una ávida y mercantilista, otra fundada en otros valores que lleva, ineludiblemente, a la expoliación de unos por otros.