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5 de julio de 2026

Memoria de chica / El acontecimiento (Annie Ernaux)

 


 

Memoria de chica, editada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez, fue publicada en 2016 y nos coloca nuevamente en el terreno de la biografía de Annie Ernaux, retomando capítulos de su vida a fin de indagar en quién fue, qué le ha llevado a ser quien hoy es.

 

Como ya vimos en Una mujer, esta retrospección tiene por fin rehacer un relato y conciliar la imagen de la chica que fue en el periodo crucial que abarca el verano del 58 y los años posteriores, el apogeo de su adolescencia, con la mujer que hoy es.

 

Y este esfuerzo es tan notable que precisamente a aquella chica la llamará la chica del 58, en oposición a la que luego será la chica del 59 y, definitivamente, la autora actual. Esta difícil conjugación le lleva a preguntarse si cuando habla de ella ha de hacerlo como si fuera un personaje de ficción,refiriéndose a ella en tercera persona como si nada de aquel ser tuviera que ver con la actual Annie Ernaux, tan ajena a la chica que vivió en aquel periodo su despertar sexual.

 

Porque Annie Dúchense había vivido hasta los dieciocho años en un entorno protegido. Era la lista de la clase, la más refinada, con aspiraciones culturales, pero cuando llega al campamento de verano como monitora, con apenas contactos previos con chicos y solo con chicas toscas, comprende que ha llegado a un lugar que no le pertenece, ese sentimiento que no le abandonará el resto de su vida, una cierta impresión de desclasamiento, de errónea ubicación. Con el ansia de la conversa se lanza a recuperar el tiempo perdido, a mostrarse más desinhibida de lo que es, a comprender que la cárcel de sus padres es el mayor lastre que arrastra. A los tres días, ella y varias monitoras bajan a una fiesta de chicos y Annie se enamora de H., un atractivo monitor de 22 años que la mira como nunca nadie lo ha hecho y termina acostándose con él. No logra penetrarla, la tengo muy gorda es la explicación que él le da, pero se corre en su boca y ella lo acepta todo, asume que el único placer que importa es el del hombre. Y vuelve a su habitación envuelta en un mundo imaginario de romance y amor, un sentimiento de renacer que queda destrozado al día siguiente. H. no le presta apenas atención, ahora parece fijarse en la jefa de las monitoras, una rubia imponente. Pero su aventura ha trascendido, todos se burlan, la miran, murmuran a sus espaldas o a la cara, en el cristal de su cuarto de baño descubre pintado con pasta de dientes un insulto. Y así transcurre el verano en el campamento, un lugar que ha vuelto a visitar durante el proceso de escritura, un escenario que le cuesta reconocer pero que le causa impresiones contradictorias mientras continúa recordando.

 

En otra fiesta, cuando la monitora jefa ha regresado por unos días a su casa, vuelven a acostarse, aquí ya hay penetración plena, sus bragas manchadas de sangre son la prueba, el galardón del que ella se sentirá tan orgullosa. Pero él le reconoce que ni ella ni la rubia cañón son el amor de su vida, le señala la foto de su novia, una joven que no parece destacar por nada en particular.

 

El campamento acaba y Annie tiene que estudiar, abandona el pueblo, se instala en Rouen, en una residencia de monjas, con compañeras que apenas pueden soñar con lo que ella ha hecho, pero no sabe permanecer discreta. Nuevamente vuelve a causar malestar a su alrededor. No logra estar nunca en el lugar correcto con la actitud correcta. 

 

Entretanto traza un plan para conquistar a H. que trabaja en la misma ciudad, como profesor de gimnasia. Pretende teñirse el pelo, parecerse más a la rubia, comenzar clases de natación, sacar el carnet de conducir, un programa completo que acompaña de su deseo de estudiar filosofía. Ésta es ya la chica del 59, abandona los deseos sexuales, la regla se le retira durante dos años. Pero tampoco con esta muchacha logrará la Annie autora establecer un vínculo. El destino que parece tener reservado, estudiar Magisterio, no le genera interés. Entrará en el curso correspondiente con gran orgullo de su padre pero disgusto de la madre que prefiere que estudie en la Universidad, siempre más ambiciosa que el resto de la familia. Y, finalmente, tendrá razón. Abandona el curso de Magisterio y para no volver al pueblo, no avergonzar a los padres ante los vecinos por un paso en falso, decide irse con una compañera como Au-Pair a Inglaterra. A su regreso, las clases de filosofía le hacen comprender una nueva realidad.

 

Estudiando a los grandes filósofos comprende que su vida ha carecido de sentido, que no ha sido más que una pequeña estúpida. La lectura de El segundo sexo de Simone de Beauvoir se convierte en una pequeña epifanía, la certeza de que la primera penetración siempre es una violación, que todo el sistema gira en torno a la opresión de los hombres, de su continuo abuso.        

 

Ernaux se pregunta cómo ha de escribir sobre esta chica, desde el conocimiento y valores que hoy mantiene o conforme lo que ella era entonces, tan despreocupada por su entorno social, por la guerra de Argelia, por todo cuanto no fuera ella misma. Con qué ojos mirarla, con qué lengua describirla, con la facilona retórica de aquellos años jóvenes o con la profundidad y posó alcanzado por los años. La autora recurre a fotografías, carpetas escolares, cartas enviadas a una amiga del pueblo que ésta le ha devuelto como regalo hace unos años y sobre esos materiales y el recuerdo va construyendo esa memoria de aquella chica.

 

Enaux no ahorra detalles íntimos sonrojantes, no guarda piedad para aquella muchacha desnortada, zarandeada por las convenciones sociales y un ímpetu que no sabía dominar, un despojo casi a sus ojos actuales, una vergüenza que comparte con el lector, casi invitándole a que también juzgue con dureza a aquella muchacha. Porque Ernaux no busca redención o suscitar compasión, al contrario, es fría y glacial como asegura que lo era con las niñas del campamento. Abundan los detalles sexuales, los muchos monitores con los que se acostó entre una cúpula y otra de H. aunque tal vez ningún episodio tan lamentable como el que nos revela al contar que no hace mucho ha buscado a H. en internet y lo ha localizado. Encuentra una fotografía suya celebrando un aniversario de boda en la que Ernaux cree reconocer a su novia original, rodeado de hijos, nietos y mucha más familia. Y descubre con vergüenza que él no la habría reconocido, que no lo haría aunque leyera este libro. Que él ha seguido siendo una parte crucial de su vida pero ella no es nada en la de H., nunca lo fue. No puede haber escena más desarmante y dolorosa que esta confesión de la Ernaux adulta, mostrando de manera lastimosa su estupidez y disloque.

 

El  libro, como todos los de la autora, está repleto de reflexiones, imágenes, recuerdos, con muchos de los cuales el lector podrá sentir cierta conexión, aunque con otros probablemente sienta incomodidad, algo de vergüenza ajena, de pudor. Pero de ahí proviene la fuerza del texto, de la performance que ejecuta la autora ante nuestros ojos, renunciando a toda protección, a una exposición absoluta ante ella y ante el mundo, ofreciendo como explicación a aquella chica que, en todo caso, tampoco lo niega, ha devenido en la actual Ernaux. 

 

 

 

 

 

 

II

 

Entre febrero y octubre de 1999, Annie Ernaux retoma otro acontecimiento personal extremo de aquella joven que fue. En este caso se trata de su aborto voluntario, en un tiempo en el que esta práctica estaba perseguida penal y moralmente. El recuerdo le llega cuando acude al hospital para hacerse una prueba de detección del SIDA y recuerda el mismo trance, la incertidumbre que vivió en 1964 cuando pasó por una sala similar tras su aborto. El padre es otro estudiante, residente en Burdeos, algo atolondrado y que no parece sentirse especialmente involucrado en las consecuencias de sus actos. 

 

El libro va recorriendo la angustia de la joven, sin saber a quién recurrir, confesando su embarazo a las personas menos apropiadas de quienes cree poder recibir comprensión y apoyo por sus ideas progresistas pero de quienes sólo alcanza a sentir desprecio. Incluso un joven ya casado al que conoce de la Facultad parece creer que el hecho de que esté embarazada es la señal de que es una golfa y trata de acostarse con ella. Sorprendentemente su mejor confidente será una compañera católica de la residencia. Recibe noticia de una periodista que parece haber abortado también hace unos años. Se planta ante la sede del periódico, tratando de reunir valor para abordarla, pedir consejo, ayuda, pero no lo logra. 

  

El acontecimiento (Tusquets, traducido por Berta Corral Corral y Mercedes Corral Corral) es el intento de poner orden a todos aquellos recuerdos y experiencias. Si bien en todos los libros de Ernaux el componente de clase tiene un importante papel, tal vez en este título se refleja con mayor fuerza esta cuestión. El feto, al que la joven se referirá en sus diarios como la "cosa", es lo que ha venido para castigarla por aspirar a una vida fuera de su círculo proletario, el bebé viene como castigo por su anterior vida pervertida, por dejarse llevar por el hedonismo de las clases superiores, por pretender subvertir el orden social.



Como la autora pone de manifiesto, tenemos tendencia a juzgar por las consecuencias de las leyes y no a las propias leyes que generan esas consecuencias. Juzgamos a quienes recurren a métodos abortivos peligrosos igual que juzgamos a los inmigrantes que delinquen o tratan de llegar a nuestras fronteras por medios ilegales, a los traficantes de personas, pero no juzgamos las leyes que crean dichas condiciones. También enuncia un principio que justifica la dureza del relato aquí expuesto, a saber, que haber vivido una experiencia te da derecho a escribir sobre ella y, en todo caso, siempre quedará la libertad del lector de dejar a un lado el texto o apurarlo hasta sus últimas consecuencias. 

 

Acompañaremos a la Annie del 63 y el 64 por sus desvaríos y temores, sus miedos  e indagaciones. Cómo irá percibiendo poco a poco los cambios en su cuerpo, el ensanchamiento de las caderas, el crecimiento de los pechos, el ver cómo la vida sigue su curso habitual para todos sus compañeros menos para ella, cómo algunos cambian el modo en el que la tratan.

 

Siente toda la opresión social cuando desesperada trata de recurrir a unas agujas de coser que se ha traído de casa ante la imposibilidad de encontrar otra solución. Pero, al tiempo, trata de mantener la normalidad. En Navidades va de vacaciones con su novio y otra pareja, hacen el amor con tristeza, ni siquiera aprovechando que ya la anticoncepción no juega un papel limitador.

 

Pero la decisión está ya tomada y finalmente consigue el contacto de una abortera. Se lo facilita una joven de la que solo ofrece sus iniciales ya que, como asegura, ha de resguardar su identidad puesto que este libro es para exponerla a ella, no a quienes la ayudaron. La joven le facilita una dirección en París y le adelanta el dinero para el pago, cuatrocientos francos. Entre tanto, cuando hace las visitas de fin de semana a su casa, ha de mantener la ilusión de que todo sigue igual, que la regla no se le ha interrumpido, un engaño que sumar a todos los que ya arrastra. La "cosa" también le altera las facultades intelectuales, no se concentra en sus estudios, sus trabajos académicos se convierten en una tortura y confía en borrar esa carga, volver a retomar la vida en el punto exacto en que la dejó, en el que nada debió torcerse.

 

Hace una primera visita a la abortera, conoce la casa, el olor, la cara de la mujer que le va explicando con fría resignación los términos de la intervención, el pago. Y una semana después vuelve ya preparada. Acude a una iglesia próxima para rezar, no por su alma, sino para pedir que no haya dolor. Y mientras se tumba y se abre de piernas piensa en sus compañeras que están estudiando o en su madre, que planchará silbando con despreocupación. La abortera le asegura que en dos días perderá al niño, pero esto no ocurre. El tiempo pasa lento pero los días transcurren sin novedad. Vuelve a la casa y la abortera le introduce una sonda, es un material caro y le pide que cuando el feto salga se la devuelva, nunca lo hará.

 

El aborto se produce al fin en su habitación de la residencia, con la única compañía de su amiga católica practicante, que ha de cortar el cordón umbilical y con la que ya ha perdido el contacto y que probablemente vivirá acosada por la culpa de haber acompañado a una pecadora en ese trance. El feto sale como un pequeño muñeco ensangrentado que pronto meten en una bolsa de galletas y tiran por el baño. Pero ha perdido tanta sangre que tiene que ser ingresada en el hospital durante cinco días. Y regresa a casa para recuperarse. Ante la sospecha de la madre se llama al médico del pueblo que inventa un diagnóstico, tal vez apiadándose de Annie, tal vez queriendo evitar el oprobio en una población pequeña, quizá queriendo no involucrarse en una investigación judicial.

 

La vida poco a poco retoma su normalidad pero este acontecimiento dejará poso en la vida de la muchacha, ahondará la impresión de culpa original y determinará gran parte de su modo de comportarse en el futuro. La escritura del libro es un exorcismo de fantasmas del pasado, tal vez una aceptación y reencuentro. Porque aquí, a diferencia de  Memoria de chica, sí podemos advertir una profunda comprensión por parte de la Ernaux madura, una cierta simpatía que alivia un texto duro como pocos, lacerante e incisivo. Y así ponemos fin a otro par de libros de esta autora, peculiar y lúcida, tal vez no apta para todos los públicos, pero necesaria para todos ellos.





30 de diciembre de 2024

Milena (Margarete Buber-Neumann)


¿Qué tienen en común el amor, el exilio y la resistencia? La respuesta se halla en el estremecedor relato de Milena, escrito por Margarete Buber-Neumann. Un libro que destapa la fuerza indomable de una amistad forjada en el infierno de Ravensbrück, donde dos mujeres extraordinarias, prisioneras del odio y la tiranía, se convirtieron en el último refugio de esperanza. Pero esta no es solo la historia de una superviviente, sino de un juramento sellado entre alambradas: dar voz a la mujer que desafió al régimen nazi y a su propio pasado. En cada página se palpa el miedo, la traición y la solidaridad de quienes, incluso en la oscuridad más absoluta, se niegan a ceder su humanidad.



Margarete Buber-Neumann formó parte del Partido Comunista y, ya a comienzos de los años treinta, viajó a la URSS como tantos otros, convencida de que allí nacía una nueva tierra, libre de la opresión y tiranía que había conocido en su patria de origen, la atribulada Alemania de Weimar. Pero allí descubrió otro tipo de horror y sufrió las decepciones de quien ve traicionados sus anhelos y esperanzas. Peor aún, padeció en su propia piel la represión y el castigo de los "herejes" que se resisten a pensar lo que otros dictan. Vivió en un campo de concentración en Siberia hasta que el pacto Ribbentrop-Molotov cambió las tornas y Hitler y Stalin se revelaron como lo que eran: dos ególatras dictadores que en poco se diferenciaban. Se acordó un intercambio de prisioneros políticos por el cual los alemanes internados en campos soviéticos fueron entregados a la Gestapo, no con el fin de ofrecerles una bienvenida, sino para llevarlos a otros campos de concentración. Ya se sabe que los principales enemigos de cualquier dictador siempre son los naturales de su propio país, esos traidores a la patria.


Margarete Buber-Neumann terminó en el campo de Ravensbrück, un recinto especial para mujeres, y allí conoció a Milena Jesenská, una joven praguense que ya llevaba mucha vida a sus espaldas. Su amistad se tornó ambigua, pero aquí no estamos para juzgar cómo viven quienes pasan por un tormento similar y sienten una dependencia enfermiza por la persona con la que han creado un lazo lo más similar que se pueda concebir al cordón umbilical.


En los pocos ratos libres que ambas prisioneras podían disfrutar, en paseos al aire libre o en noches en las que escapaban de su barracón y se reunían en algún lugar oculto, se contaron recíprocamente sus vidas y Milena soñó con escribir un libro a medias para reflejar los terrores de los campos. Margarete Buber-Neumann se resistía, pues afirmaba no saber escribir, pero eso a Milena no le importaba, ella tampoco creyó ser capaz de escribir, pero se había forjado una reputación como traductora y periodista. Sin embargo, el proyecto quedó frustrado porque Milena no consiguió sobrevivir al campo, y el encargo de escribir un libro recayó enteramente en Margarete Buber-Neumann, quien además recibió otro encargo por parte de Milena: escribir su vida. Se la había relatado con detalle en sus encuentros y así, le aseguraba la joven checa, su memoria podría pervivir a través suyo.


Margarete Buber-Neumann cumplió sobradamente su encargo como tributo a su amiga. Una prueba de amor más allá de las alambradas y los horrores de los médicos de las SS, las palizas de las guardianas del campo y las peleas internas entre los distintos grupos de prisioneras, comunistas, testigos de Jehová, gitanas y otras tantas "subespecies" a los ojos de los nazis que vivían allí recluidas en una paz forzada que en ocasiones se quebraba con una crueldad extrema. Buber-Neumann escribió tanto el libro que Milena le pidió sobre la vida en el campo de Ravensbrück como el que le encomendó para dejar huella de su paso por el mundo: Milena, publicado por Alfaguara, con traducción de Carlos Fortea.


Milena fue la primera en romper el hielo cuando se conocieron: Soy Milena, de Praga, le espetó ante la sorpresa de Margarete. La checa había oído hablar de ella y sabía que había sobrevivido a los campos soviéticos y que ahora purgaba sus penas en los nazis. Un tránsito político similar al que ella misma había padecido al haber formado parte del Partido Comunista a través de su marido, y en el que no duró mucho tiempo al comprender que los dictados del Partido estaban por encima de la propia conciencia. Milena fue providencial para Margarete, ya que las presas comunistas, sabedoras de que había pasado por Siberia, trataban de aislarla, una muerte social aún peor que las torturas y abusos de los guardianes, ya que apenas encontraba un rescoldo de esperanza en ningún lugar, pero Milena la consolaba, ellas estaban acostumbradas a pensar y organizar su vida a través de rígidos patrones impuestos y, por contra, ellas dos eran libres; podían pensar y vivir libres incluso en aquel horror del campo. La alegría y fortaleza de Milena le dieron esa razón de vivir, reactivando su espíritu de sacrificio y su deseo de salir del campo, de recobrar la esperanza al modo de las enseñanzas de Viktor Frankl.


Ambas trataron de aliviar los sufrimientos de las presas que pasaban sus últimos días en la enfermería del campo, un laboratorio de ensayo para tratamientos monstruosos al estilo de los de Mengele, pero también para el asesinato impúdico de las prisioneras. Margarete era objeto de las continuas preguntas de Milena, que no había perdido el pulso de una buena periodista. Estas preguntas permitieron a la autora detenerse por una vez en el trasiego de su vida, poder analizar sus vaivenes y desdichas, hacer balance, y quizá amarse por primera vez a través de los ojos de Milena.


Así, Margarete comenzó a ser la depositaria de los secretos más íntimos de su amiga. La relación conflictiva de Milena con su padre, un profesor universitario reputado y odontólogo por las tardes, patriota checo, se debió a que este se oponía a todas las relaciones de su hija, siempre tentada por judíos y alemanes, o ambas cosas al tiempo. No es de extrañar que sintiera pronto una admiración por otro damnificado por una figura paterna de extensa sombra como Franz Kafka.


Claro que, en descargo del padre de Milena, hay que decir que ella no se lo puso fácil. Tras la pronta muerte de su madre, la joven volcó todas sus frustraciones buscando el escándalo y el placer. Vivía en una habitación del hotel de un amigo de su padre, pero tuvo que dejarlo pues las visitas masculinas eran la comidilla de la ciudad. Su actitud provocativa junto a otras jóvenes del único instituto para mujeres de Praga, las "minervistas" (por la institución que las unía y alentaba como seres creativos e iguales en todo a los hombres), apenas podía ser soportada por el padre, que debía vivir amargado por las historias que sobre ella se contaban.


Cuando Milena se compromete con Ernst Pollak, checo-alemán y judío, su padre cree morir. Todos sus intentos por romper el idilio fracasan. Ni siquiera que su hija quede embarazada y que él colabore en el aborto convence a Milena de romper con Pollak. El padre acepta finalmente el enlace, pero a cambio de que se muden a Viena, que desaparezcan de la estrecha Praga, que su vergüenza no sea pública, que no se los cruce por la calle. Una ruptura definitiva que no le fue permitida a Kafka y que arrojó a Milena en una pesadilla de difícil gestión. Las infidelidades y el abandono de Pollak la marcaron profundamente. Ella, con su fuerza y espíritu, trató de creer que era lo normal, que era el signo de los tiempos que las mujeres debían aceptar la vida bohemia de sus maridos y estos las de sus esposas. Claro que Pollack no fue tan permisivo con los escarceos de Milena ni con sus comportamientos extraños.


Milena vivía asfixiada. Trataba de escribir para periódicos checos y, poco a poco, se fue refugiando en la Literatura, quedando fascinada por la obra publicada de Kafka, en especial con La metamorfosis, uno de los libros que la atrajo por su profundidad emocional y con cuyo protagonista se sentía identificada. Se volcó en la traducción de sus obras, comenzando una relación epistolar por la que terminaría siendo mundialmente conocida, con escasos encuentros físicos que le dejaron una honda huella.


Pollack se reía de sus escritos y ella se empeñaba en lograr la independencia económica, pues creía que así su marido temería perderla y lucharía por ella. Nada de eso ocurrió. Pero como ella misma le confesó a Margarete, siempre tuvo debilidad por hombres débiles que terminaban por volverse contra ella cuando se sentían dependientes de su fortaleza, comprendiendo que había asumido el papel que les correspondía a ellos.


Por parte de su padre, Milena tenía dos tías que se dedicaban a la escritura, en especial una de ellas, Růžena Jesenská, que ganó cierto reconocimiento con literatura sentimental. En un principio, esto era objeto de burla por parte de la moderna Milena, pero, con el pasar de los años, llegó a reivindicar un mundo de sentimientos íntimos y femeninos en un tiempo en el que la Literatura aún estaba dominada por los hombres.


De Kafka le contó a Margarete que “nada me ha impresionado más en la vida que el leve atisbo de su interior. Era demasiado bueno para este mundo”. Y ese atisbo fue mayor que el de casi cualquier otro amigo o conocido del autor, puesto que este entregó a Milena sus Diarios, esa obra autoacusatoria en la que se desnudaba cada noche para luego despreciarse y solo ocasionalmente desvelar una parte de su grandeza. Tal vez gracias a esa generosa entrega y al cuidado que Milena puso en conservar aquellos cuadernos podemos hoy disfrutar o sufrir junto a Kafka con su pasar por la vida.


Milena le explicó a Margarete sus escasos encuentros con Kafka y su incapacidad para cualquier asunto práctico. Precisamente, lo que le había fascinado de Felice Bauer había sido que era hábil en los negocios. Milena se enamoró de Kafka, pero no logró dejar a Pollack, no había llegado su momento. Kafka enfermaría y, en todo caso, sus escasos momentos de intimidad siempre se verían acompañados por esa sombra alargada que él reservaba para sus relaciones con las mujeres que amaba. El ascetismo de Kafka no era una opción vital, era su único modo de enfrentar un mundo que se le representaba como un jeroglífico, una maraña incomprensible de relaciones, sobreentendidos y cuestiones para las que era totalmente ajeno.


Pero Milena logró finalmente independizarse de Pollack. Alquiló parte de sus habitaciones para poder mantenerse y se enamoró de uno de sus huéspedes, un antiguo aristócrata reconvertido al marxismo. Por amor, siguió sus ideas, viviendo una de sus épocas más felices, ganando autoestima y viéndose ya capaz de regresar a Praga, donde lo haría como una triunfadora, una periodista que ya comenzaba a ser conocida por sus artículos, que habían sido recopilados en un libro que Milena dedicó a su padre como símbolo de reconciliación.


Sin embargo, su éxito despertó los celos de su pareja, que finalmente la abandonó. Milena resistió con fuerza, se sentía invencible y se enamoró de un joven arquitecto, también comunista, que le dio su única hija, Jana Černá, con la que también sería feliz hasta que él terminó por marchar a un proyecto en la URSS, de donde volvió ya divorciado y desengañado con los logros del paraíso proletario. Se habían casado en 1927 y compartieron círculo intelectual, la élite bohemia praguense.


Margarete ilustra muchas de estas historias con textos extraídos de los artículos de Milena, gran parte de ellos con un alto componente autobiográfico. En ellos se nota progresivamente un mejor dominio literario. Junto a observaciones prosaicas se deslizan hermosas reflexiones llenas de lirismo y sensibilidad, un talento aún en construcción, pero con un inmenso potencial que solo Kafka parecía haber sido capaz de detectar en su embrionaria concepción.


Los problemas en el embarazo, derivados de un comportamiento algo imprudente, la llevaron al hospital, a la pérdida de movilidad de una rodilla y a una dependencia progresiva de la morfina que su padre le suministraba para arrancarle los intensos dolores. Y esto significó el ocaso social de Milena. Engordó, perdiendo parte de su lustre; su lirismo pasó a convertirse en acidez y, poco a poco, su obra dejó de reflejar asuntos sociales glamurosos para centrarse en aspectos más sombríos. Tal vez perdió fama e impacto, pero ganó sin duda en profundidad, alcanzó una hondura en la comprensión del dolor humano al que siempre había sido muy cercana. Sus coqueteos con el comunismo pasaron a mayores, ingresando en el Partido. Milena buscaba recuperar en el grupo, en un colectivo superior, la autoconfianza que parecía haber perdido junto a su lozanía y frescura. Pero las purgas de 1936 le hicieron perder la fe en el Partido. Sus ingresos, escasos por escribir tan solo en revistas comunistas de ínfima tirada, hubieron de ser complementados con alguna colaboración bajo seudónimo en una revista socialdemócrata.



Milena recuperó el amor gracias a uno de los encargos que le había hecho el Partido, vigilando a un enfermo sospechoso de tener ideas trotskistas. Y Milena se enamoró de él, de su bondad, de su indefensión, como siempre le ocurría con los hombres. Sus artículos pasaron a centrarse en la crónica política en un momento de enorme convulsión, con Hitler en el poder y tratando de ganar la región de los Sudetes para el Reich, sino toda Checoslovaquia, como terminaría por ocurrir ante el abandono de las potencias occidentales.


En sus crónicas refleja una perspicacia que parecía ajena a sus conciudadanos. Defendía que los checos no podían sostener el odio a lo alemán, que los alemanes del norte del país también sufrían la persecución de los nazis, que la unión debía buscarse entre los demócratas, alemanes o checos, porque de otro modo, como terminaría por ocurrir, se perdería a los demócratas alemanes para la causa checa echándolos a los brazos del partido nazi.


El antisemitismo se fue colando por todas partes, llegando incluso al gobierno de la nación. Y, como siempre, Milena se identificó con los perseguidos. Años después, cuando las leyes arias impusieron la obligación de portar una estrella amarilla a todos los judíos, ella se paseaba por las calles llevándola con orgullo como símbolo de apoyo y compromiso, aunque su ejemplo no fue seguido por los ciegos ciudadanos que creían estar al amparo del odio alemán.


Su obra periodística se volvió cada vez más madura y, a nivel literario, más compleja. Sabía conjugar la sencillez con la belleza, el uso preciso de las palabras con la calidez de la narración, una combinación que tantos escritores buscan y pocos consiguen.


En marzo de 1939, Alemania se hizo con el control de Checoslovaquia. Milena continuó escribiendo durante algunos meses, enfrentándose a constantes conflictos con los censores. Su casa se convirtió en un refugio para judíos y perseguidos políticos, y colaboró en diversos planes de huida hacia el exilio. A medida que la represión se intensificaba, su compromiso con la Resistencia se hizo cada vez más profundo, llegando incluso a involucrar a su hija en estas labores. Jana, que tomó valiosas lecciones de estas experiencias, más tarde destacó como escritora y fue una firme opositora a la ocupación soviética.


Poco después, Milena fue detenida. Tras pasar por diversas cárceles, acabó en el campo de concentración de Ravensbrück, donde falleció el 17 de mayo de 1944. Allí tuvo bajo su cuidado a varias enfermas, a las que protegía falsificando los análisis de sangre para evitar que recibieran la letal inyección o fueran asesinadas directamente, destino reservado para las enfermas graves.


Antes de morir, Milena le pidió a Margarete que escribiera su vida basándose en los recuerdos que le había confiado durante su tiempo juntas en el campo, pidiéndole que fuera su juez clemente. Margarete cumplió con creces el encargo, escribiendo una biografía llena de admiración y amor, pero también de honestidad. En ella, reflejó la fortaleza tanto de Milena como la propia, dos mujeres que vivieron tiempos tormentosos y que supieron alzarse como referentes para quienes las rodeaban. Ochenta años después de la muerte de Milena, su ejemplo sigue despertando admiración por su valentía y resistencia ante la adversidad.

 

 







13 de febrero de 2022

El orden del día (Eric Vuillard)



 

El 20 de febrero de 1933 amanece como un día cualquiera en el que los transeúntes recorren las calles de Berlín protegiéndose con sus pesados abrigos y sus bufandas de la intemperie. Es un día normal del que nadie conoce la trascendencia que tendrá lo que está a punto de ocurrir. Porque en breve tendrá lugar una reunión cuyo punto principal no está recogido en el orden del día. Porque, realmente, ningún hecho relevante está recogido en las actas o los discursos que se hacen públicos, en las solemnes declaraciones o en las ceremonias aireadas y promocionadas como hermosas coreografías.

 

No. Ni en 1933, ni en nuestros días, los hechos que nos afectan se recogen en el orden del día. Y éste es el mensaje que subyace en El orden del día (Eric Vuillard, publicado por la editorial Tusquets en 2018 y traducido por Javier Albiñana).

 

Pero no avancemos acontecimientos y volvamos al día elegido por el autor para ilustrar su planteamiento. En esa fecha, un grupo de veintisiete empresarios y financieros alemanes son convocados a una reunión en el Reichstag en la que Göring ejercerá de maestro de ceremonias. El plato fuerte es la presencia del recién elegido presidente del gobierno, Adolf Hitler. En su discurso, el canciller dibuja un paisaje esplendoroso para la nación alemana en el caso de que logre imponerse en las inminentes elecciones de una manera contundente. Libre de la amenaza interior, judía, comunista, o lo que se tercie, la patria podrá volver su cara a la política exterior y restaurar e incrementar la gloria patria a costa de naciones inferiores.

 

Pero nada se puede conseguir, ni siquiera por quienes se oponen al capitalismo burgués con tanta fiereza como al comunismo, sin el bombeo de la sangre monetaria necesaria para engrasar la maquinaria electoral capaz de imponer sus tesis a una mayoría de votantes.  

 

Sea por la oratoria, por la presión implícita en los estertores de la República de Weimar, sea por el inconfeso deseo de estos magnates de que alguien se haga cargo de la marcha de la economía poniendo en firme el país, alejando así la amenaza del comunismo acechante, estos magnates se rascan los bolsillos de sus gabanes de pieles exóticas y empujan la campaña del NSDAP.

No perdamos el tiempo en discutir si considerar esta transacción como una donación espléndida y voluntaria o como un pago indiferente, otro más en la larga cadena de extorsión y corrupción vista como inevitable por tan prácticos prohombres. El partido nazi afronta unas elecciones que serán el fin de un tiempo y el comienzo de otro que extenderá su negrura hasta doce años después y cuyo acto final tendrá lugar precisamente a pocos metros de donde ahora se encuentran reunidos, en un jardín, con un cadáver ardiendo entre olor a gasolina.

 

La obra se construye como una sucesión de escenas o viñetas a través de las que se van desgranando los acontecimientos históricos. La visita del tibio Lord Halifax a la Alemania nazi, invitado por Göring, con el que puede llegar a tener más cosas en común de las que hoy, visto lo que estaba a punto de suceder, estaríamos dispuestos a aceptar. Las negociaciones en Berghof entre el canciller austríaco Kurt Schuschnigg y Hitler por las que poco a poco Alemania ganaba la batalla por imponer su peso político en el gobierno de su vecino del Sur. Las presiones abiertas sobre el Presidente de la República de Austria para deponer a Schuschnigg en favor de un candidato pronazi, y así hasta la definitiva anexión, el 12 de marzo de 1938, el Anschluss.

 

También asistimos a la inocua cena burguesa que Chamberlain, el impulsor de la política de apaciguamiento con Alemania, el vencedor pírrico de los pactos de Múnich, da en honor de Ribbentrop al dejar su cargo como embajador nazi en el Reino Unido para ocupar el sillón de Ministro de Exteriores del Reich.

Veremos a algunos de estos personajes infames en los días posteriores al fin de la guerra, en los interrogatorios del proceso de Núremberg, despojados de su grandeza y sus ínfulas, del apoyo de quienes ahora se rebelan incrédulos ante la maldad que, tal vez por despreocupación o pereza, tal vez por ceguera voluntaria o incluso porque ahora han cambiado las tornas, se alejan de esas sombra de terror sanguinario y maldito, tratando así de borrar lo que se hizo o dejó de hacer.

 

Éste es el verdadero drama que nos relata Vuillard. Estos personajes de opereta, que son dibujados con trazos esperpénticos actúan como los bufones a los que otros alientan, alimentan sin medir los resultados. Los patéticos personajes que pueblan El orden del día, desde Göring a Chamberlain o Leon Blum son dibujados como ridículos peones de un juego en el que su papel no es sino la parte tragicómica de un drama a punto de desencadenarse en el que su ridiculez contrasta con la magnitud de la tragedia que, en su ineptitud, ayudan a desencadenar.

 

Los potentados de la reunión del 20 de febrero de 1933 no son sino el símbolo de todos aquellos a los que no les importa el curso de los acontecimientos, la guerra o la persecución, porque están por encima de ella. Porque no son sino la actual representación de unas estirpes que sobrevivirán a esta tormenta política y guerrera que ellos mismos ayudan a encender. Son los mismos que se enriquecerán con los fondos del Plan Marshall para la reconstrucción de Alemania. Destruir para construir y cobrar dos veces. Y para ello, se valen de toda esa corte de secundarios, imprescindibles para impulsar la trama, que creen ser los artífices de la Historia, pero que aquí se nos dibujan como cooperadores necesarios y ridículos

Porque, como explicita Vuillard, no son Karl, Albert, Gustav o Frederick, estos manipuladores del destino a golpe de talonario son solo máscaras de un poder atemporal que bajo esos nombres y apellidos se eterniza y que no suelen figurar en el orden del día.

 

Bajo esta tesis, un poco a lo Club Bilderberg, la novela se desarrolla con un tono que la coloca entre la no ficción, por su tono descriptivo, su pretensión de rigurosidad histórica, la total ausencia de personajes ficticios o cierto distanciamiento propio de un cirujano enfrentado a la autopsia del cadáver de la Europa de preguerra.

Y sin embargo, el mérito del autor es hacernos creer que estas páginas no son más que un informe histórico, una obra objetiva. Pero lo que realmente leemos es, por encima de todo, literatura. El mayor mérito del autor es que al caricaturizar sus personajes hasta el extremo pero hacerlo desde la posición de un frío relator de hechos, nos vende su ficción a precio de realidad histórica.

 

 

 

Porque Schuschnigg no es el personaje temeroso y cándido que se mete en la boca del lobo tal y como nos quiere hacer creer. Nada se dice de todos sus esfuerzos por lograr el apoyo de otras potencias y de cómo tiene que recurrir a implorar a Alemania no ser invadida por el abandono de aquéllas. Porque es fácil juzgar a Chamberlain como el pusilánime que no quiso parar los pies a Hitler, sabiendo como sabemos lo que pasó después, dando lecciones sobre cómo habría debido de ser más beligerante, amenazador, haber llegado incluso a la guerra antes de que ésta fuera aún mayor, de que fuera el horror que hoy conocemos que fue. Pero al tiempo aseveraremos que la Primera Guerra Mundial fue el fruto de la belicosidad de las naciones, del intento de frenarse unas a otras.   

 

Y todos esos matices históricos no son ajenos a Vuillard. Los conoce bien, pero los obvia, porque realmente no quiere levantar acta de unos hechos, solo de una tesis que toma como ejemplo un momento histórico y, por tanto cuya validez no se circunscribe a la veracidad histórica de éste. Vuillard quiere crear Literatura, y lo consigue de una manera brillante. Logra involucrar al lector en su itinerario de aquellos años locos, convencerle de cuanto cuenta por ese estilo frío y aséptico. Y logra engatusarnos retorciendo según le conviene la realidad y los personajes que la pueblan, igual que hace cualquier otro gran autor creando personajes y desarrollando tramas a su gusto y antojo.

Por eso, El orden del día se lee con gusto por quienes aman la historia, pero también por los que disfrutan de un relato de intriga y por los que se emocionan con los retratos psicológicos. Porque de todo esto tiene un poco El orden del día y porque, como pone de manifiesto la realidad de estos días, no hay nada como la soberbia de juzgar el pasado para revelarse como un inepto a la hora de vaticinar el futuro.