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28 de febrero de 2026

La agonía de Francia (Manuel Chaves Nogales)

 


El 3 de septiembre de 1939 Francia declaró la guerra a Alemania en cumplimiento de los tratados de la alianza con Polonia tras la invasión de la Wehrmacht, dos días antes. En ese momento comienza lo que los ingleses denominaron la “guerra de broma”, un periodo de varios meses en los que en el frente occidental apenas hubo combate ni conflicto, un lapso tan limitado que hizo creer a muchos que la guerra se desharía progresivamente. Sin embargo, el 10 de mayo de 1940 los alemanes lanzaron una ofensiva que desbarató totalmente los planes defensivos aliados, forzando la firma de un armisticio en apenas seis semanas, el 22 de junio.

La idea general es que Francia se vio asaltada por un ejército más moderno, mejor preparado, más motivado y que sus anticuadas estrategias y equipamientos le hicieron caer de manera sorprendente e inesperada.

Manuel Chaves Nogales vivió en París aquellos meses. Había salido de España en 1937, abandonando la dirección del diario Ahora, temiendo por su propia vida al no sentirse ya debidamente protegido por las autoridades republicanas en un contexto político cada vez más violento. Él que había sido un firme partidario de la República había visto con desconfianza la radicalización progresiva de los bandos, dejando huérfana de paladines la idea de una república burguesa, liberal y democrática. En su tiempo de periodista en la época convulsa que le tocó vivir, pudo trabar conocimiento de primera mano de los efectos del comunismo gracias a diversos viajes por la URSS de los que dejó cuenta en varios libros, así como del auge del totalitarismo fascista, incluyendo una entrevista muy reveladora con Goebbels. Atenazado por ambos extremos, convencido de que ni fascistas ni comunistas querían un verdadero ciudadano libre y cultivado que pudiera rechazar sus simplistas recetas, comprendió tras la huida del gobierno de la República a Valencia en 1937 que su aportación debía ser otra y que ya no tenía cabida en el marco político español.

Su primer destino fue París, donde colaboró en diversos medios franceses e iberoamericanos, dando publicidad a las noticias que se recibían de la guerra española, tratando siempre de no dejarse engañar por la propaganda de los bandos en conflicto. Pero también en París pudo asistir a un proceso de radicalización que le recordó vagamente el vivido en España. Y su traumática experiencia le marcó de manera definitiva a la hora de juzgar los hechos, de valorar los papeles de unos y otros y de llegar a la conclusión de que la caída de Francia era inevitable y no se debía tanto a razones militares sino a la propia pérdida del sentido republicano, al desgaste de las instituciones, a las malas decisiones en materia de política interna, económica e internacional.

Porque precisamente esta es la tesis de Chaves Nogales. Francia no cae bajo el empuje del ejército alemán; de hecho, este apenas es mencionado. No se habla de la ofensiva ni del avance de las columnas acorazadas; los alemanes son, como en el poema de Kavafis, unos bárbaros que solo le sirven para poner de manifiesto las contradicciones interiores de Francia. Para Chaves Nogales, Francia cae víctima de una guerra civil, de un conflicto larvado desde hace tiempo y que venía minando las bases de la República.

Y así, al modo de Zola, nuestro periodista lanza sus acusaciones contra todos aquellos a quienes considera que han abandonado a la República. En primer lugar, todos aquellos que, en ambos extremos, reniegan de los principios de la democracia liberal, comunistas y fascistas o ultrarreaccionarios. Para todos ellos, la República es un cadáver cuya defunción solo ha de ser certificada mediante una reacción, armada o no. Los disturbios del 34 convencen a los reaccionarios de que la caída es posible mediante la manipulación de las masas. El Frente Popular del 36, al dictado de la III Internacional, prueba para los comunistas que se puede asaltar el poder desde las urnas, en eso también tienen el ejemplo de Hitler, y hacerse con el control tal y como lo hizo pocos años atrás el bolchevismo soviético.

Pero también y por encima de todo, la acusación de Nogales se dirige a la clase media, temerosa de ambos extremos pero convencida de que la fortaleza del espíritu republicano no bastará para protegerlos. Y en una dejación de funciones y de responsabilidades abandonan la fe en la democracia, en el poder transformador de esta. No han aprendido las lecciones que el propio Nogales encarna en su reciente trayectoria: el proceso de deterioro de una democracia que parece carecer de auténticos demócratas, dentro de un aparato estatal del que todos parecen querer sacar partido.

Nogales clama contra el egoísmo, el sálvese quien pueda. Nos narra cómo, una vez declarado el conflicto, todos quienes tenían posibles huyeron de París, creyendo que los nazis bombardearían la capital en pocos días, arrasándola por completo, dejando así a la ciudad del Sena desierta a su suerte, habitada por los menesterosos que no podían huir, los empleados que no podían abandonar sus puestos de trabajo. Se crea así un sentimiento de desprecio hacia unas clases dirigentes que parecen buscar tan solo su propia salvación, similar a lo que pudo ocurrir con la desbandada republicana de Madrid a Valencia cuando se creyó erróneamente que la capital española no tardaría en ser ocupada.

Pero también estos emigrantes sobrevenidos, estos pudientes que huyen de París y ocupan el espacio rural o de medianas ciudades alejadas del frente, tensan las relaciones con las poblaciones a las que llegan provocando subidas de precios, desabastecimiento, irritando con su soberbia capitalina y generando, en suma, una desmoralización en quienes veían cómo sus élites solo buscaban su propio resguardo.



Nos narra episodios sorprendentes y poco conocidos, como el de que los alquileres del mes de septiembre, al declararse la guerra, dejaron de pagarse creyendo todos que el conflicto traería la destrucción de las viviendas, sin que el gobierno atajase con prontitud esta subversión del orden habitual de la vida económica.

Otro tanto ocurrió con la acumulación de provisiones, ese mal tan endémico que llega a nuestros días con las tristes imágenes de los supermercados sin existencias de papel higiénico al comienzo de la reciente pandemia. Y allí en Francia otro tanto: quienes podían acumulaban provisiones que, en poco tiempo, se perdían ante un desabastecimiento que, como cualquier profecía autocumplida, desgastaba la confianza de la sociedad en su gobierno.

Tampoco el ejército recibe mejor opinión. Nogales considera que Francia va a la batalla convencida de su derrota, esperando poder resistir lo justo para firmar un acuerdo de paz razonable que vuelva todo a la normalidad. La actitud derrotista se traslada a los soldados. Nogales destaca cómo apenas existen fotografías de soldados franceses sonrientes en estos primeros días de campaña, en contraste con la alegría y juventud que derrochan los ingleses del cuerpo expedicionario británico.

Y estos forman parte también del cuadro dibujado en La agonía de Francia (Libros del Asteroide). Los británicos llegan a territorio francés para ocupar sus posiciones en la frontera con Bélgica, al norte, y su alegría y desparpajo suscita un resentimiento profundo en los locales. No es que haya problemas de carestía o que se crea que los alemanes atacarán más ferozmente y bombardearán de manera más intensiva la línea del frente protegida por los británicos, arrasando así con las casas, cultivos y vidas de los habitantes de la zona. Es que se mezcla la desconfianza con los celos que inspiran estos hombres en sus ocasionales escarceos con mozas francesas, hecho ampliamente utilizado por la propaganda alemana, algunos de cuyos desternillantes ejemplos nos describe Nogales con gracia y detalle. Es que además los franceses creen que esta guerra ha sido impuesta por Reino Unido, que son ellos los que han empujado a Francia al conflicto y que la verdadera posición correcta para la República habría sido la de forzar un eje con Mussolini para moderar el belicismo alemán, compensando así los extremismos. Pero el progresivo endurecimiento de la postura británica ha llevado a Italia a arrojarse en brazos alemanes, no dejando a Francia otra opción que la de alinearse con el gobierno británico.

A los reaccionarios la lucha por la República les resulta indiferente; creen que una transacción con Alemania permitirá la creación de un nuevo modelo de Estado francés, más próximo a sus ideas, con algo de la firmeza anticomunista alemana, de su orden y disciplina, pero al modo más latino. Es decir, ninguno de los partidarios de esta posición siente un verdadero impulso ardoroso por la defensa de la República.

En el otro extremo, los comunistas creen que el conflicto con Alemania se resolverá con la entrada de la URSS en la guerra desatando al fin todas las contradicciones burguesas. El pacto Ribbentrop-Mólotov les deja algo desconcertados por un tiempo, como a todo el mundo, pero esto solo sirve para que su implicación en un conflicto que sienten como totalmente ajeno sea aún menor.

Es notable que Chaves Nogales, en el mismo momento en el que se están desarrollando los acontecimientos, sea capaz de desarrollar un análisis tan certero. En aquellos años gozaba de mayor predicamento la idea de que Francia cayó colapsada por una superioridad armada y tecnológica alemana. Sin duda, esta tesis es más comprensiva con el orgullo francés, pero no sirve para engañar a nuestro reportero.

La agonía de Francia (Libros del Asteroide) está compuesta por capítulos muy breves en los que Chaves Nogales va dando cuenta de pequeñas facetas de este conflicto interno, de esta guerra civil nunca declarada a la que hace mención. Y de una manera ágil y amena, siempre certera y obligándonos a reconsiderar muchas de las lecciones tópicas aprendidas en los libros sobre la época, lo que siempre resulta reconfortante para un lector crítico.

Sin embargo, el volumen no está exento de contradicciones. Chaves Nogales se pregunta en algún momento si, al inicio justo de la guerra, no podría haberse lanzado un ataque devastador sobre Alemania, aprovechando lo que describe con bastante detalle. A saber, una momentánea superación de la fractura social, un entusiasmo belicista que unió a las clases sociales y a los extremos políticos, contradiciendo así su propia tesis de que, desde un primer momento, cada ciudadano francés optó por la mejor defensa de sus propios intereses en detrimento de los del régimen republicano o, como mucho, en la defensa de los intereses de su particular ideología.

También se ha de poner de manifiesto que Chaves Nogales recrimina, por encima de todo, a los ciudadanos en su dejación de funciones, llegando a sostener que el nivel de traición a la República va creciendo según se baja por la escalera social. Que el presidente de la República es el mejor protector de esta, que los responsables políticos son peores que aquel pero mejores que los servidores públicos y así sucesivamente. Pero esto no deja de resultar contradictorio con otros capítulos en los que se ponen de manifiesto los innumerables errores en la gestión política, económica o bélica de los primeros meses, tal y como ya se ha señalado más arriba.

Y es que, pese a la clarividencia de su juicio, Chaves Nogales era hijo de su tiempo y fundamentalmente de sus circunstancias vitales, y no podía dejar de establecer paralelismos entre lo ocurrido en España y lo que veía a su alrededor. Su creencia en esa democracia liberal, sostenida por unas élites responsables, cultivadas y que defendían el progreso para todos, había dejado de ser el paradigma aceptable, estrechada por los extremismos de variado signo y el progresivo desentendimiento de los ciudadanos menos ideologizados. La democracia liberal perdía fuelle y solo un conflicto terrible la haría renacer, cambiando parte de sus ideales, renovando un pacto social que curase viejas heridas. Desgraciadamente, Chaves Nogales no pudo ver ese renacer al fallecer en Londres en 1944 como consecuencia de una peritonitis fatal.

Su muerte nos impide conocer qué habría opinado de temas como la caída del nazismo, la consolidación del Estado del Bienestar, la Guerra Fría o el pacto tácito entre los aliados y el franquismo en los años cincuenta. Pero esta desgracia no nos puede llevar a pasar por alto los libros publicados por este autor que vienen recibiendo un reconocimiento general desde la recuperación de su obra hace ya un par de décadas. Conformémonos con ello, ya que nada más tenemos, y comprendamos que, en medio del fragor del conflicto, siempre hay mentes preclaras capaces de distinguir lo correcto, de mantener sus posiciones de manera firme y coherente, y de que todos ellos debieran ser ejemplo de cada día para quienes los leemos. Así que guardemos un pequeño resto de esperanza para confiar en que también hoy en día, en nuestros periódicos, podcast, vídeos y demás medios que la tecnología pone a nuestra disposición, podamos tener a los Chaves Nogales de nuestros días.



26 de agosto de 2025

Los cañones de agosto (Barbara W. Tuchman)

 


 

 ¿Cómo puede un libro de historia convertirse en un auténtico “best seller” y seguir siendo apasionante más de sesenta años después de su publicación?
Eso es lo que logró Barbara W. Tuchman con Los cañones de agosto, una obra que explica con maestría el primer mes de la Primera Guerra Mundial, pero que también refleja la angustia de su propio tiempo: la Guerra Fría y la amenaza atómica. Una narración vibrante, casi novelesca, que nos recuerda que la Historia no solo se cuenta con documentos, sino también con talento narrativo.

 

Por increíble que parezca, aún estamos escribiendo la historia de hace más de cien años, en concreto, las causas que llevaron a que medio planeta comenzara un conflicto, la Primera Guerra Mundial, que no termina realmente hasta 1945, solo para dar inicio a otro conflicto, la Guerra Fría.


No solo se exhuman nuevos documentos o se hace relectura de las fuentes ya conocidas, también se atiende a facetas previamente no consideradas, como los factores económicos, sociales, la pequeña intrahistoria, un sinfín de aspectos que matizan y sitúan la interpretación sin que apenas sea percibido este esfuerzo por parte del gran público.


Porque para la mayoría de mortales existen una serie de verdades inamovibles e impermeables al debate académico, a saber: el asesinato del archiduque de Austria desencadenó una serie de declaraciones de guerra motivadas por un complejo entramado de alianzas forjado, en gran medida, por el intento de contener el militarissmo expansionista alemán del II Reich y el ansia de venganza de Francia, aún ciertamente algo acomplejada por la severa derrota de Sedán y la humillación por la pérdida de Alsacia y Lorena.


Con el fin de paliar esta falta general de conocimiento, Barbara w. Tuchman se aplicó a la tarea de escribir una obra que ofreciera un mejor conocimiento sobre los mecanismos que llevaron al desencadenamiento de la guerra. Así, publicó en 1962 Los cañones de agosto (RBA, traducida por Víctor Scholz) con el fin de explicar de manera detallada precisamente el primer mes de una guerra que podemos considerar que comenzó el 28 de julio, por tanto, en esos primeros compases en los que tal vez podría haberse alcanzado un acuerdo.


Como es natural, la autora introduce algo de contexto, remontándose al entierro de Eduardo VII de Inglaterra, en 1910, prácticamente la última ocasión en la que estuvieron juntos la mayoría de los gobernantes y reyes europeos, muchos de ellos unidos por lazos familiares que terminan por revelarse más como un inconveniente que como una ventaja para tratar de aliviar las tensiones.


Pero antes de entrar en el libro como tal, es importante señalar el propio contexto de la obra, que se fue fraguando a finales de los años cincuenta y comienzo de los sesenta, por tanto, no muchos años tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, verdadero acto final de la Primera y con una conciencia muy clara de quién era el culpable de la misma, conciencia que Tuchman traslada a la Primera, conforme el juicio de las grandes potencias vencedoras, esto es, Alemania era culpable, su belicismo llevó a la desgracia de Europa, sus ambiciones territoriales y económicas fueron la causa de todo el conflicto.


Y para poder sostener esta idea, se ve forzada a sacar de la ecuación cuestiones tan relevantes como la descomposición del Imperio Otomano y, más importante aún, el papel del Imperio Austrohúngaro, sus problemas internos, el nacionalismo rupturista, los conflictos eslavos, las guerras balcánicas que habían tenido lugar pocos años antes y otras tantas cuestiones.


De hecho, un lector que lo desconociera todo sobre esta guerra, y su única fuente fuera este libro, quedaría muy sorprendido si alguien le dijera que Austria Hungría peleó junto a Alemania, especialmente contra los rusos, que el zar aparte de ser derrotado en Tannenberg logró importantes victorias frente a los austríacos, ocupando la cuarta ciudad del Imperio, Leópolis. Tampoco tendría muy claro el papel del regicidio de Sarajevo o de Serbia en estos comienzos de la conflagración.


Estas enormes simplificaciones ofrecen la ventaja de permitir a Tuchman ofrecer una visión algo más lineal y sencilla de modo que se guíe al lector a las conclusiones preestablecidas que, como he dicho, seguían muy presentes tras la Segunda Guerra Mundial.


Por último, es de destacar que el libro obtuvo el premio Pulitzer del año 1963 y un inmenso éxito editorial. Una razón no menor fue el hecho de que su publicación viniera a coincidir más o menos con la crisis de los misiles de Cuba, un momento histórico de delicadisimo equilibrio en el que se estuvo al borde de una nueva guerra mundial, con el agravante de que en este caso se habrían empleado, sin duda, armas atómicas. De ahí que reflexionar sobre los primeros compases de otra terrible guerra fuera un perfecto y trágico gancho para los lectores.


De lo dicho hasta aquí, podríamos estar creyendo que tildamos al libro de oportunista y falto de rigor histórico, pero nada más lejos de la realidad. Para empezar, cualquier libro o trabajo científico es hijo de su tiempo. El paso de los años arroja nuevas fuentes, no olvidemos que algunos de los protagonistas del conflicto aún seguían vivos cuando la autora estaba trabajando en el manuscrito (pensemos en Churchill por ejemplo), y solo el tiempo permite compilar y clasificar adecuadamente toda la información en forma de diarios, cartas, periódicos, informes administrativos de la época, etc. Por tanto, es normal que con el tiempo mucho de lo que se tenía por cierto hubiera quedado algo desfasado por nuevos hallazgos complementarios o incluso contradictorios. Por otro lado, cuando se escribe sobre hechos históricos relativamente próximos es muy difícil abstraerse de la realidad. Hoy no podemos interpretar la historia de la URSS del mismo modo que se hacía a comienzos de los años ochenta, conociendo su inminente derrumbe.

 

Pero entonces, ¿cuál es el sentido de continuar publicando este libro, más aún de que su lectura pueda ser recomendada? Sin duda, no por la mera curiosidad de conocer la perspectiva que sobre los hechos narrados había en el momento de su redacción y publicación, esto solo puede interesar al historiador que quiera reconstruir este fluir de ideas bibliográficas. Porque llegamos, al fin, a la verdadera fortaleza del libro, a su mérito indudable, a la razón de que hoy siga siendo una lectura recomendable, y ésta no es otra que el inmenso talento narrativo de su autora.


Los cañones de agosto relata de manera fluida y coherente los hechos desde los cuatro puntos cardinales que interesan a la autora, Inglaterra, Francia, Rusia y Alemania. Y lo hace a través de sus grandes personajes. Por aquí se asoman el zar Nicolás y el Káiser Guillermo, los generales alemanes y franceses que llevaban años preparando sus planes de guerra para esta ocasión como Foch o Moltke. Desentraña las cualidades sicológicas de todos ellos, sus debilidades y dudas, la seguridad de su posición dentro de sus propios países. Analiza la siempre fluctuante posición del gobierno británico, de sus comandantes supremos, de Churchill como Lord del Almirantazgo o de John French en su papel de comandante en jefe del Cuerpo Expedicionario Británico.

 


Y es precisamente esa sucesión de hechos mezclada con anécdotas personales, casi cotilleos de alcoba en ocasiones, lo que hace del libro una lectura apasionante, muy alejada de un texto de historia más convencional. La autora no tiene empacho en atribuir pensamientos y explicar acciones en base a ese perfil sicológico que previamente nos ha dibujado logrando una perfección absoluta en su discurso, una sucesión de hechos que encadenan consecuencias de manera insoslayable y precisa.  


De hecho, la lectura rememora el estilo de Stefan Zweig en su célebre Momentos estelares de la Humanidad, pareciendo un capítulo más, del mismo, extenso pero coherente en su estética.


Pero los logros de Tuchman no se circunscriben tan solo a lo literario. También pone encima de la mesa cuestiones tan humanas como que la supuesta eficacia de los ejércitos alemanes no era para tanto, que en muchas ocasiones los generales tomaban por su cuenta decisiones que alteraban de manera trágica los planes del Estado Mayor largamente planificados hasta el último de sus detalles y que, como es de esperar, toda guerra es una suma de carnicerías y crueldades.


En este sentido, la autora no ahorra detalles sobre los fusilamientos, incendios, pillaje y todo tipo de actos criminales de los alemanes especialmente durante la entrada en Bélgica, un país neutral cuya resistencia desató la ira germana. También nos describe el papel jugado por la propaganda y cómo los aliados la supieron emplear con mayor destreza que los alemanes. Así, el incendio de Lieja o la destrucción del casco histórico y la biblioteca de Lovaina fueron empleadas para ganar a la opinión pública de los países neutrales y poder alegar que su lucha era la de la civilización frente a la barbarie. También la difusión de noticias sobre los asesinatos, tomas de rehenes, venganzas colectivas contra pueblos enteros sirvieron para que la defensa del frente fuera aún más firme, logrando una adhesión total de la población civil que sabía que se enfrentaba a la victoria o la muerte como única alternativa.


El recorrido histórico concluye en los márgenes previos a la batalla del Marne, es decir, cuando el frente, tras detenerse el avance alemán, va a quedar prácticamente estabilizado durante los cuatro años siguientes en una espantosa guerra de trincheras que desangraría a a varias generaciones europeas.


Resulta contradictorio disfrutar de la lectura de un libro que narra hechos tan violentos y catastróficos como los aquí descritos. Sin embargo, Tuchman  sabe encontrar un perfecto equilibrio entre la diplomacia de salón o de gabinete de guerra y el hedor a muerte en los campos de Flandes, de manera que la lectura nunca se resiente.


Sin duda, los tiempos cambian y hoy este texto merece innumerables reproches desde un punto de vista científico, pese a lo que, ya se ha dicho, su lectura sigue resultando avasalladora y amena, un modo de escribir y narrar la historia que ha ido desapareciendo en favor de la frialdad y el dato, olvidando que si la Historia la construyen las personas, y también éstas deben ser quienes la escriban.



23 de mayo de 2025

Homo Deus: Breve historia del mañana (Yuval Noaḥ Harari)


 


¿Qué pasaría si la Humanidad, en su búsqueda imparable del progreso, estuviera cambiando su propia esencia? En Homo Deus, Yuval Noah Harari nos lanza una advertencia perturbadora: los días de los humanos tal como los conocemos podrían estar contados. Con un estilo ameno pero profundo, Harari nos lleva desde los primeros pasos de nuestra especie hasta un futuro donde la tecnología y los algoritmos podrían reescribir nuestras vidas, nuestro destino y hasta nuestra propia esencia. Si el futuro te parece prometedor, Homo Deus retará tu optimismo.


En Sapiens (De animales a dioses), Yuval Noah Harari describía cómo la especie humana se había impuesto sobre el resto de seres vivos gracias a su capacidad de colaboración a gran escala merced a su capacidad para crear ideas abstractas, relatos y conceptos como el dinero, el estado o la religión, que servían como mecanismo de cooperación. A partir de aquí, el historiador israelí hacía un repaso de los grandes hitos de la Historia tomando como base precisamente esa habilidad colaborativa, fruto de esas abstracciones a las que tan afines resultamos ser.


En Homo Deus (Breve historia del mañana), publicado por Debate, el historiador da un paso más en su reflexión, saltando del pasado histórico al hipotético y más probable futuro a juzgar por las tendencias que se vienen poniendo de manifiesto en los últimos años. Es decir, el autor renuncia a ser historiador y pasa a convertirse en augur. El juego es arriesgado porque, tal y como corren los tiempos, sus vaticinios pueden caer pronto en el olvido. Si algo debería enseñarnos la Historia es que precisamente quien vive en el presente es el peor juez de lo que está por venir. Normalmente las tendencias más desapercibidas e imprevistas son las que terminan por resultar cruciales y las más evidentes las que se desvanecen en el humo del tiempo. Así, el libro publicado en 2016 no pudo prever la llegada del COVID-19 o la irrupción de la IA antes de lo esperado como una cuestión central del debate público.


Pero vayamos al nudo esencial de esta obra, lo que pasa por saltar precisamente a su final, la definición de las tres preguntas en torno a las cuales Yuval Noah Harari cree que pivotará todo lo que está por llegar.


La Ciencia ha venido a levantar el telón sobre el mundo que nos rodea, alejando la explicación mítica o religiosa y arrojando luz sobre la mayoría de los procesos naturales. Pero también, y más recientemente, ha abordado la magia de nuestro comportamiento, nuestros procesos mentales, y según más se descubre más se percibe que gran parte de lo que somos no resulta otra cosa que la consecuencia de algoritmos. Es decir, cuando una persona ayuda a cruzar la calle a una anciana no actúa bajo un impulso moral sino más bien como consecuencia de un conjunto de datos que le llevan a ello de manera inexorable. Hemos de unir información tal como la experiencia previa del sujeto, una cierta inclinación genética, su situación en el momento concreto (la prisa que lleve, si tiene o ha tenido una madre o persona próxima en situación de vulnerabilidad, si ha recibido ayuda similar, si el rostro de la anciana le resulta familiar o amigable, ...). Si lográsemos reunir toda la información que nuestro cerebro maneja y la combinásemos en la proporción adecuada, apenas quedaría un margen mínimo al libre albedrío. Las emociones, pensamientos y actos no derivan, por tanto, de nuestra decisión sino más bien de factores biológicos, químicos y de otro tipo.


En el relato histórico, el Hombre comenzó siendo una creación divina, a imagen y semejanza de su creador, lo que nos hacía superiores al resto de seres vivos gracias a ese aliento sagrado. El Hombre, más allá de esos instintos poseía conciencia del yo y estaba dotado de unas inclinaciones morales de las que el resto de especies carecía. La Ciencia nos dice ahora que esto no es necesariamente cierto y que los pocos recovecos en los que aún parece refugiarse esa capacidad moral y volitiva podrán ser pronto también desvelados como fruto del algoritmo.


En un breve periodo histórico hemos pasado de consultar los libros sagrados en los que veíamos la sabiduría y conocimientos de una minoría sacerdotal a recurrir a nosotros mismos en ese proceso de endiosamiento de los hombres. A nivel individual se expresa en las ideas sobre la necesidad de recurrir a nuestros sentimientos, emociones o intuiciones como la mejor guía, Lo que tú creas será lo mejor para tí. A nivel colectivo nada dictará mejor las leyes del mercado, de la política o de los movimientos sociales que la unión de las voluntades de los individuos, tomando las formas del capitalismo, la democracia liberal o la tan vaporosa y manipulable opinión pública.


Harari ve en estos movimientos el mejor modo en el que la Humanidad ha logrado manejar la cada vez mayor cantidad de información a nuestra disposición. Nadie mejor que el mercado, como expresión de la suma de las voluntades de millones de intervinientes, para determinar una óptima asignación de recursos. De ahí el éxito económico y político de las democracias capitalistas occidentales frente a los modelos centralizados en los que una minoría, incapaz de tomar en cuenta todos los datos, de calibrarlos correctamente, toma decisiones de todo tipo por sí misma, en su burbuja.


Pero el avance técnico permite el manejo de datos a una escala desconocida. Los gobiernos tienen tanta información que nadan perdidos en la misma, incapaces de hacer propuestas a medio plazo para sus ciudadanos, limitándose a una gestión precaria de los recursos y a una continua pérdida de legitimidad. Y esto también tiene su reflejo a nivel individual ya que parece llegado el momento en el que nuestras miles de interacciones en la Red a través de nuestras compras, likes, visualizaciones de reels, datos cedidos sin conciencia de ello, y así hasta el infinito, han permitido que quien sea capaz de manejar esa inmensidad de información pueda conocer mejor que nosotros mismos qué es lo que pensamos, en qué creemos. Ya no es necesario recurrir al I Ching o a un ejercicio de autoreflexión, al psicoanálisis o al consejo de un buen amigo, habrá una inteligencia superior capaz de saber mejor qué pensamos y en qué creemos, qué deseamos realmente, incluso al margen de nosotros mismos. Por tanto, la primera cuestión a dilucidar es si toda la vida, tal y como la entendemos, se reduce a datos y algoritmos, si hay algo más que tenga sentido. Si las expresiones artísticas, las inclinaciones morales, realmente son fruto de la evolución, y por tanto prescindibles, como las alas para los mamíferos terrestres, o si resultan inseparables a las decisiones y a nuestra especie.


Aquí llegamos al segundo gran interrogante con el que Harari trata de sacudir nuestras conciencias. Porque de conciencia se trata. ¿Qué es y en qué consiste esa conciencia? Ya la Ciencia ha despejado las dudas sobre el alma, que ni pesa ni es mensurable, más aún, que no existe. Pero, ¿la conciencia?  Harari sostiene que este concepto es una creación del Humanismo, esa especie de religión semi laica conforme a la que el Hombre no solo tiene inteligencia, esto es, dominio de datos y creación de instrumentos, de Ciencia en suma, sino que es un factor intangible que nos permite crear un relato de nosotros mismos y de nuestra evolución sobre la Tierra. Una capacidad de tomar decisiones conforme unos criterios tal vez comunes a la mayor parte de los individuos, la posibilidad de decir que no todo vale, que no dejaremos a nadie atrás o que todos los sacrificios no serán en vano, que las muertes de las guerras tuvieron su sentido, que los sistemas de Seguridad Social y Sanidad Pública son un avance de los que enorgullecernos en una carrera hacia la meta de librarnos de la guerra, la enfermedad y asegurarnos la felicidad.


Porque esos tres jinetes del Apocalípsis pueden tener sus días contados. La enfermedad ha sido cercada y siendo aún muy relevante, se han logrado importantísimos avances en prevención con grandes expectativas. Incluso el foco está pasando de la enfermedad a la mejora de las condiciones de los sanos, la prolongación de la esperanza de vida, el desafío a la muerte. Nada más ambicioso que fijarse el objetivo de la inmortalidad, ese último reducto que nos resta para asemejarnos a los dioses frente a los que hemos estado compitiendo de continuo.


También la guerra se ha convertido en un accidente local, en amenazas terroristas que poco sirven para desestabilizar los principales esquemas geopolíticos. La guerra ha tenido siempre un carácter predatorio, para ocupar territorio y sus recursos naturales, cuando estos eran el factor que permitía enriquecer al ocupante. Sin embargo, ahora el elemento diferenciador, la verdadera riqueza, se encuentra en las empresas informáticas, y éstas no están sujetas a un territorio. Nadie invadiría Estados Unidos para apropiarse de Amazon y Google.


Lástima que el libro fuera publicado antes de la tragedia del COVID-19 y de las continuas amenazas sobre posibles nuevos brotes pandémicos futuros. También antes de la guerra de Ucrania, la desolación en Gaza, las tensiones en torno a Taiwán o el creciente ascenso de la ultraderecha populista como reacción a los movimientos migratorios generados por esas crisis locales a que hace referencia Harari pero que pronto llegan a nuestras fronteras en un mundo en el que ya ningún país está suficientemente lejos como para que sus problemas nos resulten ajenos.


En todo caso, sigamos aceptando el razonamiento del autor. Estamos en disposición de lograr, por primera vez en nuestra historia, la tan ansiada felicidad, no ya como un derecho proclamado en algunos textos constitucionales, sino como una promesa factible. Los avances tecnológicos permitirán no solo facilitar las decisiones optimizando los recursos públicos y privados como hemos comentado, sino que también liberarán tiempo de trabajo, aligerarán las tareas más penosas. Es decir, por primera vez, asociaremos inteligencia y conciencia. Está claro que la inteligencia, entendida como el manejo de la información con fines prácticos, quedará en poder de una inteligencia superior capaz de manejar esos datos. Pero, ¿y la conciencia? Ahora toca preguntarse nuevamente si ésta existe, si realmente la Ciencia no determinará en breve que es tan poco real como el alma o Dios, si no es más que una mera superstición, una creación teórica del Hombre para creerse superior al Mono, una falacia tramposa.


Podemos soñar con que esa conciencia deberá ser la que determine los objetivos de la inteligencia artificial, las metas y sus límites, y en ese sentido parece trabajar la legislación de la Unión Europea. Pero, ¿será posible poner límites a dicha inteligencia? ¿Con qué base ideológica? ¿No será necesaria mucha información para determinar qué es lo que realmente deseamos como ciudadanos? ¿No deberemos recurrir a la inteligencia para saber qué deseamos? Y, ¿no supondrá esto que realmente la conciencia no es más que otro algoritmo?


Por tanto, este segundo interrogante ataca directamente a aquello que nos diferencia del resto de especies, a nuestra relevancia y modo de narrarnos. Si la conciencia no existiera como tal, si pudiera ser absorbida por esa inteligencia superior (que Harari pocas veces denomina como artificial), ¿cuál sería el destino del Hombre? ¿Cuál nuestro papel sobre el Planeta?  


Y llegamos así al último interrogante que nos arroja, retador, Harari. Si todo el conocimiento pasa a una inteligencia superior y la conciencia se cuela entre nuestros dedos como un concepto carente de sentido, ¿en qué consistirá nuestra felicidad? ¿Cuál será el sentido de una vida que no tendrá obstáculos, como la enfermedad o la muerte, que se diluirá en una sucesión de sensaciones estimulantes que coincidirán con lo que deseamos pero que tal vez no terminen de llenarnos de tan perfectas y adecuadas. ¿Qué sentido tomará la Historia? ¿Cómo habrá progreso si no surge el descontento, el deseo de cambio? ¿No habremos cavado la tumba de la célebre dialéctica hegeliana que hace de nuestro mundo un cambiante torbellino?


Para el historiador hay dos posibilidades, dos nuevas religiones por las que habrá de discurrir ese probable futuro. De un lado, lo que define como el Tecnohumanismo, una especie de continuación de la idea del Humanismo pero complementada por una serie de gadgets y prolongaciones que harán del Hombre una especie algo distinta a lo que hoy somos. Sea con transformaciones genéticas o con extensiones cyborg el Hombre tendrá acceso a nuevas formas de conocimiento y conducta, una especie de promesa de vida prolongada, de capacidad de decisión, si bien limitada; no nos engañemos, ya sabemos que nuestro albedrío es poco libre. La duda es si ese tecnohumanismo será viable para todos, si lo querremos así. Porque hasta la fecha, las ideas que creíamos nacidas de la conciencia, y que sostenían esa preocupación por las condiciones de vida de todos (mejor, casi todos, en ese colectivo no solemos incluir a inmigrantes, refugiados, ciudadanos de otras regiones, …) se debía tan solo a las necesidades de aumentar la población sana y formada. La lucha contra la mortalidad infantil, la vacunación, la enseñanza obligatoria, todo podía verse como el modo de garantizar una creciente masa humana que emplear en fábricas y campos de batalla. Pero si ya no necesitamos hombres en las cadenas de producción ni en la guerra, ¿para qué querremos tantos humanos? ¿No podrá decidir una élite que para la gestión del Planeta basta una pequeña y selecta minoría? No necesitaremos el concurso de la opinión de millones de personas para saber qué decisión es la mejor, esto ya nos lo proporcionará la inteligencia artificial. Este tecnohumanismo se revela como un terrible futuro en el que la vida pasa a ser el designio de unos pocos, el resto discurriremos por un vacío existencial inane haciendo de la vida de la mayoría una realidad fácilmente prescindible.



Pero la otra posible tendencia que atisba Harari es lo que denomina Dataísmo, una suerte de nueva religión que sustituye al Teísmo y al Humanismo, consistente en el endiosamiento de los datos, el tratamiento masivo de esta información por parte de una inteligencia superior y que, nuevamente, podrá dejar sin sentido ni ocupación a gran parte de la Humanidad. ¿Terminaremos por recibir el mismo trato que hemos dispensado al resto de seres vivos? ¿Dejaremos de ser la especie elegida, volviendo a ser el mero juguete en manos de un ente superior. ¿Volveremos al mismo nivel que las gallinas ponedoras o las vacas con ubres reventadas por el peso de la leche? ¿O habremos de huir a la Naturaleza como las jaurías de lobos, los cimarrones? ¿Veremos destruida nuestra vida tal y como esperábamos gracias precisamente al éxito alcanzado? ¿Seremos quemados como las alas de Ícaro por nuestro desafío a los dioses? Por supuesto, en este camino irán quedando atrás ideas como democracia, derechos fundamentales, libre mercado, y tantas otras.

 

Como ya se ha dicho, el libro forma parte de un ejercicio arriesgado ya que la labor del historiador no es la misma que la del oráculo. Por ello, tan solo ocho años después de la publicación, algunos de los presupuestos han quedado desfasados y rebatidos por los hechos. Unos por exceso, otros por defecto. Ya se han citado en varias ocasiones aspectos que el autor no tuvo ni pudo tener en cuenta.


Por otro lado, si bien el estilo de Harari es totalmente accesible y sencillo, con una prosa clara y elegante, plagada de ejemplos históricos y amenas anécdotas, lo cierto es que seguir el hilo a las ideas en el orden en que han sido expuestas me ha llevado en ocasiones a no tener muy clara la intención final de la obra. Por ello, he preferido reordenar todo el contenido en base a las citadas tres cuestiones finales que el autor dirige a sus lectores en el cierre del ensayo. Sin embargo, en ocasiones he tenido la impresión de que los materiales se acumulaban por extenso sin un fin claro; se retomaban conceptos ampliamente desarrollados en su obra anterior o se recurría de manera reiterada a las mismas cuestiones en diferentes partes del libro y con fines distintos. Sorprende también que el libro arranque con la declaración de que venimos a vivir prácticamente en el mejor de los mundos posibles, sin graves amenazas de salud, sin violencia sistémica, cuando una de las tesis más polémicas de Sapiens era precisamente que la revolución neolítica había traído el fin de la mejor época en la vida de los hombres.  


Pero tal vez la intención de Harari al traernos estos terribles futuros posibles es actuar a modo de heraldo negro. Al igual que los vaticinios sobre el fin del capitalismo por la acumulación de capital, que fundamentaron las teorías de Marx, llevaron a una serie de revoluciones y cuestionamientos del capitalismo liberal que trajeron el Estado del Bienestar y, por tanto, desmintieron el fin propuesto por Marx, el anunciar los riesgos de esta nueva época puede llevar a una mejor concienciación de los riesgos y .a desactivar estos mecanismos y tendencias históricas. Con esa esperanza se cierra este libro. Con el mismo deseo cerramos la última página de la obra.