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15 de abril de 2026

La roja insignia del valor (Stephen Crane)

 


Leí por primera vez La roja insignia del valor con unos 10 años por el único motivo de que me encantó la portada de la edición de Tus libros de Anaya, motivo más que suficiente a esa edad. Unos soldados yanquis con sus uniformes azules contra un fondo rojo fueron suficiente. No entendí nada. Tiempo después, ya adolescente volví a leer el libro y apenas tengo recuerdo. Sí que lo entendí de mejor manera pero algo de la historia me quedó vedado.


Pero después de haber estado sumergido durante dos semanas en la lectura de La llama inmortal de Stephen Crane, de Paul Auster, no he tenido más remedio que volver a este título, sin duda el más recordado de este autor que se terminará precipitando en el olvido a salvo de que el intento de Auster tenga éxito.


Es en esta tercera lectura cuando he logrado sacar el mayor partido al libro, sin duda por el magno empeño de Auster que ha sabido poner contexto y destacar los méritos literarios de este escritor que alcanzó el éxito con veinticuatro años y que poco después moriría sin haber logrado revalidarlo.


La roja insignia del valor, título también traducido en ocasiones como El rojo emblema del valor, nos narra la historia de una refriega de un par de días dentro del conflicto de la Guerra de Secesión americana, conflicto que había tenido lugar antes del nacimiento de Stephen Crane pero del que pudo tener noticias directas gracias a conversaciones con familiares y amigos veteranos.


El protagonista es un joven al que solo ocasionalmente  veremos citado por su nombre (Henry Flemming), igual que ocurre con la mayoría del resto de personajes, como el soldado alto, el vocinglero o el andrajoso. Este joven, henchido de ideales e imágenes de gestas heróicas, se ha alistado en contra de la voluntad de su madre, que debe mantener la granja por sí misma al haber fallecido su marido tiempo atrás. Pero el joven descubre que el ejército es, en gran medida, marchar, practicar tiro, dormitar, acampar y poco más, nada a la altura de sus expectativas. El tiempo libre es su mayor problema, el de todos los novatos del regimiento. Las dudas sobre el valor que mostrarán al iniciarse el combate consumen al joven. Por momentos cree poder arrastrar a sus compañeros a gestas gloriosas, pero en ocasiones, duda sobre si huirá como un conejo.


Y el combate llega; apenas una refriega, un mero intercambio de disparos, y el joven aguanta el tipo, más por curiosidad que por valor, pero cuando el choque se recrudece, termina por huir junto a otros tantos. El joven reformula su relato, en realidad no ha huido por cobardía sino por la estupidez de los mandos, ha sido prudente, los que han aguantado no han sido valientes sino cretinos. En su pasear por los campos, escondiéndose de enemigos y amigos, se encuentra con una columna de heridos entre la que camina el soldado alto que ha sido gravemente herido. Su muerte horroriza al joven que se consume por los remordimientos, la culpa y la vergüenza ante todos los hombres que llevan con orgullo la prueba de su valor, sus heridas sangrantes, ese rojo emblema del valor, esa insignia más meritoria que los kilos de medallas que lucen los generales a caballo.

 


 Cae en otra refriega y es herido pese a todo, en la confusión retorna al regimiento donde ese acogido y su herida cubre la vergüenza. En la jornada siguiente deberá dar prueba de si está a la altura de esa enseña del valor o si ha de ser cubierta por el oprobio y la burla.


En esta novela, breve por demás, la economía de palabras es una marca de distinción. Apenas hay pasajes prescindibles, incluso las escasas descripciones del paisaje sirven para acompañarnos en el descubrimiento del espíritu tan cambiante del joven soldado. Pero hay muchas más cosas loables en la novela.


Como ya dijimos, apenas hay nombres, solo apelativos descriptivos, alto, andrajoso, lo que aplica también a nuestro protagonista. Pero es que es un recurso que sirve para despersonalizar a los personajes. El regimiento en ocasiones se muestra como un todo orgánico. Nadie puede sobrevivir fuera de él, de la comunión de los hombres, una solidaridad que en ocasiones es más fuerte que la lealtad a la patria o a las soflamas de los oficiales. El regimiento sufre, aúlla, corre, suda y teme, como un ente propio que subsume a todos sus componentes. Pero, en otras ocasiones, Crane sabe romper este hechizo y posar la vista en el joven, en sus diatribas mentales, sus contradicciones e idas y venidas, en el individuo como un peón dentro de un enorme juego del que no es sino una ínforme porción. Sin embargo, en ese regimiento, el joven no logra hallar el eco de sus propios temores. Indaga si otros temen no mostrarse valientes en el combate, pero nadie habla directamente sobre este tema, tal vez todos lo tengan en mientes, pero el temor es un fantasma de soledad que te abraza incluso rodeado de otros hombres.  


En suma, la guerra es retratada como lo que es, un batiburrillo en el que el individuo no es sino parte de un gigante tablero, en el que apenas puede concebir cuál es su función. Cree estar ganando la batalla cuando el frente se hunde a su alrededor, ve la muerte de sus compañeros mientras el éxito ciega a los superiores, avanza, se embosca, retrocede, ve pasar a los francotiradores a su lado mientras caen balas de cañón sin saber si son amigas o enemigas. Un caos que la novela refleja perfectamente en las idas y venidas del joven que tan pronto está en la retaguardia huyendo de las posiciones avanzadas, como se encuentra en primera línea nuevamente, sacudido por la refriega más violenta.


Y este caos es acompañado por la actitud de los protagonistas. Ninguno parece dotado para la grandeza y el heroísmo. Los gritos y la sangre todo lo manchan, los insultos entre veteranos y novatos, las malas formas y violencia de los mandos, las palabras más soeces y los juicios más ramplones se entremezclan con la muerte y el sufrimiento, también con la entrega desinteresada, el ánimo al compañero en dificultades, el odio al enemigo.  


Este lenguaje naturalista sorprende en una época en la que todavía la guerra mantenía su halo de mística épica. No olvidemos que aún en la Primera Guerra Mundial los civiles se alistaban creyendo que acudían a su cita con la Historia y no a un matadero. Por contra, Crane, que aún no había visto ninguna batalla, tuvo la suficiente clarividencia para ver el fin del individuo en esa máquina de picar carne que eran los ejércitos modernos.


Por otro lado, centrar la acción no tanto en los grandes hechos bélicos como la batalla de Gettysburg, es otro gran acierto, un pequeño escenario para desplegar el verdadero nudo de la trama, el incesante discurrir del joven Henry, sobre su valor, el sentido de la lucha, la cobardía, el probarse a sí mismo, la lealtad, el sentido del amor filial, cuestiones todas ellas sobre las que debate consigo mismo de manera larga y creíble.


En esta ocasión he recurrido a la edición de Austral con la maravillosa traducción de Jesús Zulaika y creo que finalmente he logrado diseccionar el alma del joven soldado, compartido sus dudas y temores de los que todos podemos hacernos partícipes en algún momento de nuestras vidas aunque no esté en juego el recibir una bala del enemigo, pero sí los lances de la vida y las pruebas a que nos somete. A ello ayuda el que el enemigo no sea nunca claramente identificado. Henry solo puede visualizarlo como la mancha gris que se mueve ante sus ojos confundido entre el humo de los rifles. Solo un soldado muerto o unos pocos prisioneros al final del libro toman realidad corpórea, por tanto, ese enemigo es tan irreal como los castillos de La Mancha y a todos nos aplican.    


Uno entiende ahora mejor el sentido del dolor de la madre contrariada por la decisión de su hijo y el desafío que le lanza al llamarle "pequeño" y asegurarle que nunca le faltaran unos buenos calcetines zurcidos adecuadamente. También sentimos el oprobio de los novatos cuando son objeto de la burla de los veteranos, ya se sabe, nosotros sí que nos hemos tenido que esforzar, esta nueva generación con la que las levas llenan el ejército no son más que una pandilla de haraganes incompetentes, cómo ganar así una guerra, cómo levantar una empresa, un país, si estos jóvenes no valen para nada. Y estos desprecios tal vez hacen mella en la moral del regimiento, pero también le sirven de acicate para sobreponerse, para mostrarse a sí mismo y a los demás su valía y valor. Por desgracia, para todos, el regimiento y nosotros, este valor se acostumbra a acreditar mediante esa roja insignia, los golpes y baqueteos que recibimos por doquier, que nos hacen tambalear hasta encontrar nuestro momento y sentido. Un largo camino del despertar, similar al que recorre el joven.

 

Similar también al que tuvo que recorrer Stephen Crane, siempre al borde de la bancarrota, siempre presuroso en la escritura para pagar deudas sin por ello renunciar a una gran calidad literaria. Porque La roja insignia del valor nació tras el fracaso comercial de su primera novela, Maggie, una chica de la calle, libro que tuvo que autopublicar. Tras su fracaso, optó por lo que hoy llamamos trabajo alimenticio y que, en el caso de Crane, realmente tuvo esa función literalmente. Por fortuna, la inspiración y un enorme talento le alejaron de los caminos hollados por otros muchos y nos regaló un texto, éste sí, como diría Auster, inmortal.



10 de agosto de 2025

La llama inmortal de Stephen Crane (Paul Auster)

 


El penúltimo libro publicado por Paul Auster fue La llama inmortal de Stephen Crane (Seix Barral con traducción de Benito Gómez), una obra extraña por varios motivos. En primer lugar, si tenemos en cuenta que la vida de Stephen Crane apenas llegó a los veintiocho años, sorprende un esfuerzo biográfico de más de mil setecientas páginas, máxime para un escritor no acostumbrado a este género, qué no habría escrito Auster si Crane hubiera vivido algunos años más.


Pero también sorprende que Auster, ya en edad avanzada y con problemas de salud graves que terminarían por causarle la muerte, dedicara este inmenso esfuerzo a la vida de otro autor, no muy prolífico, no demasiado reconocido en el panteón de plumas ilustres americanas actualmente y con una obra fulgurante que se consumió, pese a lo que insinúa el títulò, en un cortísimo periodo de tiempo.


Como resumen de todas estas páginas diremos que Stephen Crane nace en el seno de una familia americana acomodada de fuertes convicciones metodistas. La temprana muerte del padre les lleva a afrontar problemas económicos de los que el tarambana de Crane nunca logrará salir a diferencia de la mayoría de sus hermanos. El joven dio preferencia a una vida vacía frente al estudio o los negocios. Su principal afán fue el de divertirse, tener lo suficiente para vivir y, si no, pedirlo. Su simpatía y jovialidad siempre le brindaron un importante apoyo para lograr estos pequeños apoyos económicos o vitales.


Su afición por las letras es muy prematura y desde joven logra publicar artículos satíricos en periódicos locales narrando la vida de los veraneantes en la entonces naciente Ashbury Park pero pronto la escritura de artículos se cruza con la concepción de obras más enjundiosas como su retrato de los bajos fondos neoyorkinos con Maggie: una chica de la calle y diversos relatos que va colocando en revistas y periódicos. De aquí salta a su obra maestra, la más conocida y la única que realmente le mereció el reconocimiento en vida, La roja insignia del valor, una novela breve sobre una batalla de la Guerra de Secesión.


De esta misma idea surgieron otros tantos relatos pero el deseo, tal vez, de vivir lo que narraba, le llevaron a tratar de cruzar a Cuba en el periodo del bloqueo naval español previo a la guerra del noventa y ocho, intento fallido que dio lugar a uno de sus más afamados relatos, El bote abierto. También estuvo como reportero en la guerra greco-turca o finalmente, tras la explosión del Maine, acompañó a las tropas de desembarco que ocuparon la isla. Entre tanto había publicado La tercera violeta, una peculiar obra que no logró ventas importantes y otros tantos relatos como El hotel azul que están entre lo mejor del género antes de la gran explosión cuentística americana a partir de Fitzgerald, Hemingway y otros tantos.


Sin embargo, problemas económicos y algunos de otra índole, así como la falta de reconocimiento en su país, le llevaron a Europa donde vivió sus últimos años hasta su temprana muerte por tuberculosis.


Poco más vamos a contar sobre Stephen Crane aquí, de sobra hay información en este libro para quien quiera tenerla de primera mano, tal vez hasta un punto agotador por lo exhaustivo. Sin embargo, durante toda la lectura, al margen del propio interés que el biografiado puede despertar, me ha ido llamando la atención, cada vez más según avanzaba, la peculiar aproximación de Auster, su método.


A diferencia de otras biografías monumentales, pienso por ejemplo en la leída recientemente sobre Kafka a cargo de Reiner Stach, no estamos ante el intento de acumular datos y exponerlos de manera cronológica y ordenada, explicando cada pequeño detalle de la vida del biografiado. Todo lo contrario, Auster parte siempre de textos escritos por el propio autor (relatos, novelas, cartas) o de recuerdos y correspondencia relativas a Crane de otras personas. Es decir, sus fuentes son principalmente literarias en gran medida. Como es natural, Auster no acude a registros, no consulta hemerotecas, no lleva a cabo entrevistas a expertos, no visita bibliotecas que conserven el legado. Su principal guía es la edición de las obras completas de Crane publicada por la Universidad de Virginia, ejemplar que visualizo prácticamente desencuadernado, lleno de anotaciones, post-it y deteriorado al extremo.


Y es este enfoque propio de un escritor, no de un historiador, el que nos da el tono de la obra y lo que la convierte en un excepcional registro que dice tanto del biógrafo como del biografiado.

 

 


La introducción histórica que hace Auster es vibrante y vívida. Unos Estados Unidos que aún se están expandiendo hacia el Oeste, en el que los ferrocarriles son la punta de lanza del capitalismo y en el que las huelgas, los movimientos anarquistas, la violencia de todo signo, conviven con la vida de los grandes burgueses, amenazados por crisis económicas periódicas, apoyados en un racismo más o menos explícito y en la supremacía racial frente a los indígenas. Un tiempo en el que la doctrina Monroe sacó a los Estados Unidos de sus crecientes fronteras, para expandirse a costa del vecino del sur o para ir involucrándose en la política internacional, en Cuba, Filipinas, Panamá y así preparar el gran salto a la política internacional con la intervención en la Primera Guerra Mundial. Pero Crane solo pudo intuir parte de estos hechos, sus tendencias y previsibles consecuencias. Y, sin embargo, pese a su pronta muerte, sus relatos dan cuenta parcial de todas estas corrientes.


En diversas maneras, Crane era un inadaptado. No solo no logró formar parte de la élite intelectual o artística de su tiempo, sino que tuvo que emigrar a Inglaterra, en parte por su relación y posterior matrimonio con Cora, una mujer supuestamente dueña de un burdel, con la que vivió los últimos años de su vida y en la que encontró cierto consuelo y un espíritu parejo. En todo caso, los juicios morales sobre la vida de Crane siempre jugaron en su contra.


Pero nada de esto impidió su reconocimiento por parte de otros autores. Ya en Inglaterra se relacionó con Henry James, H. G. Wells, y muy especialmente con otro inmigrante, Joseph Conrad, de quien casi era vecino en Kent y que le profesó una enorme admiración.  


Volvamos a la pregunta seminal. ¿Por qué dedicó tanto esfuerzo Auster a este libro? Alguien podría creer que su inspiración había quedado seca, tal vez que fue una pequeña obsesión que se le fue de las manos o que le sirvió para limpiar la mente entre un proyecto y otro. Sin embargo, según se avanza en el libro se aprecia que Auster está precisamente tratando de construir la figura de Crane desde su obra. Para él, los hechos biográficos se leen en su escritura y ésta es el reflejo de su modo de entender el mundo, de vivir la vida. Hay una clara consonancia entre ambas, y a diseccionar esta simbiosis se aplica con herramientas de escritor, no de biógrafo.


El libro reproduce extensísimas partes de obras de Crane mientras Auster las va glosando, explicando, adelantando en qué ha de fijarse el lector, destripando frases completas, casi palabra a palabra, reflexionando la selección de un artículo frente a otro, maravillándose por el ritmo de las oraciones, las aliteraciones, el engarce entre los párrafos o la técnica empleada.


Auster destaca el modernismo que impregna toda la obra de Crane. Desde sus casi olvidados poemas, al naturalismo de Maggie o su estilo próximo al del naciente cinematógrafo en el que su narración actuaba como el objetivo de una cámara fija ante el que aparecían y desaparecían los personajes pero permitiéndonos seguir el hilo de la historia que Crane nos quiere contar. No olvidemos el trabajo de Auster como guionista, lo que esta experiencia le pudo influir en su obra y en el modo en que lee a otros escritores.


Y Auster se maravilla de que este joven portentoso, con no excesivas lecturas a cuestas, sin apenas formación académica, con una terrible ortografía, pudiera tener tantas intuiciones y talento que se le desbordaba en cuanto tomaba la pluma.


Casi podríamos decir que este libro es una más de las obras de ficción de Paul Auster, una creación literaria basada remotamente en hechos reales, pero erraríamos. Auster pretende ser fiel a Crane, no quiere inventar pero sí nos ofrece un perfil desde la perspectiva de otro escritor, alguien capacitado, por tanto, para poder entender las dificultades del proceso creativo, los bloqueos y las torpezas, los momentos en que uno se deja llevar y afloja la tensión artística, los intentos fallidos de renovarse o de innovar y crear algo  nuevo, de afrontar desafíos y la técnica para hacerlo.


Incluso, y esta percepción puede ser simple consecuencia de haber comenzado a leer este libro apenas unas semanas después de conocerse la muerte de su autor, Auster reflexiona sobre cómo su propia obra podría ser analizada y cómo da fe de su existencia, de sus logros, éxitos y fracasos y mientras la escribía, mentalmente repasaba su propia vida, su obra y la juzgaba con la misma intención y detalle con la que se aplicaba a la de Crane.


Sea como fuere, lo cierto es que la lectura de La llama inmortal de Stephen Crane es un extraño y placentero viaje a la obra de dos grandes escritores americanos. Uno que vivió hace más de cien años y otro que apenas nos dejó este año. Y ambos tuvieron notable éxito en vida, más fuera de su país que en el mismo, que supieron dar aliento a un tiempo y a unas vidas en las que muchos pudieron verse reflejados.






23 de agosto de 2009

El Palacio de la Luna (Paul Auster)


A Paul Auster le gusta encerrar varias historias en cada libro que escribe. El modo en que se desarrolla cada una de ellas, cómo se relacionan entre sí y la manera en que interactúan para crear un territorio temático común, es fruto de su talento para la narración. El lector se adentra en sus novelas seducido por una prosa sencilla pero implacable (mención inevitable a la labor traductora de Maribel De Juan), que apenas da oportunidad de apartar la lectura por unos instantes, hasta llegar a un punto en el que se descubre a sí mismo envuelto en una trama sólo aparentemente lineal y simple, plena de simbolismos que comienzan a explicitarse.

Por una vez, adelantaremos los fundamentos de cada una de esas historias sin llegar a desvelarlas por completo para aquellos que no hayan leído la novela y con el afán de destacar aquellos aspectos en los que El Palacio de la Luna resume la temática austeriana.

En El Palacio de la Luna tenemos la historia de Marco Stanley Fogg, un joven de padre desconocido y huérfano de madre que ha vivido bajo el cuidado de su tío y que a la muerte de éste parece no tener interés por integrarse en la vida tal y como la entienden otros jóvenes de su edad. Completa sus estudios en la Universidad de Columbia gracias a la venta progresiva de los libros que su tío le ha dejado casi como única herencia. Agotado el dinero, M.S. Fogg termina viviendo como un vagabundo en Central Park hasta que es rescatado por un amigo de la Universidad (Zimmer) y una chica oriental (Kitty Wu) a la que ha conocido casualmente por un malentendido.

Después de vivir un tiempo en el apartamento de Zimmer comienza a trabajar como ayudante personal de un excéntrico anciano prácticamente ciego. Tras un tiempo en el que su único cometido parece ser el de leer en voz alta erráticamente los libros que su patrón le indica, pasa a leer noticias de prensa y posteriormente necrológicas, momento en el que Fogg es informado de que el verdadero motivo por el que ha sido contratado es el de escuchar de labios del anciano la historia de su vida y así poder componer, con vistas a su próximo fallecimiento, varias necrológicas, todas ellas para la prensa, salvo una, la más extensa y completa, la que da cuenta de su vida real, la única totalmente fiel a los hechos, que deberá ser entregada a su hijo, al que abandonó sin saber de su existencia y que desconoce que su padre sigue vivo.

Pero tenemos también la historia de Mr. Effing, de nombre originario Julian Barber, reconocido pintor que decide viajar al Oeste para retratar los paisajes de la frontera americana al tiempo que aprovecha para poner distancia con su fría mujer. En el Oeste, sufre un asalto y queda abandonado en medio de un paraje desértico. Barber concluye que si el mundo le cree muerto, no puede dejar pasar la oportunidad. Después de vivir un tiempo aislado, regresa a la civilización como Thomas.Effing y hace fortuna, aunque ya no como pintor sino como financiero. En una fiesta, alguien le hace notar su parecido con un famoso pintor desaparecido hace años, lo que sume a Effing en la confusión y pierde la firmeza y determinación que le habían empujado hasta el momento. Comienza a sumergirse en su propio infierno particular (paralelo al que M.S. Fogg vive en Central Park) haciéndose habitual visitante del Barrio Chino; finalmente un accidente le ata a una silla de ruedas y, huyendo de su destino y de su país, se instala en Europa donde residirá hasta que decida su regreso final a Nueva York.

Y, para concluir el tríptico de El Palacio de la Luna, tenemos la historia de Solomon quien crecerá tratando de reconstruir la figura del padre ausente y terminará por crear una imagen de sí mismo, una identidad, que le proteja. Engordará, llevará sombreros absurdos y trabajará en diversas Universidades mediocres pese a su innegable talento académico, cambiando frecuentemente de una a otra. Su único romance en este tiempo es una alumna a la que amará por una sola noche y que luego desaparecerá. Su vida errática, gris, condenada a la apatía y la falta de nervio es la réplica del Central Park y el Barrio Chino de los otros dos protagonistas.

Las tres historias terminarán por converger en una única de la manera más sorprendente (sin duda, muchos podrán anticipar el cómo leyendo la solapa del libro), apareciendo así una de las constantes de las novelas de Paul Auster: el azar. Sus novelas parten del realismo y la verosimilitud pero, sin embargo, el azar se inmiscuye en ellas para darles ese aspecto fantasioso y novelesco que atrapa al lector. Sus personajes, simples y cotidianos la mayoría de las ocasiones, pasan a un primer plano gracias a azares dudosos, encuentros inverosímiles o asociaciones totalmente arbitrarias, de manera que la acción se desencadena casi sin que el lector pueda prevenirse ante lo que está por llegar.

La Literatura es otro tema básico en las novelas de Auster. Sus personajes suelen ser escritores o, al menos, personas que dejan constancia escrita de los hechos. El Palacio de la Luna se presenta como un libro escrito por Fogg pasados varios años después de los acontecimientos narrados. Mr. Effing también siente el impulso de escribir la historia de su vida y Solomon escribe un remedo de novela en la que plasma sus fantasías en relación a la figura del padre ausente. Asimismo, las referencias literarias son innumerables, desde escritores franceses (Auster trabajó en París como traductor) hasta una sorprendente alusión al Lazarillo de Tormes. No olvidemos, como ejemplo de la ironía de la que está repleta la novela, que Fogg sobrevive durante un tiempo gracias a la venta en tiendas de segunda mano de la herencia en forma de libros que su tío le deja, herejía que pocos bibliófilos pasarán por alto.

Otra constante en numerosas obras de Auster es la búsqueda de la identidad. Partimos de que los protagonistas son, en muchas de sus obras y El Palacio de la Luna no es la excepción, individuos que, o bien parten de la confusión y la incapacidad de sacar partido de sus talentos, imposibilitados para erguirse y tomar una determinación sobre el rumbo que desean para sus vida, o se trata de personas que atraviesan una profunda crisis personal que les lleva a ese estado.

Seres acostumbrados a presenciar las acciones de otros, su pasividad les lleva al escepticismo y la tolerancia, en ocasiones incluso se puede decir que parecen carecer de principios toda vez que admiten lo que se les viene encima haciendo poco por encauzar su propia vida. Sin embargo, en su pasar por la vida, se entrecruzan con personas e historias que les hacen reflexionar e, incluso, modifican su actitud, su visión del mundo.

Frente a Mr. Effing, capaz de reconstruirse a cada momento, de reiniciar su vida si es necesario en una huida continua hacia el futuro, y a Solomon, adaptado a una realidad mediocre pero que él mismo parece haber elegido para sí, Fogg espera que el curso de la vida le aclare lo que desea. Los cambios bruscos que definen su existencia son fruto de un azar que parece guiarle discretamente hacia un destino que resulta indiferente a Fogg. Más bien, el joven protagonista de El Palacio de la Luna parece carecer de empuje o personalidad definida, se integra en la vida gracias a proyectos ajenos; observa a quienes le rodean y de ellos extrae sus enseñanzas evidenciando cierta necesidad de involucrarse a través de estos mediums. Ni siquiera el sorprendente final y la revelación que se abre a los ojos de Fogg logran desperezarle, sacarle de ese sopor blando que parece consustancial a su ser.

La soledad es otro de los temas recurrentes en las obras de Auster. Sus personajes viven en soledad, con independencia de que tengan o no un amplio círculo de amigos, la esencia de su vida es la soledad, tal vez con el fin de mantener un precario equilibrio interior. Esta soledad y el modo de amoldarse a la misma como forma de conocimiento es una de la claves de El Palacio de la Luna y un tema recurrente en cada una de las historias en que se descompone. Ninguno de los protagonistas parece incómodo en dicha situación, antes bien, reducen su contacto con el resto de la sociedad al mínimo imprescindible.

Muchos otros temas se deslizan en esta novela que admite una lectura superficial, atenta a la trama y al modo en que las historias se imbrican y una lectura algo más profunda (no mejor, ni más placentera) que buscará dotar de sentido a cada episodio, explicar el simbolismo que la luna ofrece al conjunto, reflexionar sobre el viaje como experiencia, buscar paralelismos con la vida del propio autor o incluso leer la novela como una parábola sobre la historia de los Estados Unidos, su pasado y su sentido histórico.

Puede decirse que El Palacio de la Luna es la primera gran obra de Auster o, al menos, la primera que anticipa la mayoría de temas que terminarán siendo consustanciales a sus novelas posteriores. El propio Auster ha manifestado que es su obra más querida, no en vano los primeros borradores se remontan a su época universitaria, si bien, no es hasta 1989 cuando se publica definitivamente.

Dicen que hay autores que escriben muchas veces el mismo libro, puede que Auster vaya camino de convertirse en uno de ellos, por eso, si alguno de sus libros puede resultar más imprescindible y necesario, será precisamente éste.



14 de junio de 2007

Viajes por el Scriptorium (Paul Auster)


Reconozco que disfruto leyendo a Paul Auster. Su estilo y su temática me atraen y siempre espero su última obra con interés, sabiendo que éste no se verá defraudado. Sin embargo, ese terrible momento ha llegado. Viajes por el Scriptorium es una obra inacabada, apenas esbozada, sin interés evidente para cualquier lector objetivo (excluyo a fanáticos del autor que tendrán cierto interés de coleccionista por ella). Tras su lectura, sólo puedo decir que su mayor virtud es su brevedad.

Evidentemente, no todas las novelas de un autor pueden brillar al mismo nivel. García Márquez nunca ha vuelto a escribir Cien años de soledad y, con toda seguridad, ha renunciado a hacerlo. Sin embargo, de todo gran autor se espera un mínimo rescoldo de respeto a sus lectores. Arrojar al mercado unas páginas como las que nos regala Auster es una afrenta para quienes conocen de lo que es capaz. Y pese a esta inmensa decepción, no albergo duda, nos volverá a sorprender con brillantes historias y personajes inolvidables. De ahí la irritación que asalta mientras se leen sus páginas, ¿por qué?, ¿con qué fin? Quizá una forma de cerrar un ciclo, quizá un divertimento del autor (no del lector, por supuesto).

En una habitación (se desconoce en qué época y lugar) un anciano envuelto en las brumas del olvido trata de recordar quién es, quiénes son los personajes que le rodean y visitan, al tiempo que ojea unas fotografías y un manuscrito dejado con alguna intención en el escritorio de su habitación y que parecen guardar una remota relación con su pasado y con su actual situación.

La figura de un hombre asaltado en su habitación por desconocidos que parecen conocer más de su vida que él mismo, y la asunción de la situación por parte del protagonista, nos remite directamente a las primeras páginas de El Proceso. Sin embargo, lo que en Kafka se convierte en una pesadilla y una reflexión sobre el sentido de la vida (o lo que cada uno prefiera en virtud de las múltiples interpretaciones a las que este libro se presta), en Viajes por el Scriptorium se convierte en una vaciedad al no plantear ninguna cuestión relevante al lector, que asiste impávido a los acontecimientos.

El tema de la novela puede ser una reflexión sobre la escritura, a modo de novela dentro de la novela, en la que el autor pasa a convertirse en un personaje literario más. Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurría a los personajes de la célebre obra de Pirandello, en esta ocasión parece ser el autor el que busca desesperadamente actores de su repertorio pasado que justifiquen este viaje.

No basta el guiño a la propia obra (¿egolatría o paradoja humorística?) o tratar de establecer conexiones con obras ya publicadas por el autor. Tampoco sirve remedar el propio estilo. La fórmula debe renovarse en cada libro para no perder el interés.

Para reconciliarme con Auster, releo el pequeño volumen que publicó Anagrama con motivo de la entrega del Premio Príncipe de Asturias al autor en 2006. Este pequeño libro recoge un artículo de Justo Navarro sobre diversos aspectos de la vida de Paul Auster que han influido en su modo de ver el mundo y de transmitirlo o convertirlo en palabras. Así, la muerte de su padre, sus estancias en Europa o la muerte fortuita de un compañero en un campamento de verano, entre otras, van conformando un mapa de sucesos que nos lleva a entender algo mejor la obra de Auster.

Le sigue una entrevista realizada por Eduardo Lago con motivo de la publicación en España de la obra Brooklyn Follies en la que se plantean igualmente diversas cuestiones referentes a la concepción de la novela. Asimismo, el propio Auster anuncia el contenido de su próxima novela (Viajes por el Scriptorium) de la que dice que, a diferencia del resto de sus obras que son de elaboración lenta y sosegada, ésta surgió de su pluma con una facilidad sorprendente (sorpresa que, como ya he indicado, se desvanece al leerla y encuentra una lógica explicación, su escaso interés). En la entrevista Paul Auster hace referencia a la importancia del Quijote como obra fundamental de la literatura moderna (algunos comparan a los protagonistas de Tombuctú con don Quijote y Sancho).

A continuación Jorge Herralde incluye dos textos que recogen la presentación que éste hizo del autor americano en el Círculo de Bellas Artes tras la publicación en España de El libro de las ilusiones con alguna reflexión sobre la obra del autor. También se recoge la presentación de Herralde en un diálogo abierto entre Paul Auster, Pedro Almodóvar y el público tras la entrega de los premios Príncipe de Asturias.

A renglón seguido se recoge el discurso de Paul Auster en la ceremonia de entrega de los premios Príncipe de Asturias. En este discurso, trata de explicar por qué escribe y cuál es la utilidad de la escritura. La respuesta es que todo Arte es útil por su inutilidad. La actividad carente de utilidad inmediata es la que nos separa de los demás animales. La narración responde a una necesidad humana y los escritores no hacen sino responder a dicha llamada.

Finalmente se recoge una cronología/bibliografía comentada del autor que permite comprobar cómo el éxito le llega tras innumerables tentativas, en el teatro, los guiones mudos, la traducción, la poesía, etc.

De este pequeño homenaje obtengo el consuelo de que podremos ver en breve nuevamente al mejor Auster, el que bebe en las fuentes de la cotidianeidad y nos la explica de manera amena y elegante.

23 de octubre de 2006

Timbuktu (Paul Auster)


Timbuktu es el lugar al que se dirigen los humanos cuando fallecen. Desgraciadamente, en ese lugar idílico no se admiten animales de compañía. Mr. Bones acaba de perder a su maestro, Willy, por lo que tiene que abrirse paso en un mundo que nosiempre se comporta según los parámetros de su amo, que se consideraba a sí mismo más o menos como la encarnación del espíritu de la Navidad.

La lucha por la supervivencia y la adaptación a las nuevas circunstancias no llevan a Mr. Bones a la felicidad. Y es que ser un perro inteligente, capaz de comprender las palabras de los humanos, sus actos e intenciones, y el complejo juego de relaciones que mantienen entre ellos, no le permite ser autónomo. Entre el miedo y la inseguridad, encuentra su lugar la necesidad de cobijo y alimento. Ese complejo equilibrio entre aspiraciones y realidades que iguala a perros y hombres es la cuerda sobre la que camina Mr. Bones en busca de su sitio en el mundo, atesorando tan solo las palabras recordadas de su maestro.

Auster es un genio. Sin apenas diálogo, narra en forma de monólogo de los protagonistas sus sentimientos, vivencias y reflexiones. No hay lugar para descripciones detalladas o accidentes similares. Sólo el esquema desnudo, los temas descarnados. Sólo los pensamientos, expresiones y sentimientos admiten matización. De hecho, toda la narración se apoya en la sutil adaptación del entendimiento de Mr. Bones a los cambios, de cómo su propia reflexión le empuja más allá. Como diría Bloom, el personaje cambia al oírse a sí mismo.

En los libros de Auster pueden aparecer coches, televisores y lavaplatos; bebida, periódicos y ciudades concretas. Pero no se ciñen a una época, se leen fuera del tiempo, fuera del espacio. Sus argumentos encierran hechos asombros (que un perro entienda el lenguaje humano y distinga un acento de Nueva York de otro de la Costa Oeste, no parece cosa de todos los días). Sin embargo, su tratamiento dentro de la novela lo "normaliza" integrándolo como una obviedad. Las rarezas no se explican. Al igual que Kafka, sus personajes no se asombran por nada, toman la realidad como les viene y, sobre ella, avanzan.

Alcanzar Timbuktu no es empresa fácil. De hecho, si eres perro, resulta harto difícil aunque se dice de algunos que lo han conseguido. Mr. Bones lo intentará por sus propios medios. Auster es demasiado sabio para ofrecernos un final plenamente feliz, también la felicidad es un difícil equilibrio entre lo posible y lo probable.

16 de junio de 2006

Brooklyn Follies (Paul Auster)


Paul Auster, pese a su imagen contemporánea, es un novelista clásico. Sus argumentos pueden no asemejarse a la introspección de Henry James o su mundo puede no ser el de Conrad o Hemingway, por poner algún ejemplo, pero, por encima de todo, Auster disfruta escribiendo, no hay duda. Sus libros transmiten esa ilusión por la narración que parece tan olvidada hoy en día.

Sus historias crecen como la levadura, desde un punto de partida casi intrascendente y anodino, enganchando la imaginación del lector hasta que, de pronto, en algún punto intermedio de la lectura, el lector se descubre inmerso en una epopeya en la que se despliegan esos temas tan queridos y constantes en el autor (la soledad, el sentido de la vida y la vida en busca de su sentido, etc) y tan propios de la novela de todos los tiempos.

Auster es un clásico igualmente en el trato a sus personajes. Su mimo es patente ya estemos ante un protagnista o un simple actor circunstancial en la trama lo que siempre los convierte en criaturas creíbles. Y así, este entusiasmo se traslada a estos personajes que pasan interminables horas hablando, narrando su pasado y dibujando su futuro ideal (¿no consiste la literatura precisamente en esto?). Esta comunicación suelda amistades inquebrantables entre seres dispares pero que cuentan con un punto de unión precisamente en ese terreno de la reflexión ante su entorno.

En la última novela de Auster traducida al castellano, tres personajes tratan de reinventar un futuro basado en la esperanza y en el convencimiento de que una nueva vida siempre es posible. Finalmente ese esbozo no llega a cumplirse aunque el boceto final se asemeja de algún modo a la felicidad anhelada.

La ciudad de Nueva York (y la huida de la misma) en los meses previos al 11 de septiembre forman el paisaje de fondo por el que deambulan los protagonistas buscando a tientas el sentido de una vida que les ha apartado del curso principal de los acontecimientos, como un afluente en busca de acomodo. Y sin embargo, la dignidad que aflora en los personajes, les confiere esa grandeza propia de los grandes héroes literarios y les convierte en los grandes protagonistas de un mundo en el que los grandes hombres se descubren como incapaces de servir de referente para una masa confundida.