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6 de octubre de 2026

 


Gracias a Pan de ángeles conocí la obra de Patti Smith, un cuadro autobiográfico que me abrió no solo a su vida, intensa y rica en creatividad, sino a su modo de narrar, mezcla de honestidad implacable y de reflexiones sobre los convulsos años que le tocó vivir, en especial el periodo de su primera carrera musical.
En este caso, remonto las aguas para leer el primer libro de memorias propiamente dicho escrito por Patti Smith, Éramos unos niños, publicado originalmente en 2010 con edición en España a cargo de Lumen, aunque la edición que he leído es la de Debolsillo, con traducción de Rosa Pérez Pérez, en el que narra un aspecto concreto de su vida, en concreto su relación con Robert Mapplethorpe, el reconocido artista que no solo fue el fotógrafo de algunas de sus más icónicas portadas, sino que le influyó de manera constante a lo largo de toda su vida, una influencia que puede decirse recíproca.
De este modo, y pese a que cronológicamente mi orden de lectura no haya sido el correcto, lo cierto es que lo veo como una importante ventaja. De la visión general y panorámica de Pan de ángeles es como si pasara a hacer un zoom y ampliación de un aspecto concreto de la vida de Patti Smith que, de otro modo, no me habría resultado comprensible totalmente.
Robert y Patti se conocieron en 1967 y su relación comenzó de manera extraña. Ella era dependienta en una tienda y el muchacho acudió a comprar un objeto que era el preferido de la vendedora. Por un lado, a ella le dolió alejarse de aquella pieza hermosa, pero de otro le consoló que fuera a manos de aquel joven. Días después, cuando creía estar a punto de ser seducida por parte de un escritor menor en un parque de Nueva York, vio acercarse al muchacho y se lanzó a sus brazos simulando que eran novios. Así, de este modo tan literario y original, comenzó una relación que pronto pasó a ser un idilio amoroso que duró un tiempo, si bien no necesariamente como pareja, ya que, con los años, trascendió a un amor más bien del tipo universal, en especial cuando Robert fue decantándose por su lado homosexual.
El libro va narrando el modo de vida caótico de la pareja, en apartamentos prestados, lofts semiabandonados o el famoso hotel Chelsea, que permitió a ambos comenzar a codearse con personajes tan singulares como Jim Morrison, Janis Joplin, miembros del entorno de la Factory de Andy Warhol, Sam Shepard, que tendría un importante futuro papel en la carrera de Smith, o Jimi Hendrix y Johnny Winter, entre otros muchísimos.
Así, al menos desde mi punto de vista, lo más relevante del libro no es tanto el devenir de los encuentros y desencuentros amorosos o artísticos entre la pareja, pese a su inquebrantable amor y respeto, sino el modo en que se construía el movimiento cultural de los setenta en un entorno depauperado como era el Nueva York de la época y en el que, según se avanzaba en la década, se iban creando las condiciones y el caldo de cultivo para el consumo desmesurado de drogas, mientras la epidemia de sida tendría después consecuencias terribles para toda una generación y, especialmente, para el entorno artístico en el que se movían Patti y Robert. De hecho, este falleció como consecuencia de complicaciones derivadas de la enfermedad.
La música no ocupa un importante papel en la obra, apenas hay referencias al notable éxito que tuvo Patti Smith en este campo, casi como quien llega por casualidades de la vida a ese mundo, sin proponérselo realmente. Antes bien, la artista sí se presenta en todo momento como poeta, alimentada por su pasión por la bohemia, por Whitman y, fundamentalmente, por los poetas franceses como Verlaine, Baudelaire y, por encima de todos, Rimbaud.
Este libro ha recibido numerosos elogios críticos, si bien me parece inferior en este sentido a Pan de ángeles. Sin duda, el tiempo transcurrido desde uno y otro libro ha permitido desarrollar más y mejor las habilidades literarias de Smith y, también seguramente, decantar más y mejor lo vivido.
Hay además un elemento que convierte el libro en algo más que una simple memoria de aquellos años. Antes de morir, Robert y Patti hicieron una promesa, que algún día ella escribiría su historia. Éramos unos niños es, por tanto, también la forma en que Patti Smith cumple aquella promesa, rindiendo homenaje a su amigo y a la relación que mantuvieron durante toda su vida. No es solo el relato de unos años compartidos, sino la respuesta a un compromiso adquirido con Robert cuando todavía estaba vivo.

 

Sea como fuere, por la fuerza de las historias aquí contadas, por conocer el ambiente artístico neoyorquino o por entender cómo funcionan mentes creativas tan relevantes como las de estos dos jóvenes, Éramos unos niños se convierte en una buena lectura, elegante, plagada de amor y lirismo, sin esconder los aspectos más sórdidos pero haciéndolos encajar con plena naturalidad en el curso de la narración.
Quizá por eso Éramos unos niños termine siendo mucho más que el relato de una amistad excepcional. Patti Smith no solo reconstruye aquí los años compartidos con Robert Mapplethorpe, sino que intenta devolver a aquel muchacho y a aquella muchacha que fueron el lugar desde el que ambos comenzaron a construir sus respectivas obras, en un Nueva York en el que la precariedad, la bohemia, la amistad y la creación parecían formar parte de una misma experiencia. El resultado es un libro hermoso y sincero, quizá menos complejo literariamente que Pan de ángeles, pero dotado de una fuerza emocional que procede precisamente de esa voluntad de preservar la memoria de una persona y de un tiempo que, de otro modo, habrían quedado reducidos a sus obras.

 

 

27 de septiembre de 2026

Pan de ángeles / Tejiendo sueños (Patti Smith)


Con motivo de la entrega del Premio Princesa de Asturias de las Artes a Patti Smith casi vengo a descubrir que, además de grabar discos y recoger premios Nobel de Literatura en nombre de terceros, la ya anciana artista tiene una muy extensa obra literaria.

Y tal vez acicateado por mi repentinamente descubierta ignorancia, me lanzo a leer Pan de ángeles, publicado en España por Lumen, su último libro y que viene a ser una estupenda puerta de entrada a su obra, ya que estamos ante un libro de memorias que recorre su vida haciendo especial hincapié en sus aspectos creativos y en la importancia de la imaginación como asidero para los golpes de la vida, como forma de esperanza, de creación y de crecimiento. El título remite al antiguo motivo cristiano del pan de los ángeles, el alimento celestial del que habla el salmo 78 y que la tradición identificó con el maná y, posteriormente, con la Eucaristía. La pintura religiosa representó con frecuencia esa idea mediante ángeles que alimentan milagrosamente a santos o eremitas.

Este recorrido biográfico, que casi suena a despedida, ya que Patti Smith tiene 79 años, recorre los primeros años de la niña Patti, su vida nómada, con una precariedad que llevaba a su familia de una casa a otra, casi con un niño más en cada mudanza, con un padre que regresó de la guerra del Pacífico con secuelas por la malaria y una tendencia melancólica, y una madre que había sido camarera y cantante de night club y que debía trabajar para poder afrontar las deudas que les acosaban mientras la familia, como los problemas, crecía.

Sin embargo, como suele ocurrir, las dificultades vitales tan solo se aprecian de manera retrospectiva, puesto que la Patti niña vivía feliz sin sentir gran parte de las carencias, y aún añora el sofá verde desvencijado o los juguetes que ella misma construía, pero, por encima de todo, el libro que su madre le regaló, un ejemplar de Pennies from Fairyland, una colección de cuentos de hadas, cada uno un penique de sabiduría, que antes había pertenecido a su madre y que la introdujo en un mundo de sueños y fantasía del que no quiso volver a salir en toda su vida.

Porque la lectura se convirtió pronto en un anclaje al que poder volver a refugiarse cada vez que la vida golpeaba fuerte, y lo haría a menudo, una forma de poder conocerse mejor a sí misma y a cuantos la rodeaban, porque ese es el don de la lectura, que nos acerca más a cómo son y sienten los demás al tiempo que marca una distancia, levanta un muro que nos distingue y separa inevitablemente. Y así fue creciendo la joven Patti, avanzando en el colegio, escribiendo sus pequeñas historias, queriendo parecerse a Wendy o a Peter Pan, pero cayendo finalmente en las venenosas palabras de Rimbaud y del resto de poetas que marcarían su futuro literario.

La joven va creciendo y la poesía no la alejaba de los círculos rockeros en los que poco a poco se fue desenvolviendo, una combinación que muy pocos lograron sostener. Ejemplos como los de Dylan o Cohen, en menor medida, le dieron fuerza para poder subirse a un escenario y hacer sus jams de poesía, principalmente improvisadas, que terminarían por germinar en sus trabajos musicales, partiendo por el deslumbrante Horses de 1975, pero que, según voy avanzando en su discografía en paralelo a la lectura de este libro, dan sentido a una obra artística en la que música y poesía se combinan.

Pero la fama tiene un peso que a veces nos rompe y así Smith, a finales de los setenta, decidió tomarse un respiro y casarse con Fred Sonic Smith, uno de los miembros fundadores del grupo MC5, otro gran revolucionario que decidió bajarse del tiovivo y formar una familia en una pequeña casita junto a un canal en el que plantaron un barco en el jardín, en cuya pequeña cabina se refugiaban para escribir o escuchar música. Y los hijos llegaron, absorbiendo parte de la vida del matrimonio, tal vez alejándolos temporalmente de esa creatividad que, no obstante, afloraba de vez en cuando en algún que otro disco o en pequeños textos.

Pero la vida devuelve los golpes y tres muertes sacuden a Patti durante los años ochenta. Las tres tal vez igual de duras. Su hermano Todd Smith, por un ictus tras una dura existencia en la que tuvo que luchar y lidiar con sus problemas de identidad de género, pero que siempre acompañó y apoyó a Patti en su carrera. La de Robert Mapplethorpe, protagonista de lo que se considera la obra maestra de Patti Smith, Éramos unos niños, el fotógrafo responsable no solo de gran parte de las portadas de los discos de Smith, sino también de muchas de las inspiraciones artísticas de su vida. Pero, sin duda, la más grave de todas, la de su marido, por una enfermedad repentina.

Tres personas que desaparecen de su vida durante su cuarentena, en momentos que se suponen de plenitud, pero que la dejan varada en la orilla, forzándola de alguna forma a tener que volver a hacerse a la mar, a recuperar contactos y que finalmente la devuelven a la escritura como forma de sanación, de refugio y de amparo en un mundo paralelo que le da fuerzas y le sirve para su reconstrucción.

El libro es un canto a la poesía, a la creación como mecanismo de liberación y de unión entre las personas, y es una bellísima forma de recuerdo. No deja de sorprender cómo la voz de Patti Smith, lejos de resultar airada, de denunciar nuestro mundo actual, tal vez tan alejado de las premisas que pudieron mover a la generación contracultural de finales de los años sesenta o setenta, se muestra enormemente optimista, comprensiva con un mundo que sigue viviendo preso de injusticias terribles, que la autora no niega, pero en las que tampoco se recrea. Lejos de un cierto ansia de revancha que suele verse en personas ya mayores, lo que aquí predomina es esa capacidad de asombro de la que la autora hace gala, ese sorprenderse aún por cuanto hay en el mundo. A ello contribuye la excelente traducción de Ana Mata Buil, así como la cuidada edición de este libro.




En Tejiendo sueños nos encontramos a una Patti Smith más lírica que la de Pan de ángeles, en un libro publicado también por Lumen, con traducción de Aurora Echevarría Pérez, y que debe mucho al formato para el que fue concebido inicialmente. La editorial encargada del libro publicaba volúmenes de pequeño tamaño, como los libros de rezo hindúes, según señala la autora en la introducción. Y a ese formato mínimo responde este volumen de apenas poco más de cien páginas en el que volvemos a encontrarnos algunos recuerdos de infancia, como el de la muerte de Bambi, el perro de la familia, el nacimiento de su hermana Linda o el incendio del granero negro que se alzaba solitario en las tierras traseras de su primera vivienda estable, junto a un cementerio cuáquero.

Este libro combina algunos de esos recuerdos junto a breves ensoñaciones casi oníricas en las que Patti Smith da rienda suelta a su vena más surrealista y poética, en la que las palabras sobre una hoja se convierten en postes, las figuras que mueven la hierba sacudida por el viento son recolectores de lana, entre otras muchas imágenes.

En esta breve obra vemos otra faceta diferente de Patti Smith, quizá una que tiene más que ver con sus canciones en el sentido de un esfuerzo más centrado en la emoción que en la narración estructurada, en la que apenas unas ideas van tejiendo esos sueños o, reformulando el título de otro modo, en el que los sueños se van entrelazando para ofrecer una visión de conjunto de ese mundo creativo y lírico de la autora.

Con ambos libros podemos hacernos una idea de los méritos literarios de Patti Smith, que invitan a leer otras obras de su extenso catálogo, confiando en que conservarán la capacidad de seguir sorprendiéndonos con ese tono optimista y hermoso que derrocha por todas sus páginas.


 

23 de agosto de 2026

Being Elvis. Una vida solitaria (Ray Connolly)

 


Soy de aquellos que creen que el auténtico rey del rock and roll es Chuck Berry, que los mejores discos de Elvis son los que grabó en Sun Records, que Elvis realmente murió cuando fue al Ejército, que se convirtió en un muñeco en manos de Hollywood, del falso coronel Parker, que era un inmaduro sobrepasado por las circunstancias de su repentina fama y que su aportación a la música está sobrevalorada en exceso.

Pero, antes de nada, vayamos al prólogo de Being Elvis (Alianza Editorial) en el que Ray Connolly cuenta cómo durante una entrevista con Bob Dylan previa al famoso concierto de la Isla de Wight, la conversación languidecía ante la falta de habilidades sociales del bueno de Bob y, casualmente, Connolly comentó que había estado semanas antes en el retorno de Elvis en Las Vegas. La conversación floreció y, como un fan cualquiera, Dylan se entusiasmó con preguntas continuas sobre el repertorio o el grupo acompañante y la entrevista se convirtió en dos fanáticos charlando con entusiasmo de un héroe de su adolescencia. Otro tanto le ocurrió poco después durante una conversación con John Lennon. Para ambos genios de una generación posterior a la de Elvis, este aún representaba el germen de una vocación, una actitud que les había llevado a la música, un empuje que fue tan rompedor en su momento que abrió unas compuertas por las que se coló en sus radios y televisiones toda la magia de una música que hasta entonces solo había estado al alcance de quienes tenían acceso a las emisoras de música racial, como se decía en la época, o a disposición de un reducido círculo de estudiosos universitarios que podían permitirse los caros discos de la Smithsonian Folkways Recordings. Y fue esa música, con un sonido más moderno, unida a una imagen rompedora, lo que definió el cambio radical respecto de cualquier otro movimiento musical anterior.

Estas reacciones pueden resultar difíciles de comprender hoy en día porque hemos escuchado la música que había antes, la que trajo Elvis, todo lo que vino después. Cuando no nos perturba ver a un Bowie disfrazado de mujer o a los Kiss siendo los Kiss. Pero, a cambio de esta infinita información, hemos perdido la capacidad de ponernos en el lugar de quienes vieron la actuación de Elvis por primera vez en el programa de los Dorsey Brothers o en el Ed Sullivan Show. Y esta infinita sorpresa y la consiguiente reacción nos será ajena por siempre.

Por eso, Connolly no pretende en este libro cubrir ese vacío imposible. Si bien esta biografía sigue los pasos cronológicos y musicales inevitables en toda obra similar, lo cierto es que pone un empeño singular en hacer honor al título del libro, ese being Elvis, ese esfuerzo por explicarnos cómo era ser Elvis, qué pasaba por su cabeza, cómo percibía lo que ocurría a su alrededor cuando actuaba.

Connolly no se va a interesar tanto por contarnos qué sentían las fans que gritaban ante los contoneos del cantante, las cifras de ventas o sus infinitos noviazgos, sino por qué era lo que le convertía en único y singular, qué le empujaba a comportarse de aquella manera. Por qué sentía la continua necesidad de rodearse de la llamada mafia de Memphis, un conglomerado de amigos de infancia, familiares y advenedizos que, a todas luces, solo estaba para vivir a costa de su dinero a cambio de someterse a los caprichos y excentricidades del Rey, que podían ser despertados a las tres de la mañana para jugar un partido de tenis, que salían disparados a la farmacia portando una receta médica para comprar los cientos de pastillas que podía consumir a la semana durante sus últimos años de vida.

En este sentido, el texto es minucioso y presta equilibrada atención a las diversas épocas del cantante, tanto los episodios previos a su entrada en el negocio de la música como sus primeros éxitos, la etapa cinematográfica, el retiro de los escenarios, el Comeback del 68, Las Vegas o las giras posteriores. Y en todas ellas se trata de hacer ese relato introspectivo a que se hace mención desde el propio título, una vida solitaria.

Connolly aborda cómo es posible que un niño claramente enmadrado y tímido podía tener un inquebrantable afán por diferenciarse del resto, por destacar, al tiempo que también deseaba confundirse con el resto. Cómo podía combinar su atención a los oficios dominicales y la música góspel con lo que oía por las calles de Memphis o en la radio, uniendo así tradiciones musicales muy diferentes. Un Elvis que apenas sabía reaccionar a una escueta pregunta de un periodista local en sus primeros días y que en sus citas amorosas siempre sabía aguardar el momento de la consumación para citas posteriores.


 

Elvis nunca pretendió ser rompedor o convertirse en portavoz de una generación, no ofreció nunca un mensaje social, pese a que sus fans sí sintieron que el aire fresco que trajo simbolizaba muchas de esas cuestiones en las que el propio Elvis no creía. Su pasión por las placas y la policía, la triste historia de su visita a Nixon y su discurso sobre las drogas mientras casi babeaba por el efecto de los narcóticos. Quería ser el hijo perfecto, el novio perfecto, el chico de la puerta de al lado al tiempo que se compraba un rancho inmenso y lo llenaba de carísimos caballos, aún sabiendo que estaba siendo engañado por todos los vendedores.

Porque Elvis en todo momento creyó que su riqueza era algo que debía compartir, no es que fuera engañado por su séquito, es que compartía su suerte con ellos. Sus propinas, sus gastos superfluos, todo ello le llevaba a una dependencia continua de nuevos ingresos y, por tanto, de las maquinaciones del coronel Parker.

Pero la vida de Elvis siempre discurría entre lo que íntimamente deseaba y lo que le convenía. Quería producir buena música, pero el tipo de contrato para los compositores que exigía el coronel, claramente fuera de mercado, expulsaba a los mejores talentos, como terminó ocurriendo con Leiber y Stoller. Su desentendimiento de las condiciones de sus músicos terminó provocando el abandono de viejos acompañantes de los primeros tiempos como Scotty Moore o Bill Black o el del grupo de acompañamiento vocal, The Jordanaires.

Su amor por el góspel quedó sepultado durante gran parte de su carrera por la interpretación peculiar del coronel Parker sobre lo que creía que los fans esperaban de él. Su odio por unas películas que le condenaban a una repetición continua de estereotipos alejados de los papeles que había soñado de niño, cuando trabajaba de acomodador, tampoco le llevó a tratar de enmendar la errática y triste carrera cinematográfica hasta que los papeles cesaron de llegar.

Y es que Elvis tenía auténtico pavor a tomar decisiones que afectasen a su carrera. Las pocas veces que lo hizo acertó, pero por lo general, dejaba las decisiones en manos del coronel y apartaba la mirada de los platos rotos.

Una continua sucesión de contradicciones que Elvis arrastró hasta su muerte, una muerte también solitaria. El amor que sentía por su madre y su anhelo por satisfacerla no impidieron que Gladys terminase en una muerte prematura fruto del alcohol. Tampoco su amor sincero por Priscilla sirvió para apartarle de las malas compañías y las píldoras, ni su repentina afición por la espiritualidad logró ofrecerle un asidero seguro.

Tal y como señala el autor, una de las raíces, tal vez la más profunda y definitiva, de sus comportamientos incomprensibles desde nuestro punto de vista, fue el temor a la pobreza. Porque Elvis siempre tuvo muy claro que no quería volver a ser pobre. Como Scarlett O’Hara se conjuró para no volver a pasar hambre. Su familia pasó enormes dificultades, su padre estuvo en la cárcel (en el mítico penal de Parchman) por falsificación de cheques y siempre tuvo un enorme pavor a perder su dinero. Cuantas veces quiso rebelarse contra el coronel Parker, este siempre tenía clara la amenaza. Si haces esto, perderás dinero. Habrá que vender Graceland, la casa en la tierra de la Gracia que le ataba a una vida de desgracia, una paradoja más.

Por ello, Elvis nunca vistió vaqueros, esa prenda tan icónica para la juventud de su tiempo pero que para él representaba la carestía de su infancia, cuando apenas podía vestir otra cosa. De ahí su extravagancia en el vestir, sus trajes dorados, sus capas y sus cinturones horteras, su exceso en todo, la construcción de un personaje ajeno al origen que encarnaba. Porque tal vez, la mejor baza de Elvis con los jóvenes una vez pasado el inicial alboroto de los bailes y meneos, podría haber sido ese origen humilde, algo que otros músicos supieron jugar con menos motivos, como los burgueses Stones. Pero según Elvis se iba escondiendo más tras su personaje endiosado, más se alejaba de quienes podían seguir creyendo en él. Si esto llegó a vislumbrarlo en algún momento, el coronel Parker debió encargarse de sepultarlo en lo más profundo de su conciencia.

Y una vez llegado al final del libro, al término de esta triste historia, uno tiene que corregir de alguna manera su inicial idea expuesta en el primer párrafo de este comentario. Y es que, efectivamente, antes de Elvis estaba casi todo, pero solo cuando él llegó comenzó todo.

 

23 de julio de 2025

George Harrison. Conoce la espiritualidad a través de sus canciones (María Jesús Martín)


George Harrison: el beatle que buscó respuestas más allá del aplauso.
Cuando la fama comenzó a devorar a los Beatles, uno de ellos eligió no gritar más fuerte, sino mirar hacia dentro. Esta reseña se adentra en un libro singular: George Harrison. Conoce la espiritualidad a través de sus canciones, de María Jesús Martín. Una lectura que no solo ilumina la música del beatle más introspectivo, sino que también propone un viaje íntimo, donde cada verso se convierte en brújula espiritual. No es solo un libro sobre George. Es una puerta abierta para quien no quiere quedarse solo con el estribillo.


Es sabido que la madre de George escuchaba el servicio de música india de la BBC durante su embarazo, porque notaba que esos extraños sonidos calmaban al bebé que llevaba en su interior. Eran los tiempos del Imperio, previo a la independencia de la India que tendría lugar en 1947. También es conocido que el primer contacto de George con esta música fue en el set de rodaje de Help!, durante una escena en un restaurante en el que unos músicos tocaban con aquellos extraños instrumentos canciones de los propios Beatles.


Y de aquí a que el sitar apareciera en un primer tema del grupo, Norwegian Wood (This Bird Has Flown), tan solo pasaron unos breves meses. Y pronto el interés por esta música arrastró a George a toda una filosofía que resultaba consustancial a aquellos sonidos. El padrinazgo de Ravi Shankar le permitió acercarse a esa espiritualidad por la puerta grande, y de aquí nacieron temas de los Beatles como Love You To, un acercamiento tímido a dicha filosofía.


Este conocimiento llegó en un momento en el que la fama había comenzado a revelarse como un grave inconveniente para los cuatro músicos. A cada uno le afectó de un modo diferente. Al más expuesto, John, le llevó a clamar auxilio por todos los estadios del mundo al tiempo que comenzaba su afición por drogas psicotrópicas. Para George, que también experimentó con LSD, pronto la nueva espiritualidad se conformó como una puerta de escape por la que dejar salir sus frustraciones.  


Su casa se convirtió en un centro de discusiones brahmánicas, reflejadas de algún modo en Within You Without You y devoraba cualquier lectura espiritual que cayese en sus manos, siempre bajo la guía de maestros experimentados. Así, la portada del Sgt. Pepper 's aparecerá poblada de yoguis hindúes, entre ellos el propio Paramahansa Yogananda, de cuya autobiografía George afirmaba tener siempre bastantes ejemplares para poder regalarlos a cuantos consideraba perdidos en sus vidas. The Inner Light también es reflejo de estas lecturas.


Este viaje místico parece tocar techo con la estancia en el ashram de Maharishi Mahesh Yogi en Rishikesh y su final algo decepcionante y extraño. Pero el que el interés público del grupo por estos temas disminuyera no quiere decir que el propio George diera la espalda a ese mundo, al contrario, su compromiso creció aún más, tanto de manera personal como financiera, apoyando causas, creando The Material World Foundation, donando importantes sumas para construir templos Hare Krishna, etc.


Su música perdió la instrumentación india, volvió a conceptos más propios del Occidente pero su mensaje pervivió. Como el propio George señalaba, este mensaje debía hacerse más sutil para llegar a más personas porque, de otro modo, suscitaba rechazo. Así, estas letras comenzaron a reflejar sus experiencias, vaivenes en la fe, nuevos conocimientos, su visión de este mundo material y de la creencia en otro más acorde con sus esperanzas.


Esta influencia es, en ocasiones, discreta, casi imperceptible, como en el caso de Something que George se resistía a reducir a un tema de amor para Pattie. En otros casos, como en los temas Maya Love o Dear One, la referencia resulta más evidente. Pero esta trascendencia siempre estuvo presente en su obra posterior y nacía no tanto de un conocimiento teórico como de su propia experiencia. No puedo dejar de pensar que mientras grababa su versión definitiva de All Things Must Pass, su madre llegaba a la fase final de su enfermedad, que le llegaría apenas tres semanas después de concluir la grabación del tema.


Pero tampoco pensemos que George era un santo varón, poseído por la llama de Krishna. Sus romances fuera del matrimonio son conocidos, incluso su segunda esposa Olivia reconocía con tono lastimero que a George le gustaban mucho las mujeres, dando a entender que no fue la única durante su matrimonio.


Más aún, quien hablaba de la entrega, de que la respuesta se encontraba al final, amasaba una fortuna considerable, se quejaba de los altos impuestos que había de pagar, se endeudaba para producir una película de sus amigos los Monty Python o mostraba todo su resentimiento contra Paul en cuanto la ocasión lo permitía.


Pero así somos todos, carnales y mundanos, apresados por este mundo de piedra, por mucho que queramos elevarnos más allá de nuestras propias debilidades y, por ello, tan relevante es su pensamiento y figura, porque precisamente él nos habla desde la experiencia mutable, desde este mundo material, como un igual que recorre un camino complejo, del que nos habla a través de sus canciones.

 

Y aunque todo esto pueda ser más o menos sabido por cualquiera que conozca algo de la historia de los Beatles, lo cierto es que George Harrison. Conoce la espiritualidad a través de sus canciones (Ed. Círculo Rojo) de María Jesús Martín ofrece una nueva perspectiva totalmente novedosa.


Este libro nace de la convergencia de dos caminos, en apariencia no coincidentes. María Jesús es una devota fan de los músicos, ha impulsado diversas iniciativas en torno a ellos, visitado los santos lugares y devorado cuanto sobre ellos aparece, sean libros, música, testimonios y demás. Tal vez, de manera inconsciente, tiene su opción de beatle favorito, el discreto George. En su prólogo, nos narra cómo de muy jovencita contactó con Genesis Publications cuando se anunció la publicación del volumen Songs by George Harrison Volume Two, a un precio astronómico y en una edición limitada firmada por el propio autor. De la conversación llegó el acuerdo de que pagaría en pequeñas cuotas la suma total según pudiera afrontarlas con sus pequeños ingresos (entiendo que la paga semanal) y, cómo finalmente, acudió en persona a la sede de la editorial para recoger su preciado ejemplar.


El segundo camino es más duro ya que se inicia tras el fallecimiento de su padre de manera algo repentina e inesperada en 2020. Esta pérdida le llevó a lo que denomina como un despertar espiritual que describe con detalle en el libro. Este despertar no debe relacionarse con una religión concreta sino con una especie de trascendencia, de consciencia de que este mundo no es sino una estancia temporal, camino de nuestro verdadero fin.


María Jesús ha dedicado dos años al estudio de estos aspectos al tiempo que ha vivido diversas experiencias fenomenológicas que le han llevado a un cambio de ruta en su vida. Y es precisamente en este punto en el que convergemos con la senda beatle y, más en particular, con la música de George. Desde su nueva consciencia, ha podido comprender muchos de los mensajes que el cantante dejó sutilmente, según sus propias palabras, desperdigados por todas sus canciones.



Para compartir este hallazgo, la autora nos hace una primera introducción a esos conceptos trascendentales que nos resultan tan ajenos. La explicación es sencilla, si bien, no debe uno esperar comprenderlo todo a la primera lectura, ni temer pararse a menudo para volver atrás unos cuantos párrafos. Sin duda, ella lo explica mejor y yo no me siento capacitado para reproducir una mínima parte de sus enseñanzas.


La segunda parte del libro es la que va repasando de manera cronológica la discografía en solitario de George Harrison a partir de Living in The Material World, escogiendo los títulos y pasajes sobre los que quiere reflexionar.


La mecánica es siempre la misma. Se expone el texto original en inglés de la canción o las estrofas correspondientes y la traducción propuesta por la autora para, seguidamente, entrar a explicar de manera sencilla y breve cómo encaja lo escrito con los conceptos teóricos expuestos. También se pone en contexto la canción o el disco, los motivos que pudieron llevar a su composición cuando hay información al respecto y otras informaciones curiosas y no muy difundidas. Especialmente interesante me ha resultado la relativa a la portada de Living In The Material World, usando la técnica de Kirian de la mano de George sosteniendo un medallón hindú y la explicación espiritual que de todo ello se deriva.


La autora explica algunas de estas cuestiones y permite la compra del libro, cuyos ingresos son destinados parcialmente a The Material World Foundation. También nos comparte una playlist con las canciones seleccionadas y comentadas en el libro, que comparto igualmente más abajo.


El texto es breve y el estilo sencillo. Que nadie espere beaterismo ni proselitismo, tan solo unas explicaciones sobre unas canciones que nos ofrecen una nueva dimensión que podía habernos pasado por alto. No escondo que algunas de las canciones explicadas como If You Believe to Blow Away nunca me parecieron emparentadas con The Answer 's At The End, por ejemplo. Así que este libro es un perfecto complemento para quienes quieran tan solo acercarse a la música de George desde una perspectiva alternativa.


Pero tampoco se puede descartar que la lectura del libro y la profundización en los conceptos aquí recogidos, las muchas lecturas sugeridas o citadas por la autora o las propias referencias de George puedan iluminar la conciencia. Tengo por cierto que este libro breve se puede leer y releer pasado el tiempo con aún mayor aprovechamiento y disfrute porque es un artefacto de largo efecto y, porque como el dicho hindú expresa, y George cantó en Any Road, cuando uno no sabe a dónde ir, cualquier camino le puede llevar allí.

 

 

 

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