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19 de marzo de 2026

Arsenio Lupín, caballero ladrón (Maurice Lebanc)

 


El éxito de Sherlock Holmes trascendió las fronteras británicas y pronto comenzaron a surgir imitaciones que buscaban no solo replicar el triunfo económico de los periódicos y revistas que difundían aquellas historias, sino también alcanzar su prestigio literario.

En Francia, los directores de la revista Je sais tout encargaron a Maurice Leblanc, un escritor ya prometedor en el panorama literario del país, la creación de un personaje capaz de rivalizar con el flemático detective inglés. La primera historia, El arresto de Arsenio Lupin, se publicó en esa revista en 1905, logrando un éxito inmediato que dio lugar a numerosas entregas adicionales.

Sin embargo, Leblanc no se limitó a seguir la intención inicial. Decidió dar vida a un protagonista cuyas aventuras reflejaban un eco lejano de las de Holmes, pero desde la perspectiva del malhechor, del ladrón audaz. Esta elección revela la diferencia entre la filosofía británica, marcada por una moral protestante rígida, y el espíritu francés, que supo capitalizar la simpatía que el ladrón despierta en la imaginación popular, especialmente cuando se muestra más sagaz que la policía, ridiculiza a los magnates, desprecia la parafernalia de la alta burguesía o realiza golpes que recuerdan a Robin Hood, otro mito de la tradición británica.

Arsenio Lupin es una magistral creación de Leblanc, en la que un ladrón de cuello blanco, maestro del disfraz y de la astucia, conquista la admiración de los lectores gracias a la audacia de sus golpes y a la ironía con que los ejecuta. En muchas de sus aventuras, el robo no responde tanto a la ambición económica como a un desafío intelectual, un arte en sí mismo. Lo que motiva a Lupin es la complejidad del delito, la brillantez de la estrategia y la elegancia de ejecutar un golpe a plena luz del día, con la complicidad de la víctima o incluso con la colaboración involuntaria de la policía, si es posible.

Este ingenioso protagonista despierta simpatía tanto en los personajes con los que interactúa como en los lectores, que avanzan por las páginas con asombro y deleite. La narración recurre a recursos sofisticados: a veces un narrador que asegura ser amigo o conocedor de Lupin transmite lo que este le confía, al modo de Watson; en otras ocasiones, la historia se narra en primera persona, como si el propio Lupin compartiera directamente sus impresiones, para luego revelar que el narrador era en realidad destinatario de una confesión del ladrón.

Su habilidad para el disfraz se convierte en uno de los rasgos más distintivos del personaje, pues en muchos de sus golpes la clave radica en hacerse pasar por otra persona y acercarse a la víctima hasta dejarla indefensa. Por eso, Leblanc lo denomina con justicia maestro del disfraz.

Aunque cada relato es independiente, se perciben elementos de continuidad: la aparición de una misteriosa señorita en varios cuentos, la narración de su encarcelamiento y posterior fuga, o las alusiones a golpes previos que remiten a aventuras anteriores.



Como guiño a una “revancha” con sabor nacional, en la última historia surge un trasunto de Sherlock Holmes, rebautizado como Herlock Sholmes para evitar litigios legales. A pesar de conservar su agudeza deductiva, el detective inglés es humillado por la sagacidad francesa, quedando relegado a un papel secundario frente al vivaz y risueño Lupin. Años después, Leblanc dedicaría un volumen entero a este curioso duelo literario: Arsène Lupin contra Herlock Sholmes (1908).

El juego de espejos y referencias alcanza gran ingenio, con relatos en los que Lupin debe competir con otros expertos en el arte del hurto, desenmascarar impostores que intentan usurpar su identidad o asumir el papel de detective al presenciar un crimen, aunque su objetivo no sea entregar al culpable a la justicia sino apropiarse del botín.

Estas historias se leen con soltura y frescura, sin la sensación que a veces provocan Conan Doyle o Agatha Christie de ocultar información decisiva o forzar la lógica deductiva. En Leblanc, la verosimilitud es más plausible, el tono más humano y el universo de Lupin tan novelesco como ingenioso, reflejando la sofisticación, el glamour y la elegancia de la Belle Époque.

Además, Arsenio Lupin no solo representa un ladrón ingenioso, sino que encarna también los ideales de la Belle Époque: la fascinación por el refinamiento, la modernidad, la cultura y el entretenimiento, todo ello envuelto en un aura de elegancia y juego. Las historias permiten apreciar la sociedad de la época a través de los pequeños detalles, los modales, la arquitectura, la moda y la interacción entre clases sociales, lo que convierte a los relatos no solo en aventuras, sino en un fresco cultural que complementa la astucia y el ingenio del protagonista.

Con este primer libro de aventuras, Arsenio Lupin, caballero ladrón, Leblanc recopiló sus primeros relatos y aseguró una larga carrera para su personaje que, como su inspiración británica, pronto llegaría al cine con adaptaciones de distinta calidad. Creado el gusto por Lupin, solo nos queda disfrutar de sus aventuras y prepararnos para continuar con la saga en los otros cuatro títulos restantes que se nos presentan cómodamente en este volumen que recoge los cinco libros de Leblanc sobre este curioso personaje.

En sus páginas, el lector seguirá maravillándose ante las infinitas posibilidades de un género que, aunque inicialmente pudiera parecer prosaico, ha aportado a la literatura un reflejo de nuestra diversidad, ingenio, doble moral social y ese íntimo y perverso deseo de ver cómo a veces el mal triunfa sin necesidad de sentirnos culpables.

 



11 de marzo de 2026

Una mujer / No he salido de mi noche (Annie Ernaux)


 

 I


Annie Ernaux ha desarrollado una carrera literaria extensa tomando como referencia principal hechos de su propia biografía, no porque ésta cuente con elementos que la hagan especialmente relevante, epítome de su tiempo, sino precisamente por todo lo contrario, porque pueden ser hechos parejos a los que afronta cualquier persona en sus mismas circunstancias.


Este género, la autoficción, que ha venido ganando adeptos en las últimas décadas y que cuenta con notables autores, especialmente en Francia, se revela como un terreno abonado para la mala literatura. Lo que puede resultar relevante para el autor, los hechos que dotan de sentido a sus experiencias, se tornan en gran parte de las ocasiones fríos e irrelevantes para quien no logre conectar con ellos. Esa distancia entre la percepción de lo vivido en primera o tercera persona suele resultar en la intrascendencia de las obras. Por otro lado, tampoco ayuda mucho la tópica recomendación de que uno ha de vivir primero y luego escribir, que se suele confundir con contar “lo vivido”, no contar “desde lo vivido”, que no es lo mismo.

 

Pero, formulado este desahogo, en manos de un escritor capaz, el género puede convertirse en un excelente modo de reflexionar y narrar, de conectar con un lector ávido de identificarse con lo que lee, de extraer su propio análisis. Ernaux ha recibido el reconocimiento del Premio Nobel de Literatura en el año 2022, precisamente por su habilidad para implicar al lector en esas narraciones, mezcla de biografía y literatura, un estilo muy personal y definitorio, inimitable sin caer en el puro plagio.  

 

Para lograr este resultado, la autora francesa parte de una integridad y un respeto absoluto a la premisa que se ha marcado, que no es otra que escribir para desnudarse totalmente, a ella y a su entorno, sin condescendencia ni piedad, casi una autopsia con olor a formol y antisépticos.  

 

En Una mujer (editorial Cabaret Voltaire con traducción de Lydia Vázquez) publicada en el año 1987, Ernaux nos cuenta la vida de su madre, esa mujer a la que se refiere el título. Ya desde las primeras páginas traza su objetivo claro. Blanche Duchesne ha fallecido apenas semanas antes de que comience a escribir el manuscrito tras unos dos años enferma de Alzheimer y de haber pasado por varias residencias, concluyendo así un periodo de enfermedad e idas y venidas, un tiempo en el que la madre ha ido a vivir con la hija para facilitar su cuidado dado que los nietos la alegran y que Annie se ha divorciado, por lo que se pueden hacer compañía mutua.

 

La imagen dolorosa de estos últimos años rompe con la que tiene de su madre en los tiempos en que ella era una niña, cuando la veía como un ser portentoso, alegre, un dios para ella, omnipotente y ubicua. También la ve diferente de aquella mujer que juzgaba sus ansias de libertad ya en la adolescencia, que cuestionaba sus gustos, ropa y novios cuando ya estaba en la Universidad, sus amoríos, nada que no ocurra a cada hijo e hija.

 

La conciencia individual nos permite crear una imagen propia, un relato autobiográfico, que no tiene por qué ser único ni estable en el tiempo, pero de hecho parece que estamos preparados para crear una idea de continuidad de nuestras vidas. Pero en lo que hace a las ajenas, lo único que tenemos son imágenes, anécdotas, confesiones, pero nunca una imagen completa engarzada en un hilo narrativo. Tratar de recrear la vida de su madre desde un punto de vista orgánico y completo es el intento de unir todas esas imágenes y recuerdos, de conciliar sus sentimientos encontrados con todas aquellas mujeres que se rebelaron diferentes a lo largo de la vida que compartieron madre e hija. También es, seguro, un modo de equilibrar los tristes recuerdos de los últimos años, que siempre pesan con mayor crudeza, y que son los más dolorosos cuando se ha pasado por trances complicados al final de la vida, como bien sabe quién haya pasado por una experiencia pareja.

 

La reconstrucción se remonta al nacimiento de su madre, en una familia de un entorno rural en el que las duras condiciones de vida solo tienen una posible vía de escape, pasar a convertirse en proletarios. Así, la madre dejará de bregar pronto con animales y cultivos para entrar a trabajar en una fábrica de mantequilla, un ambiente aún muy ligado a lo rural, un trabajo no muy agradable del que sale cuando una gran factoría dedicada a la cordelería se instala en la zona. Su madre se convierte así, al fin, en una orgullosa trabajadora fabril, un salto de clase, un inicio de relaciones más allá de los rudos campesinos con los que conviven sus padres y, el lugar en el que conocerá a su marido, de una clase social ya más asentada pero que, pese a ello, o precisamente por ello, carece de la ambición de ascenso social de su esposa.

 

La inquieta joven empuja a su marido a mudarse a otro pueblo, una pequeña localidad en la que compran un negocio, mezcla de tienda de todo y cafetería, un negocio que terminará por esclavizar a la madre pero que siempre será el símbolo de haber vuelto a dar un salto social, de ser propietaria, la dueña de un negocio, sin jefes a los que servir, aunque haya de humillarse y someterse de continuo a los caprichos de sus clientes, al miedo de que se establezca una tienda que les haga la competencia, de que cualquier mal gesto la torne antipática y se genere una reacción que haga huir a sus clientes.

 

Y Ernaux nos va desvelando la vida de esa joven animosa, bella según se desprende de las fotografías, pero conservando un cierto aire de tosquedad, autenticidad podríamos decir piadosamente, una mujer que ha traído al mundo a Annie y para quien se convertirá en la referencia absoluta. De ella aprenderá lo que debe y no debe hacerse, a vestir con poco dinero pero mucha dignidad, a reutilizar todo lo que deba y pueda ser reutilizado, a comer de manera sencilla, frugal pero reconfortante, a leer los folletines románticos de la época, a no olvidar a la hermana muerta, una ausencia que Annie siempre creerá que no será capaz de hacer olvidar, una culpa original, maldita.

 


Pero según Annie crece, la lozanía de su madre se va ajando. Cuando le llegue la menstruación parecerá suscitar el rencor de la madre a la que pronto se le retirará, o tal vez sea la propia Annie la que comienza a ver en su madre ya no la figura superior, el referente diario, sino que empezará a sufrir sus frenos, la obligación de estar en casa pronto, de no armar alboroto, la que juzga con una mirada severa, sin palabras, cuanto parezca alegrar a la joven. Un cambio de sentimientos, anticipo del choque que pronto llegará, de ese momento en el que un hijo ha de enfrentarse al orden de sus padres, creer peor todo lo que se le proponga, cuestionar y juzgar.

 

Y Annie va sintiendo mientras escribe este libro la ligazón con su madre, aquella que no pudo percibir en su momento, reconciliándose de alguna manera con ella, porque tal vez solo la muerte permite cerrar una etapa y hacer balance, o mejor aún, porque para la autora poner por escrito estos sentimientos, exponerse al lector y a sí misma, explorar las escenas que puede recuperar a través de fotografías, cartas o recuerdos, muchas veces alterados por el tiempo, permite ese ejercicio de introspección. El estilo de la autora se muestra directo e implacable, lacónico en ocasiones, duro. Sus palabras no buscan el consuelo, el perdón o la comprensión, parecen tan solo dirigidas a un jurado imparcial que aguarda impaciente para emitir un veredicto que nunca será benévolo con la autora, porque el libro es una reflexión tanto sobre la madre como sobre la propia hija, a fin de cuentas, es a través de sus ojos como la ve. No recurre a cómo pudo percibirla el resto de la familia, sus amigas, qué pudo significar para su padre, qué atributos habría destacado éste de aquella. El único punto de vista es el de Ernaux, el de la hija convertida en el narrador y explorador de su propia vida a través de los puntos de contacto con su madre. Una experiencia sobrecogedora en ocasiones, tierna y dolorosa en otras. Como señala la autora, durante el proceso de escritura logra distanciarse del dolor de las primeras semanas tras su muerte, convirtiendo a su madre de alguna manera en un arquetipo que puede contemplar con cierta equidistancia, para juzgarla, hacerla humana en suma.

Y como tantas veces ocurre, la hija odia a la madre por verse reflejada en ella, por comprender en su madre lo que odia en sí misma, una experiencia dolorosa porque los dardos realmente van dirigidos contra Ernaux, no contra su madre. El relato va adentrándose en los últimos años de la mujer, en su deterioro físico y mental, en los despistes premonitorios y en las grandes lagunas en un tiempo en el que los recuerdos lejanos están más presentes que el lugar en el que se acaban de olvidar las gafas, en el que las entradas y salidas del hospital comienzan a convertirse en rutina, y la última visita en la residencia, saliendo, como siempre, con prisa, agobiada por el dolor, por la presencia de tanto olor a muerte, de tantos ancianos, una realidad que no quiere ver pero que añorará cuando la llamen al día siguiente, lunes por la mañana, para informarle de que su madre ha fallecido. La prefería loca que muerta, asegura ahora.

 

El libro se cierra de manera conmovedora y certera cuando la autora asegura que He perdido el último vínculo con el mundo del que he salido, y por ello pasamos y pasaremos todos. 



 

 

II


 Pero Annie Ernaux no se detiene en este empeño, retomando diez años después, en 1997 los últimos años de su madre en No he salido de mi noche (publicado por Cabaret Voltaire y nuevamente traducida por Lydia Vázquez).

 

En esta obra, que no llega a cien páginas, Ernaux retoma las notas, breves y esquemáticas en ocasiones, que fue tomando durante los dos años en que su madre habitó esa noche a que se había referido en la última carta que escribió para una amiga y que nunca llegó a enviar.

  

Esa noche es el Alzheimer, que la fue desposeyendo de la vida tal y como la conocía y forzando a su hija a un proceso doloroso para tratar de casar esos horribles años con la imagen plena y vital que había conocido hasta entonces. Ernaux va recorriendo el proceso paulatino, no siempre lineal de esta enfermedad. Un proceso en el que parece haber ocasiones en las que la lucidez se impone, para luego caer en una absoluta falta de sentido. Donde su madre puede hablar con personas fallecidas hace años o confundir a su propia hija con una compañera de habitación o en la que encontrar una defecación en el cajón de la mesilla de noche resulta habitual. Ernaux siente el dolor al abandonar la residencia tras unas breves horas de visita rutinaria, dejando allí a su madre, con una mirada perdida, deseando volver a la seguridad del hogar, un alivio que trae consigo la culpa, el reproche. Y con la lectura de estas anotaciones el lector acompaña a la autora por las fases de la enfermedad, la que padece la madre y la que se contagia a la hija, pues nadie sale indemne de semejante trance.


Como en una cinta de Moebius, los papeles comienzan a intercambiarse en algún punto y la madre pasa a ocupar el papel de la niña y ésta la de aquella. Hay momentos en que la madre grita a voz en cuello cuando la ve entrar en el comedor para que todas sus compañeras la oigan que ahí llega su hija, un orgullo que parece nacer de algún recoveco aún vivo de su mente, un momento escalofriante y conmovedor que se desvanece a los pocos segundos cuando le pregunta con indiferencia que cuando se pone la comida y le recrimina que no le paga bien, confundiéndola con el capataz de la cordelería en la que trabajó de joven.

 

Aunque en este libro la elaboración es menor que en Una mujer, al responder a la colección de notas, apenas sin edición, el relato retoma la dureza del juicio sobre ella misma, su inasequible voluntad de llegar al fondo, a costa de lo que sea, de su sufrimiento y dolor. Por sus páginas aparecen imágenes tiernas, como la de los ancianos caminando por los pasillos, aferrados a las barandillas de apoyo, esperando en el comedor horas antes de que se sirva la comida, doblando una y otra vez las servilletas, los gritos que llegan desde cualquier habitación, el intenso olor a orines, los suelos pegajosos, la ausencia de una vecina de habitación que desaparece y en apenas unas horas es sustituida por otra. Escenas sin consuelo, sin tregua para el espíritu, una realidad que hay que tocar aunque no nos guste.

 

Y Ernaux lo hace, la palpa y la toca, la mira a los ojos aunque se le nublen, de dolor o de culpa, de resentimiento o de rabia. Pero esas notas que escribe agotada por las noches se convierten en el modo de aferrarse a lo poco que va quedando de su madre, a ese cascarón que se vacía a raudales, y que ella trata de preservar, de acaparar casi con avaricia en cada pequeño detalle que atesora para el futuro, para cuando ella no esté.  

 

Pocas lecciones pueden aprenderse de esta obra. El final es conocido y cada uno que pase por esta situación la enfrentará de un modo diferente. Sin embargo, el principal motivo para sugerir la lectura es ahondar en la profundidad del compromiso de su autora con la Literatura, con sus convicciones firmes en torno a la vida, la coherencia, la autoexigencia y la verdad. Tal vez por estas cosas y otras tantas le concedieron en 2022 el Premio Nobel de Literatura y tal vez por ello la lectura de estos libros será imprescindible para conocer quiénes somos.



 

 




2 de enero de 2024

Civilizaciones (Laurent Binet)


 

 

Civilizaciones es la última novela de Binet Laurent  (Seix Barral, 2020), completando un arco que va desde la pura narración basada en hechos reales (AHHhH) y la mezcla de realidad y ficción (La séptima función del lenguaje), hasta lanzarse a la pura invención torciendo el brazo a toda la Historia de la Edad Moderna.

 

En el mundo imaginario de Civilizaciones, los pueblos amerindios han sido previamente visitados por los feroces vikingos que, al margen de unos cuantos mitos, les han dejado importantes avances como la rueda, los caballos y mejoras metalúrgicas.

 

Así, cuando Colón se asoma al Caribe en 1492, encontrará unos pueblos algo más avezados que los pacíficos taínos prendidos de sus espejitos y cuentas que nos resultan tan familiares. Por el contrario, la ferocidad y determinación de estos pueblos frustra su regreso a Castilla y, por tanto, para la Europa de la época, su viaje será tan solo un fracaso más del que no se tiene noticia, tan solo la intuición de que, como todos venían sospechando, los cálculos del marino estaban errados.

 

Así que los europeos se vuelcan, abandonando para siempre la vía atlántica, en doblar el Cabo de Buena Esperanza para llegar al comercio con las Indias Orientales y romper así el monopolio árabe de la Ruta de la Seda. Pero, entre tanto, una guerra civil desangra el país de los Incas. En esta lucha, Atahualpa sale el peor parado y debe huir hacia el norte, a través de la espina dorsal de los Andes, perseguido por su hermano en una lucha a muerte. Atahualpa llega al Golfo de México y, tratando de zafarse definitivamente de su hermano, cruza a Cuba en pequeñas barcas con todo su séquito y el ejército que le acompaña.

 

En Cuba será bien recibido, pero poco durará su dicha puesto que las tropas de su hermano están asaltando todas las pequeñas islas caribeñas y no resta demasiado para que la batalla final tenga lugar, con la segura extinción de la estirpe atahualpeña.

 

En este trance, las carabelas varadas y los recuerdos de lo que los viajeros castellanos contaron de su patria a los cubanos comienzan a dar forma a una suerte de escapatoria definitiva, un salto al vacío desapareciendo del mundo conocido, del Viejo Mundo, para cruzar el Atlántico y llegar así a un Nuevo Mundo en el que poder asentarse, ya se verá cómo y qué relación se establecerá con sus habitantes.  

 

Los bravos incas cruzan el mar y llegan a una asolada Lisboa, destruida por un reciente terremoto, lo que pone de manifiesto la debilidad en que se encuentra el reino, permitiendo que Atahualpa y sus generales conozcan las peculiaridades de estos habitantes del Nuevo Mundo, sus costumbres, religión, gobierno y cuanto es necesario para trabar un conocimiento que pronto les será de gran utilidad.

 

Hasta aquí el destripamiento de la trama. Lo que vendrá a partir de este momento queda para el lector interesado en leer la novela. Baste decir que muchos de los hechos históricos que hoy conocemos se mantendrán, si bien, con importantes alteraciones. La batalla de Lepanto, las guerras de religión, la piratería berberisca, los enfrentamientos entre campesinos y nobles, todo ello tendrá un nuevo cariz con la presencia de estos visitantes para los que nuestro viejo continente es el Nuevo Mundo y del que se sienten extrañados por nuestra fe, nuestra tiranía, afán de riqueza y abuso.

 

Reescribir la Historia nos coloca en una situación de extrañeza que desestabiliza parte de nuestro egoísta eurocentrismo. Nos vemos descritos como bárbaros a los que se debe tutelar, como pequeñas tribus divididas por creencias religiosas, cuestiones de clase, nacionalismos de simples ciudades o comarcas, y un sinfín más de simplezas de las que los incas sabrán tomar partido.

 

La gesta ya no es que un puñado de valientes conquiste un imperio, la gesta es haber sido dominados por una fuerza que, con los presupuestos de Binet, se presenta como una alternativa real y plausible. Estar en el lado perdedor de la Historia puede hacernos replantear muchas cuestiones. Si bien la Edad Moderna es el despertar definitivo de Europa en el concierto mundial, no lo fue con motivo de una superioridad de raza o de valores, tal y como venían a sostener los pensadores del imperialismo del siglo XIX. Al contrario, esta obra pone el acento en unos cuantos hechos alternativos que desencadenan unas consecuencias casi implacables y lógicas, si estas palabras pudieran aplicarse a la Historia.



Es probable que muchos historiadores o aficionados a serlo objeten muchas de las cuestiones que dibuja Binet, que se planteen si realmente era posible que los hechos se desencadenaran del modo en que lo narra. Poco importa de hecho. En el curso de la lectura, obviando nuestro conocimiento de lo que realmente fue, no parecen detectarse excesivas piruetas, al menos, no mayores que las que el descubrimiento real del Nuevo Mundo supuso. Éste es sin duda un logro de la obra que no debe quedar empañado porque nos presente a unos incas menos sanguinarios que los reales, más preocupados por el bienestar de su pueblo que lo que realmente estuvieron, con una religión capaz de ser asumida como un final  lógico de las creencias cristianas y así en adelante. Si el lector se detiene a cuestionar cada afirmación, cada hecho narrado, perderá el hilo del disfrute y de la imaginación que es parte del juego que este tipo de obras requiere. Es como asistir a un espectáculo de magia molesto porque, en realidad, no hay magia sino truco.


Y éste es el principal mérito de la obra, y no es pequeño. Elegir un punto de la Historia y darle una vuelta de tuerca para, a partir de ese cambio, extraer las consecuencias a futuro. Sin embargo, esto puede funcionar como guión de un podcast de historia ficción o similar ahora que están tan de moda este tipo de ucronías que incluso han saltado con éxito al mundo de las series. Pero para una novela, más aún, para un autor como Binet que ha demostrado un elevado arte para combinar una trama novelesca de auténtico interés con un argumento de mayor peso filosófico o histórico, Civilizaciones parece quedarse en una primera escritura de la novela, a falta de añadirle ese argumento, esa subtrama, los personajes que la doten de una vida más allá del mero artificio recreacionista.

 

La inclusión de personajes de ficción tan solo pretende impulsar y completar la trama histórica. Tampoco se explican muy bien las apariciones de Cervantes, Montaigne o Miguel Ángel que más bien vienen a completar pasajes que no aportan excesivo interés. Queda, por tanto, un regusto amargo al sentir que la idea central de la novela es brillante y ofrece innumerables posibilidades que, de algún modo, han quedado en un texto frío por su mecánico discurrir por los principales hechos del siglo XVI y XVII pero que carece de una historia que es lo que, en definitiva, diferencia una novela de un ensayo.

 

Como toda opinión, ésta puede ser tan errada como el viaje de Colón presentado en estas páginas y por tanto, puede ser contradicha. Nada de lo escrito resta mérito a la labor del autor que, no se puede negar, escribe con arte y sabiduría aunque en esta ocasión no llegue a colmarnos. Impecable es también la labor del traductor, Antonio García Ortega, que ha vertido a nuestra lengua las dos novelas anteriores de Binet. Para quienes gusten de este género, pocos libros podrá encontrar mejor escritos entre tanto auge reciente. Para el resto, siempre quedarán las crónicas de los conquistadores, que aúnan ficción y realidad con la misma maestría.

 

 

 

14 de septiembre de 2023

Rojo y Negro (Stendhal)

 


 

Cuando uno lee un libro y trata de reflexionar sobre la obra, lo hace inevitablemente desde esa perspectiva pasiva, como receptor del mensaje, intérprete de lo leído y siempre en función de lo que ha sentido y elucubrado durante la lectura. Sin embargo, en demasiadas ocasiones olvidamos lo que realmente es el origen último del libro, su autor y el proceso de escritura del texto que nosotros leemos pero que antes alguien ha tenido que escribir.

Y es desde este punto de vista como podemos percibir en autores como Stendhal y libros como Rojo y Negro (Editorial Alba, traducido y anotado por María Teresa Gallego Urrutia) el inmenso goce de la escritura, el placer por demorar las tramas, reflexionar y agotar las exposiciones, reproducir las conversaciones incluso en sus repeticiones y circunloquios más prescindibles; los paisajes pintados con la misma minuciosidad que los rasgos de carácter del protagonista o las tensiones entre los personajes.

Así, como es el caso, podemos adivinar el goce del autor al escribir y su enérgica voluntad para no perder ese entusiasmo hasta la última página, y cuando todo ello va unido a una pasmosa facilidad por narrar de manera sencilla pero efectiva, directa pero elegante, fluida pero íntima, nos encontramos ante una obra maestra.

Y todo ello sin que necesariamente el asunto tratado realmente nos atraiga de una manera especial o que los personajes susciten en nosotros una simpatía que nos lleve a empatizar con sus desvelos. Incluso cuando desconocemos gran parte de los acontecimientos históricos que subyacen a la trama y que tan importantes resultaban para el autor pero que en su día, no precisaban ser explicitados por resultar de común conocimiento a la fecha de la publicación de la obra.

Comencemos por este punto. Tras la derrota de Napoleón en Waterloo, se produjo la restauración en el trono de los Borrones, en la figura de Luis XVIII, sobrino del decapitado Luis XIV. A Luis, le sucedió Carlos X. El extremismo de gran parte de sus partidarios, que lucharon por reducir aún más la participación de las clases burguesas en el gobierno, en un tiempo en el que el desarrollo industrial estaba comenzando a despegar, trajo una serie de tensiones entre los partidarios de una apertura, bien al modo de la monarquía británica, bien al de un nuevo Napoleón, y quienes querían el regreso al Antiguo Régimen.

Una serie de revueltas en París durante tres días de 1830, fuerzan el derrocamiento de Carlos X y se entrona a Luis Feñipede Orleans como nuevo monarca, un rey burgués de efímero reinado.

Julien Sorel, el protagonista de Rojo y Negro, es hijo de un acaudalado carpintero de una población inventada, Verrières, en el Franco Condado. Sus escasas dotes para el trabajo físico y su despierta inteligencia le acercarán a los estudios bíblicos y a una más que probable ordenación, gracias al interés que se toma un sacerdote local. Así, merced a sus estudios de latín y teología, pronto consigue el puesto de preceptor de los hijos del alcalde de la población y comienza así una carrera en la que se verá de continuo catapultado a las más altas posiciones hasta formar parte del servicio del marqués de La Mole, a cuyas órdenes realizará diversas labores políticas en favor del partido de la reacción.

Pero, pese a lo que podamos creer, Sorel realmente no parece en su fuero interno un ferviente seguidor de dicho bando. Antes bien, admira a Napoleón y lamenta no haber nacido unos años antes para haber formado parte de su ejército y obtener así la gloria. Con su elevada inteligencia y su desmesurada autoestima, no renuncia a esa fama y reconocimiento, si bien, en estos tiempos, deberá buscarla entre unas clases a las que desprecia en secreto, pero de las que tratará de aprovecharse para medrar.

 

 

 

Sin embargo, no las desprecia hasta el punto de renunciar a sus ventajas ni, muy especialmente, a enamorarse y enamorar a las esposas fieles y devotas de sus señores.  Se nos presenta así el amor romántico, casi un preludio de la literatura que estará por llegar pocas décadas después. Stendhal anticipa esa mezcla entre deber y deseo, hipocresía y sinceridad, freno y pasión, que tantas obras repitieron a lo largo del siglo XIX.

Pero todo esto no deja de ser una sencilla suposición porque nada queda claro en el texto. En ocasiones podemos inclinarnos a pensar así, en otras podemos creer que Sorel solo busca el amor en las mujeres que en su infancia le fue negado o que su ambición sin freno puede más que las razones del corazón, que sus conquistas son tan solo una herramienta más en su egoísta vida y que, como el protagonista de la canción de los burgueses de Jacques Brel, él es partidario, por encima de todo, de sí mismo.

Porque, si algún mérito tiene este libro, ése es el de cerrar la última página y no tener una respuesta definitiva. Este Sorel nos sigue resultando tan inaprehensible como lo es nuestro vecino de arriba, al que vemos todos los días, del que conocemos gran parte de su vida pero del que no podemos decir con seguridad en qué cree realmente. Algunos lo llaman novela sicológica pero, en realidad, es realismo simple y puro ya que todos deducimos la psique del prójimo tomando torpemente como referencia lo que afirman y sus actos, un acertijo que no suele tener forma de contraste.

Éste es el nudo gordiano de la novela sicológica, de Rojo y Negro, ése ir y venir entre un extremo y otro sin saber cuál es la verdadera intención, y todo ello pese a los alardes de diálogos interiores que, cuanto más extensos, más a confusión nos llevan. Y si alguien, llegado el final del libro, con el giro de acontecimientos de los últimos capítulos, cree aclarado el misterio, deberá antes bien meditar sobre las largas y apasionadas páginas que preceden y en cuál de todas ellas se recoge el alma de Sorel, igual que ninguno de nuestros actos da testimonio completo de la nuestra.