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15 de abril de 2026

La roja insignia del valor (Stephen Crane)

 


Leí por primera vez La roja insignia del valor con unos 10 años por el único motivo de que me encantó la portada de la edición de Tus libros de Anaya, motivo más que suficiente a esa edad. Unos soldados yanquis con sus uniformes azules contra un fondo rojo fueron suficiente. No entendí nada. Tiempo después, ya adolescente volví a leer el libro y apenas tengo recuerdo. Sí que lo entendí de mejor manera pero algo de la historia me quedó vedado.


Pero después de haber estado sumergido durante dos semanas en la lectura de La llama inmortal de Stephen Crane, de Paul Auster, no he tenido más remedio que volver a este título, sin duda el más recordado de este autor que se terminará precipitando en el olvido a salvo de que el intento de Auster tenga éxito.


Es en esta tercera lectura cuando he logrado sacar el mayor partido al libro, sin duda por el magno empeño de Auster que ha sabido poner contexto y destacar los méritos literarios de este escritor que alcanzó el éxito con veinticuatro años y que poco después moriría sin haber logrado revalidarlo.


La roja insignia del valor, título también traducido en ocasiones como El rojo emblema del valor, nos narra la historia de una refriega de un par de días dentro del conflicto de la Guerra de Secesión americana, conflicto que había tenido lugar antes del nacimiento de Stephen Crane pero del que pudo tener noticias directas gracias a conversaciones con familiares y amigos veteranos.


El protagonista es un joven al que solo ocasionalmente  veremos citado por su nombre (Henry Flemming), igual que ocurre con la mayoría del resto de personajes, como el soldado alto, el vocinglero o el andrajoso. Este joven, henchido de ideales e imágenes de gestas heróicas, se ha alistado en contra de la voluntad de su madre, que debe mantener la granja por sí misma al haber fallecido su marido tiempo atrás. Pero el joven descubre que el ejército es, en gran medida, marchar, practicar tiro, dormitar, acampar y poco más, nada a la altura de sus expectativas. El tiempo libre es su mayor problema, el de todos los novatos del regimiento. Las dudas sobre el valor que mostrarán al iniciarse el combate consumen al joven. Por momentos cree poder arrastrar a sus compañeros a gestas gloriosas, pero en ocasiones, duda sobre si huirá como un conejo.


Y el combate llega; apenas una refriega, un mero intercambio de disparos, y el joven aguanta el tipo, más por curiosidad que por valor, pero cuando el choque se recrudece, termina por huir junto a otros tantos. El joven reformula su relato, en realidad no ha huido por cobardía sino por la estupidez de los mandos, ha sido prudente, los que han aguantado no han sido valientes sino cretinos. En su pasear por los campos, escondiéndose de enemigos y amigos, se encuentra con una columna de heridos entre la que camina el soldado alto que ha sido gravemente herido. Su muerte horroriza al joven que se consume por los remordimientos, la culpa y la vergüenza ante todos los hombres que llevan con orgullo la prueba de su valor, sus heridas sangrantes, ese rojo emblema del valor, esa insignia más meritoria que los kilos de medallas que lucen los generales a caballo.

 


 Cae en otra refriega y es herido pese a todo, en la confusión retorna al regimiento donde ese acogido y su herida cubre la vergüenza. En la jornada siguiente deberá dar prueba de si está a la altura de esa enseña del valor o si ha de ser cubierta por el oprobio y la burla.


En esta novela, breve por demás, la economía de palabras es una marca de distinción. Apenas hay pasajes prescindibles, incluso las escasas descripciones del paisaje sirven para acompañarnos en el descubrimiento del espíritu tan cambiante del joven soldado. Pero hay muchas más cosas loables en la novela.


Como ya dijimos, apenas hay nombres, solo apelativos descriptivos, alto, andrajoso, lo que aplica también a nuestro protagonista. Pero es que es un recurso que sirve para despersonalizar a los personajes. El regimiento en ocasiones se muestra como un todo orgánico. Nadie puede sobrevivir fuera de él, de la comunión de los hombres, una solidaridad que en ocasiones es más fuerte que la lealtad a la patria o a las soflamas de los oficiales. El regimiento sufre, aúlla, corre, suda y teme, como un ente propio que subsume a todos sus componentes. Pero, en otras ocasiones, Crane sabe romper este hechizo y posar la vista en el joven, en sus diatribas mentales, sus contradicciones e idas y venidas, en el individuo como un peón dentro de un enorme juego del que no es sino una ínforme porción. Sin embargo, en ese regimiento, el joven no logra hallar el eco de sus propios temores. Indaga si otros temen no mostrarse valientes en el combate, pero nadie habla directamente sobre este tema, tal vez todos lo tengan en mientes, pero el temor es un fantasma de soledad que te abraza incluso rodeado de otros hombres.  


En suma, la guerra es retratada como lo que es, un batiburrillo en el que el individuo no es sino parte de un gigante tablero, en el que apenas puede concebir cuál es su función. Cree estar ganando la batalla cuando el frente se hunde a su alrededor, ve la muerte de sus compañeros mientras el éxito ciega a los superiores, avanza, se embosca, retrocede, ve pasar a los francotiradores a su lado mientras caen balas de cañón sin saber si son amigas o enemigas. Un caos que la novela refleja perfectamente en las idas y venidas del joven que tan pronto está en la retaguardia huyendo de las posiciones avanzadas, como se encuentra en primera línea nuevamente, sacudido por la refriega más violenta.


Y este caos es acompañado por la actitud de los protagonistas. Ninguno parece dotado para la grandeza y el heroísmo. Los gritos y la sangre todo lo manchan, los insultos entre veteranos y novatos, las malas formas y violencia de los mandos, las palabras más soeces y los juicios más ramplones se entremezclan con la muerte y el sufrimiento, también con la entrega desinteresada, el ánimo al compañero en dificultades, el odio al enemigo.  


Este lenguaje naturalista sorprende en una época en la que todavía la guerra mantenía su halo de mística épica. No olvidemos que aún en la Primera Guerra Mundial los civiles se alistaban creyendo que acudían a su cita con la Historia y no a un matadero. Por contra, Crane, que aún no había visto ninguna batalla, tuvo la suficiente clarividencia para ver el fin del individuo en esa máquina de picar carne que eran los ejércitos modernos.


Por otro lado, centrar la acción no tanto en los grandes hechos bélicos como la batalla de Gettysburg, es otro gran acierto, un pequeño escenario para desplegar el verdadero nudo de la trama, el incesante discurrir del joven Henry, sobre su valor, el sentido de la lucha, la cobardía, el probarse a sí mismo, la lealtad, el sentido del amor filial, cuestiones todas ellas sobre las que debate consigo mismo de manera larga y creíble.


En esta ocasión he recurrido a la edición de Austral con la maravillosa traducción de Jesús Zulaika y creo que finalmente he logrado diseccionar el alma del joven soldado, compartido sus dudas y temores de los que todos podemos hacernos partícipes en algún momento de nuestras vidas aunque no esté en juego el recibir una bala del enemigo, pero sí los lances de la vida y las pruebas a que nos somete. A ello ayuda el que el enemigo no sea nunca claramente identificado. Henry solo puede visualizarlo como la mancha gris que se mueve ante sus ojos confundido entre el humo de los rifles. Solo un soldado muerto o unos pocos prisioneros al final del libro toman realidad corpórea, por tanto, ese enemigo es tan irreal como los castillos de La Mancha y a todos nos aplican.    


Uno entiende ahora mejor el sentido del dolor de la madre contrariada por la decisión de su hijo y el desafío que le lanza al llamarle "pequeño" y asegurarle que nunca le faltaran unos buenos calcetines zurcidos adecuadamente. También sentimos el oprobio de los novatos cuando son objeto de la burla de los veteranos, ya se sabe, nosotros sí que nos hemos tenido que esforzar, esta nueva generación con la que las levas llenan el ejército no son más que una pandilla de haraganes incompetentes, cómo ganar así una guerra, cómo levantar una empresa, un país, si estos jóvenes no valen para nada. Y estos desprecios tal vez hacen mella en la moral del regimiento, pero también le sirven de acicate para sobreponerse, para mostrarse a sí mismo y a los demás su valía y valor. Por desgracia, para todos, el regimiento y nosotros, este valor se acostumbra a acreditar mediante esa roja insignia, los golpes y baqueteos que recibimos por doquier, que nos hacen tambalear hasta encontrar nuestro momento y sentido. Un largo camino del despertar, similar al que recorre el joven.

 

Similar también al que tuvo que recorrer Stephen Crane, siempre al borde de la bancarrota, siempre presuroso en la escritura para pagar deudas sin por ello renunciar a una gran calidad literaria. Porque La roja insignia del valor nació tras el fracaso comercial de su primera novela, Maggie, una chica de la calle, libro que tuvo que autopublicar. Tras su fracaso, optó por lo que hoy llamamos trabajo alimenticio y que, en el caso de Crane, realmente tuvo esa función literalmente. Por fortuna, la inspiración y un enorme talento le alejaron de los caminos hollados por otros muchos y nos regaló un texto, éste sí, como diría Auster, inmortal.



10 de junio de 2025

Fahrenheit 451 (Ray Bradbury)

 


¿Y si el futuro no fuera un lugar de oscuridad, sino de luces brillantes que ciegan? En Fahrenheit 451, Ray Bradbury imaginó una sociedad feliz, veloz y entretenida donde pensar es subversivo y leer, un crimen. Un mundo en el que los bomberos prenden fuego a los libros y nadie se pregunta por qué. Al releer esta distopía en 2024, lo inquietante no es su exageración, sino lo cerca que estamos ya. 

 

Fahrenheit 451 es la temperatura a la que combustiona el papel, dato científico  que conoce bien Guy Montag, el bombero protagonista de la distopía escrita por Ray Bradbury en 1953. Y lo sabe bien porque lleva esa cifra, esos 451 grados en el escudo de su casco, un recordatorio de cuál es la función de un bombero en un tiempo en el que las casas son incombustibles y la misión de los apagafuegos ha pasado a ser la de prenderlos, rociar de queroseno los libros y quemarlos hasta reducirlos a cenizas y quemar seguidamente esas cenizas para asegurarse de la total destrucción de la palabra escrita.


¿Cómo hemos llegado a esta situación? Es fácil, el gobierno busca la felicidad de sus súbditos y, por tanto, interpreta qué es lo que trae la misma a la vida. El Estado provee diversión adecuada, provee de trabajos y provee de todo cuanto uno puede necesitar. Las casas son incombustibles, las paredes de las habitaciones son pantallas, podemos ser los protagonistas de las telenovelas que vemos, podemos escuchar buena música elegida por un burócrata en una especie de auriculares, viajamos en cómodos y asépticos trenes neumáticos, como el correo en la Europa central de entreguerras.


Ya no hace falta que uno piense, que alguien se tome molestias en hacer lo que otros han decidido por él. Las clases son simple visionado de videos, hay parques para destrozar cosas porque la violencia no ha sido totalmente suprimida y hay que dejarla salir, incluso la velocidad sirve como válvula de escape y los conductores aceleran de manera inverosímil, sus modernos coches, de modo que las vallas publicitarias han de alargarse cientos de metros para que puedan seguir siendo vistas a tal velocidad. La hierba, el pequeño brote ha desaparecido, no ha hecho falta extirparla, simplemente la velocidad reduce la vegetación a una mancha verde, nadie se toma la molestia de andar, para qué ir a cualquier lugar con esfuerzo y lentitud. Tampoco nadie se toma la molestia de hablar con su vecino, con su familia, de qué hablar, todo lo sabemos ya, es decir, nada sabemos. Los arquitectos, al servicio de esta nueva era han suprimido de sus proyectos las terrazas, los porches, los lugares que inviten a la reunión y la conversación.


Y menos que nada, quién necesita leer, envenenar sus pensamientos con los pensamientos del pasado, la más de las veces ideas peligrosas, que pervierten las mentes del nuevo mundo. Nadie necesita hacerse preguntas, sembrar dudas. Los libros comienzan a verse con desconfianza. y poco a poco van siendo aparcados. Se hacen versiones reducidas, se condensan los argumentos de los clásicos, se achata su extensión, para qué leer Crimen y Castigo si en una única página se puede concretar su argumento. Y es éste el paso previo al desprecio del esfuerzo como camino del deleite, la antesala a la prohibición de los libros por nuestro bien.


Bradbury cuenta en el postfacio de esta novela que la idea surgió cuando fue detenido por un policía que consideró sospechoso que se paseara por la calle charlando con un colega. Nadie pasea en Los Ángeles, una actitud bien sospechosa. Esta anécdota y el trasfondo del comienzo de la caza de brujas y la fuerte autocensura que se extendía por todos los medios americanos, periodísticos, cinematográficos, literarios, era un sordo aviso.


Es este contexto de Guerra fría el que también se trasluce en la novela con referencias a las bombas nucleares y a una guerra en contra del mundo; nosotros vivimos con las despensas llenas a costa del resto de la Humanidad que muere de hambre, una guerra aséptica, que solo se intuye por los bombarderos que sobrevuelan la ciudad constantemente y porque algunos hombres son llamados a filas y tal vez nunca vuelven, pero tampoco nadie debe hacerse preguntas.


Y aunque,al leer esta novela en 2024 no he podido obviar esta evidente referencia al tiempo en que fue escrita, no he podido dejar de hacer un constante paralelismo con nuestros días extraños, un tiempo en el que podemos tomar un discurso de Obama y cambiar la voz para que sea la de Putin, crear imágenes de la nada, ver al Papa bailar un tango o generar una canción sugiriendo sin más el estilo y escribiendo una letra. Un tiempo en el que los niños dejan de tener libros en la escuela y se aprende viendo videos, en el que la lectura retrocede ante otros medios de entretenimiento como las series o el omnipresente fútbol. Tiempo en el que la velocidad y la juventud son valores superiores y en el que lo que se espera es diversión, todo ha de ser gracioso, luminoso, agradable, ningún sentimiento melancólico es bien visto, nos aleja de nuestra mejor versión, ya se sabe. Hablamos de salir de nuestra zona de confort cuando nunca hemos estado más sepultados en ella, cuando esto significa hacer una sesión de crossfit con otra panda de gilipollas con los que solo podemos hablar de nuestra dieta o del programa de entrevistas en el que todos se rien y nadie entrevista.


Y es leyendo el libro cuando me sorprendo de que aún nadie haya escrito una especie de secuela o de actualización sobre un mundo en el que ya nadie sepa nada, para qué. Todo se puede preguntar a la inteligencia artificial, no es necesario saber multiplicar, memorizar hechos, ideas, todo se puede preguntar. Pero…, la respuesta que llega a una cabeza hueca, ¿puede ser interpretada correctamente? ¿Cómo se llena el vacío de contexto¿ Y, peor aún, si no sé nada, si me puedo entretener como un cretino con estúpidos divertimentos que alguien ha preparado para mí, ¿realmente querré saber algo? ¿Existirá aún la curiosidad?¿Qué sentido tendrá? Ninguno probablemente.



Y en ese terrible contexto, claramente el conocimiento acumulado, ¿dónde estará?¿En la nube? Tal vez no, es preferible tener los sesos vacíos a disposición de quien quiera vendernos sus productos, sus servicios, y así los libros pasarán a ser un artículo subversivo, a ellos llegarán quienes quieran contrastar la verdad con que nos alimentan, confirmar intuiciones o rebatir las verdades oficiales, los libros, los antiguos, no los digitales, manipulables, las wikipedias, los libros antiguos, el conocimiento que nos trajo hasta aquí. Creo que es un hermoso argumento para una novela distópica, no para una futura realidad.


Porque ese mundo perfecto, feliz que diría Huxley, tiene sus quiebras, incluso para que un bombero quemador de libros termine planteándose qué es realmente su trabajo, a qué fines sirve, qué es lo que debe quemar con tanta saña. Una niña, Clarisse, que vive en su vecindario, una niña rara, anormal diría él al principio, preocupada por un diente de león, le abre una pequeña mirilla. También una conversación con Fabel, un viejo antiguo profesor le expresa la verdad de un mundo que Montag no ha conocido, le habla de quienes se refugian en las espesuras del bosque, de aquellos que memorizan los libros para garantizar que el conocimiento que atesoran  no desaparezca. Y el bombero deberá tomar decisiones complicadas porque no es fácil nadar contracorriente, no es sencillo interrogarse, juzgar el propio pasado y decidir tomar las riendas  del futuro.


Bradbury lleva a cabo un trabajo excepcional. En momentos la novela se convierte en un frenético thriller, en otros momentos se torna de un lirismo profundo, de increíble belleza como en algunas conversaciones entre Fabel y Montag. Así, a Montag le late el libro que esconde en su chaqueta como un corazón o el modo en que las cosas aúllan, o gimen. Unas metáfora sugerentes y poco habituales, sorprendentes. También resulta, ya se ha dicho, tremendamente actual en cuanto a su planteamiento y argumento. Por desgracia, la realidad se acerca a gran velocidad a la distopía. Y cada lector debe elegir entre ser Montag, Mildred, su esposa narcotizada por el sistema, la niña extraña, el viejo profesor o Beatty, el jefe de bomberos, otro personaje peculiar, del que nunca se sabe muy bien qué quiere, de parte de quién está.  


La edición que he empleado es la de Minotauro, con traducción de Francisco Abelenda, y viene acompañada de dos relatos, que sin duda son muy interesantes pero no llegan a la altura del título principal. Todo un descubrimiento de una obra de la que, pese a conocer el argumento muy someramente, nunca me había sentido atraído. Error.

 

 

6 de junio de 2023

Los Terranautas (T. C. Boyle)



 

En 1994, en el desierto de Arizona, un millonario visionario, Jeremiah Reed, financia la construcción de una superestructura denominada Ecosphere 2, para replicar de algún modo la vida en la Tierra. Se trata de crear un entorno biológico lo más completo posible y estudiar cómo evoluciona la vida, qué especies son compatibles entre sí, cuáles pueden evolucionar de un modo diferente, qué nivel de oxígeno pueden tolerar los arrecifes, ... pero, por encima de todo, la mayor de las especies, el hombre, cómo se relaciona con sus congéneres, cómo se ven afectados en sus hábitos sociales, mentales o físicos por la reclusión y la continua exposición de su intimidad.

 

A nadie se le escapa que todos estos estudios pueden aportar información muy relevante, por ello, las personas escogidas para entrar, son científicos capaces de estudiar, investigar y rentabilizar de algún modo la inversión. Sin embargo, el objetivo último es tratar de obtener información para una posible vida más allá de la Tierra, es el comienzo de una nueva era, la semilla de la vida extraterrestre en previsión de un desastre nuclear, climático, de un asteroide desorientado, de una tormenta solar.

 

Los Terranautas (Ed. Impedimenta, con traducción de Ce Santiago) nos cuenta la historia de la Ecosphere 2, la segunda tanda del experimento tras un final algo abrupto de la primera ronda. Y comenzamos por el mismísimo día en que la junta directiva hace la selección de los ocho elegidos, cuatro hombres, cuatro mujeres, para encerrarse en ese pequeño mundo a medida durante dos años. Dos de ellos nos contarán la historia desde dentro, una de las excluidas nos dará su visión desde el exterior.

 

Dawn Chapman es una rubia joven, atractiva, cuya misión es encargarse de la agricultura en la Ecosphere. Aunque deja un novio fuera, pronto comienza a sentir atracción por un compañero, otro galán que parece jugar a todas las bandas, una persona, que como tantas otras en la vida, parecen hacer depender su autoestima del efecto que causan en otros. Ramsay Roothoorp es ese otro joven atractivo, seguro de sí mismo, que, en ocasiones, da la impresión de considerar la Ecosphere como un coto cerrado en el que sus víctimas no pueden escapar, donde antes o después, pondrá sus ojos en sus cuatro compañeras.

 

 

 

Pero el contrapunto ideal es Linda Ryu, una joven de origen oriental que en la fase previa a la entrada, realiza las mismas funciones que Dawn y que, por tanto, sabe que si ella es elegida, Dawn será excluida, y viceversa.  De ahí que la noticia de la selección de Dawn creará una brecha insalvable entre Ambas. Judy quedará relegada a la Misión de Control, los encargados de monitorizar todos los aspectos de la vida dentro de la Ecosphera. Desde ahí nos ofrecerá una visión, mezcla de sus sentimientos encontrados, de su objetividad, pero siempre afilados y algo crueles.

 

 

Porque ésta es la estructura de la novela. Los capítulos se nombran en función de cada uno de estos tres protagonistas y en ellos nos ofrecen su particular narración y visión de lo que acontece. Y así, el lector ha de hacerse con la idea real de lo que ocurre ahí dentro sobre la base de estas tres visiones parciales. Y es una perspectiva interesante. Cada uno interpreta los hechos de una manera, cada personaje ofrecerá su particular versión, y de ahí debe extraerse una verdad más o menos objetiva, un ejercicio que presupone la complicidad del lector, su implicación en el proceso.

 

Pero poco de esto ocurre. Sorprendentemente, T. C. Boyle, dotado magistralmente para un lenguaje abigarrado, barroco, lleno de humor y energía, de riqueza apabullante, en esta ocasión, en boca de sus personajes, se torna rutinario, sin matices, tedioso en ocasiones, irrelevante en otras. Triplicar la voz narrativa no sirve para enriquecer la obra ya que uno apenas puede distinguir si el capítulo que lee corresponde a Dawn, Ramsay o Judy por su modo de hablar, su pensamiento. De este modo, la complicidad que decía que debía presumirse en el lector, se desvanece poco a poco en el desencanto de tener que leer por triplicado anécdotas que poco aportan a una tesis de conjunto que tampoco termina de tenerse muy a la vista.

 

Si T. C. Boyle quería escribir una fábula con tintes futuristas, no lo logra al desviar pronto la trama a la relación y conexión entre los personajes, especialmente dentro de la Ecosphere 2. Si lo que pretendía era tratar precisamente cómo nos relacionamos y evolucionamos en una vida conjunta forzada y artificial, qué dinámicas se crean en esos entornos, al modo de El Señor de las moscas, referencia explicitada en el propio texto, tampoco logra su objetivo y los personajes parecen más bien presa del síndrome de Gran Hermano y su zafiedad insulsa. El posible juego que la Misión de Control podía ofrecer a modo de dioses del pequeño grupo encerrado en la estructura no es más que esbozado, tampoco la posible ideología del millonario excéntrico ofrece juego a la historia. Los personajes no logran generar empatía, la trama no avanza sino a golpe de ocurrencias que parecen traídas más por el azar que por un plan preconcebido. En suma, una pequeña decepción, tal vez agravada por la extensión excesiva de la novela.   

 

En algún lugar he leído que la fecha de su publicación en España (2019) venía de perlas con el momento que se vivía, los confinamientos pandémicos. Sin embargo, afortunadamente, poco tiene que ver la realidad vivida con lo aquí fabulado. Sin duda, una referencia más comercial que real. Confiemos en que el talento de T. C. Boyle vuelva a reencontrarse consigo mismo, con su verdadero estilo y su buen saber hacer.



 

29 de enero de 2022

Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain)

 


 

Releer es uno de los mayores placeres. A diferencia de lo que muchos puedan pensar, volver a pasar por páginas ya conocidas, poder anticipar lo que va a ocurrir, conocer el final, no resta un ápice de interés a la lectura, sino que nos libera de esa incertidumbre de quien va abriendo caminos, aventurando hipótesis sobre el curso futuro de la trama que luego resultarán mayoritariamente erradas, todos sabemos que un autor es un pérfido urdidor de trampantojos. Todo lo contrario, liberados de esa inocencia, conociendo los trucos argumentales, familiarizados con la historia, con el juego de los personajes, podemos concentrarnos en la esencia de la novela, regodearnos en su ritmo y estilo, en sus pistas falsas sin temor a confundirnos. Por ello, insisto, releer es uno de los mayores placeres.


En esta ocasión, le ha tocado el turno a Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, en la edición de Anaya con traducción de Antonio Ferres. Y recuerdo aún la primera vez que leí este libro, en una edición distinta, algo menos cuidada y cuyas páginas quedaron despanzurradas antes de que acabara la lectura, pero de la que disfruté enormemente. Por alguna razón, el libro previo, Las aventuras de Tom Sawyer, me había resultado algo tedioso, cosas de la edad, así que no me atreví con esta supuesta secuela hasta entrados largamente mis veinte. Y como digo, la frescura del libro, su tratamiento deshinibido de temas como la esclavitud, la brutalidad del mundo adulto o la franqueza del lenguaje de los protagonistas, me sorprendieron.


Y es ahora, al volver sobre la obra, cuando me siento más capaz de reconocer la fuerza vital que recorre sus páginas, la veracidad que emerge de sus personajes y la locura salvaje que habita en sus, a veces, laberínticos y enloquecidos enredos. Es en esta segunda lectura cuando puedo disfrutar sin distracciones del endiablado ritmo que tiene, en especial, el comienzo de la obra, con sus breves oraciones, sus descripciones mínimas para definir a cada personaje en boca de Huck o la certeza de que cada frase aporta una idea concreta, útil para el avance y desarrollo del argumento, ajenas totalmente a la retórica tan propia de autores contemporáneos de Mark Twain.


Porque, sin duda, ésta es la obra maestra de su autor, como él mismo reconocía, su mayor y mejor logro. En sus páginas, como ocurre en todas las grandes obras, mezcla sus propias experiencias como piloto de vapores por el Mississippi lo, con su fértil imaginación y sus opiniones críticas sobre la vida en el Sur en los tiempos previos a la Guerra de Secesión, la mojigatería religiosa de la época, o los vicios e iniquidades del mundo regido por los adultos.


Huckleberry es un mozo que se ha enriquecido al descubrir un tesoro, según se cuenta en Las aventuras de Tom Sawyer, y al no tener un padre decente que pueda hacerse cargo de su educación y tutela, el dinero es consignado bajo la vigilancia del juez local mientras que Huck es entregado a una viuda para su cuidado y educación. En este ambiente opresor Huck quiere morir. Hasta ese momento su vida ha discurrido libre de ataduras sociales, como un seminómada, mal vestido y peor educado, está acostumbrado a la libertad como pocos y se resistirá a todo esfuerzo de domesticación. Por eso, no es de extrañar que termine por huir, también atemorizado por su padre, que sigue rondando por su vida, amenazándole si no le entrega todo el dinero para gastarlo en una continua borrachera.


Huck huye y en su escapada se encuentra con Jim, esclavo de su anciana cuidadora que también ha dejado la casa al conocer que iba a ser vendido para servir en una plantación del Sur más profundo, con un régimen de vida brutal, sometido a un trabajo extenuante y continuos castigos físicos. Sus aventuras por el gran río forman el armazón de la novela y forjan un dúo protagonista parejo en algunos aspectos a otros dúos famosos de la literatura como don Quijote y Sancho Panza. En otros aspectos se asemeja a Los papeles póstumos del Club Pickwick al consistir parte del argumento en cuanto surge alrededor del camino de los dos protagonistas, poniendo de manifiesto la ruindad y bajeza de muchos de los compañeros de viaje que deben hacer a su pesar o de los violentos vecinos de los pueblos a orillas del río.  

 


 

La obra fue publicada en 1884 aunque está ambientada en un tiempo anterior a la Guerra de Secesión americana de 1861. En el momento de su publicación, recibió notables críticas por la rudeza de su lenguaje, uno de los rasgos del libro que más enorgullecía a Mark Twain, así como por el retrato que se hacía del fugitivo Jim, un negro mejor que la mayoría de blancos con los que se topan, más noble y cabal, el mejor compañero de viaje para Huck que se pudiera buscar. Pero el libro no es una obra maniquea, Huck se debate entre la solidaridad con Jim a quien le debe parte del éxito de su huida, y su convencimiento moral de que su deber es denunciarlo como fugitivo y entregarle a cualquier hombre blanco. También le vemos luchando contra su propio racismo, sorprendiéndose de la hondura de los sentimientos de un negro. Por tanto, la obra también puede ser vista como la narración del proceso por el que Huckleberry asume la igualdad moral entre blancos y negros como una dura conquista a la que tarda en llegar y solo lo hace tras la larga convivencia con Jim y las innumerables pruebas de lealtad y rectitud moral que éste le pone de manifiesto.


Pero, todo esto que causó escándalo en su época por atentar contra los convencimientos íntimos del americano medio recién salido del trauma de la guerra civil, es lo que también causa rechazo en nuestros días por atentar contra otro tipo de mojigatería que ha impuesto su censura contra Las aventuras de Huckleberry Finn, no considerándolo apropiado para promover su lectura en los centros educativos estadounidenses, privando así a sus jóvenes de la posibilidad de entender mejor su país, sus contradicciones y su proceso de  construcción y, por encima de todo, reduciéndoles a la estúpida condición de seres incapaces de entender e interpretar una obra, mejor que lo haga el Gran Hermano por todos nosotros.


Creo que cualquier lector que llegue al final de la novela, al capítulo en el que se describe el sueño que tiene Huck sobre el futuro que aguarda a Jim, creerá ver la génesis del discurso del Doctor King y no tendrá dudas de cuál es la verdadera naturaleza moral de este libro y de cuáles son sus méritos en este controvertido aspecto. Pero en lo que aquí respecta, esto es, en cuanto a su calidad literaria, su capacidad para emocionar, para construir un relato verídico y ameno, no se tenga ninguna duda. Este libro, junto a otros cuantos precursores, abre esa corriente de realismo americano que tanto ha influido en la literatura universal del siglo pasado y que aún extiende su poderosa influencia. Solo por eso deberíamos desempolvar nuestros ejemplares infantiles de la obra, darles vida nuevamente para recibir más de lo que esperamos y restituirlos al lugar verdadero que merecen.

 

 

 

26 de octubre de 2014

Una temporada para silbar (Ivan Doig)





En nuestros días se debate la conveniencia (o no) de una educación separada por sexos, por capacidad individual, incluso por religión u origen cultural/racial. El objetivo pretende ser una enseñanza adaptada a cada niño, rehuyendo una instrucción idéntica para quienes no lo son. Por supuesto, esto no impide que las posiciones de partida sean ideológicas y el debate discurra en busca de un respaldo con apariencia objetiva para cada postura.

Pero olvidamos que durante muchos años y en muchos lugares, no hasta hace demasiado tiempo también en gran parte de España, la escuela unitaria era la prevalente. Una escuela en la que un único maestro dividía su tiempo y atención entre alumnos que aprendían las primeras letras y alumnos que practicaban los rudimentos de la trigonometría. Poco espacio y tiempo tenía este maestro para discernir sobre el modelo educativo a seguir.

Es precisamente éste el escenario en el que se desarrolla Una temporada para silbar (Ed. Libros del Asteroide,2011, traducción de Juan Tafur). Una escuela unitaria de comienzos del siglo XX en un recóndito asentamiento de Montana al que han llegado recientemente colonos atraídos por promesas de un mejor destino que el tiempo está revelando como excesivas en el mejor de los casos.

A esta escuela asisten los tres hermanos Milliron. Su madre falleció hace casi un año y Oliver, su padre, renunciando a su empeño por sacar adelante a la familia con sus solas fuerzas, acaba de contratar los servicios de un ama de llaves procedente de de Chicago, Rose Llewellyn, a través de un anuncio en un periódico. .

Rose es una mujer muy peculiar. Su energía es inagotable y pronto pone orden en el caos de la casa de Marias Coulee. Su garbo y energía no solo devolverán el esplendor a los suelos y cortinas de la vivienda sino que alegrará la vida de los cuatro hombres que la habitan cohesionando a la familia y ganándose la confianza y aprecio de todos.

Pero toda cara tiene su cruz y ésta lleva por nombre Morris, el hermano de Rose, que ha llegado junto a ella sin oficio conocido más allá de una remota referencia a un negocio familiar de guantes. Su atildamiento, vocabulario, vestuario y el modo teórico en que afronta los problemas prácticos parecen lo menos apropiado para el rudo entorno de un poblado de pioneros.

La oportunidad para desarrollar su verdadera vocación llegará cuando la maestra titular de la escuela se fugue con un predicador y él ocupe la vacante a falta de otro candidato mejor que supla el repentino vacío.

Es en este momento cuando la novela alcanza el nudo que desarrollará en las sucesivas páginas, el proceso formativo de los jóvenes, en especial de Paul Milliron, el mayor, espoleados por los métodos heterodoxos de Morris.

Diversos acontecimientos irán marcando la vida en la pequeña escuela. Los conflictos entre los alumnos, las riñas infantiles y las agresiones más peligrosas rivalizarán con la siempre presente amenaza de algún padre poco proclive al sistema educativo o la más imprecisa amenaza de la visita del inspector.


Este último punto no deja de ser relevante toda vez que Paul Milliron terminará ocupando el puesto de supervisor de educación de Montana. Será en el ejercicio de su función cuando, muchos años después, regrese por Marias Coulee y rememore lo vivido en aquel tiempo unido por siempre al silbido alegre de Rose y al talento docente de Morris.

Narrada en primera persona, Paul evocará con un deje melancólico la felicidad de aquellos días sin perder por ello la perspectiva ni evitar los numerosos puntos negros que marcan, igual que los luminosos, el proceso de maduración que inevitablemente llega a todo niño.

Una temporada para silbar es una hermosa narración que se mueve entre lo poético y lo rudo. Una novela de iniciación, de pioneros y tiempos heroicos dulcificados por el apoyo familiar y la fuerte solidaridad de una comunidad cohesionada en torno a la escuela, único referente y vínculo entre los colonos y por la que dejan a un lado las rencillas propias de granjeros.

Los personajes de la novela son, sin duda, el mayor de sus atractivos. Acompañamos a Paul en su proceso de formación y crecimiento, pero también nos identificamos con su padre, Oliver, en su esfuerzo por asegurar un mejor futuro para sus hijos mediante su esfuerzo y, fundamente, su ejemplo. Admiramos la habilidad de Morris para la docencia y el modo en que los pequeños compañeros de los Milliron compiten, luchan y se apoyan al modo que sus padres lo hacen a otro nivel.


 Ciertamente casi todos los personajes son tratados con cariño y respeto por el autor que nos los presenta bondadosos y rectos, o si torcidos, nos muestra los motivos que traerán nuestro perdón o consideración. Pero, ¿qué es lo que les aleja de la manida falta de matices tan característica de los personajes de toda mala novela? Sin duda, el talento de Ivan Doig que sabe pasear a sus nobles personajes por paisajes desolados, tanto física como moralmente. No les evita duras pruebas a través de las que deja adivinar el tejido contradictorio del que están hechos y la lucha que les impulsa a mejorar y superarse.

Una temporada para silbar es una novela amable, sí, pero no blanda, no fácil o falsa, es una novela con mayúsculas, expresión de un talento natural para la narración equilibrada. Pocos habrían logrado idéntico resultado con los mismos elementos.

Pasar por alto la oportunidad de leer esta novela privará al lector de una visión única sobre un modo de entender la literatura al que desgraciadamente nos estamos desacostumbrando con suma facilidad. Y no será por oportunidades como ésta.