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5 de julio de 2026

Memoria de chica / El acontecimiento (Annie Ernaux)

 


 

Memoria de chica, editada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez, fue publicada en 2016 y nos coloca nuevamente en el terreno de la biografía de Annie Ernaux, retomando capítulos de su vida a fin de indagar en quién fue, qué le ha llevado a ser quien hoy es.

 

Como ya vimos en Una mujer, esta retrospección tiene por fin rehacer un relato y conciliar la imagen de la chica que fue en el periodo crucial que abarca el verano del 58 y los años posteriores, el apogeo de su adolescencia, con la mujer que hoy es.

 

Y este esfuerzo es tan notable que precisamente a aquella chica la llamará la chica del 58, en oposición a la que luego será la chica del 59 y, definitivamente, la autora actual. Esta difícil conjugación le lleva a preguntarse si cuando habla de ella ha de hacerlo como si fuera un personaje de ficción,refiriéndose a ella en tercera persona como si nada de aquel ser tuviera que ver con la actual Annie Ernaux, tan ajena a la chica que vivió en aquel periodo su despertar sexual.

 

Porque Annie Dúchense había vivido hasta los dieciocho años en un entorno protegido. Era la lista de la clase, la más refinada, con aspiraciones culturales, pero cuando llega al campamento de verano como monitora, con apenas contactos previos con chicos y solo con chicas toscas, comprende que ha llegado a un lugar que no le pertenece, ese sentimiento que no le abandonará el resto de su vida, una cierta impresión de desclasamiento, de errónea ubicación. Con el ansia de la conversa se lanza a recuperar el tiempo perdido, a mostrarse más desinhibida de lo que es, a comprender que la cárcel de sus padres es el mayor lastre que arrastra. A los tres días, ella y varias monitoras bajan a una fiesta de chicos y Annie se enamora de H., un atractivo monitor de 22 años que la mira como nunca nadie lo ha hecho y termina acostándose con él. No logra penetrarla, la tengo muy gorda es la explicación que él le da, pero se corre en su boca y ella lo acepta todo, asume que el único placer que importa es el del hombre. Y vuelve a su habitación envuelta en un mundo imaginario de romance y amor, un sentimiento de renacer que queda destrozado al día siguiente. H. no le presta apenas atención, ahora parece fijarse en la jefa de las monitoras, una rubia imponente. Pero su aventura ha trascendido, todos se burlan, la miran, murmuran a sus espaldas o a la cara, en el cristal de su cuarto de baño descubre pintado con pasta de dientes un insulto. Y así transcurre el verano en el campamento, un lugar que ha vuelto a visitar durante el proceso de escritura, un escenario que le cuesta reconocer pero que le causa impresiones contradictorias mientras continúa recordando.

 

En otra fiesta, cuando la monitora jefa ha regresado por unos días a su casa, vuelven a acostarse, aquí ya hay penetración plena, sus bragas manchadas de sangre son la prueba, el galardón del que ella se sentirá tan orgullosa. Pero él le reconoce que ni ella ni la rubia cañón son el amor de su vida, le señala la foto de su novia, una joven que no parece destacar por nada en particular.

 

El campamento acaba y Annie tiene que estudiar, abandona el pueblo, se instala en Rouen, en una residencia de monjas, con compañeras que apenas pueden soñar con lo que ella ha hecho, pero no sabe permanecer discreta. Nuevamente vuelve a causar malestar a su alrededor. No logra estar nunca en el lugar correcto con la actitud correcta. 

 

Entretanto traza un plan para conquistar a H. que trabaja en la misma ciudad, como profesor de gimnasia. Pretende teñirse el pelo, parecerse más a la rubia, comenzar clases de natación, sacar el carnet de conducir, un programa completo que acompaña de su deseo de estudiar filosofía. Ésta es ya la chica del 59, abandona los deseos sexuales, la regla se le retira durante dos años. Pero tampoco con esta muchacha logrará la Annie autora establecer un vínculo. El destino que parece tener reservado, estudiar Magisterio, no le genera interés. Entrará en el curso correspondiente con gran orgullo de su padre pero disgusto de la madre que prefiere que estudie en la Universidad, siempre más ambiciosa que el resto de la familia. Y, finalmente, tendrá razón. Abandona el curso de Magisterio y para no volver al pueblo, no avergonzar a los padres ante los vecinos por un paso en falso, decide irse con una compañera como Au-Pair a Inglaterra. A su regreso, las clases de filosofía le hacen comprender una nueva realidad.

 

Estudiando a los grandes filósofos comprende que su vida ha carecido de sentido, que no ha sido más que una pequeña estúpida. La lectura de El segundo sexo de Simone de Beauvoir se convierte en una pequeña epifanía, la certeza de que la primera penetración siempre es una violación, que todo el sistema gira en torno a la opresión de los hombres, de su continuo abuso.        

 

Ernaux se pregunta cómo ha de escribir sobre esta chica, desde el conocimiento y valores que hoy mantiene o conforme lo que ella era entonces, tan despreocupada por su entorno social, por la guerra de Argelia, por todo cuanto no fuera ella misma. Con qué ojos mirarla, con qué lengua describirla, con la facilona retórica de aquellos años jóvenes o con la profundidad y posó alcanzado por los años. La autora recurre a fotografías, carpetas escolares, cartas enviadas a una amiga del pueblo que ésta le ha devuelto como regalo hace unos años y sobre esos materiales y el recuerdo va construyendo esa memoria de aquella chica.

 

Enaux no ahorra detalles íntimos sonrojantes, no guarda piedad para aquella muchacha desnortada, zarandeada por las convenciones sociales y un ímpetu que no sabía dominar, un despojo casi a sus ojos actuales, una vergüenza que comparte con el lector, casi invitándole a que también juzgue con dureza a aquella muchacha. Porque Ernaux no busca redención o suscitar compasión, al contrario, es fría y glacial como asegura que lo era con las niñas del campamento. Abundan los detalles sexuales, los muchos monitores con los que se acostó entre una cúpula y otra de H. aunque tal vez ningún episodio tan lamentable como el que nos revela al contar que no hace mucho ha buscado a H. en internet y lo ha localizado. Encuentra una fotografía suya celebrando un aniversario de boda en la que Ernaux cree reconocer a su novia original, rodeado de hijos, nietos y mucha más familia. Y descubre con vergüenza que él no la habría reconocido, que no lo haría aunque leyera este libro. Que él ha seguido siendo una parte crucial de su vida pero ella no es nada en la de H., nunca lo fue. No puede haber escena más desarmante y dolorosa que esta confesión de la Ernaux adulta, mostrando de manera lastimosa su estupidez y disloque.

 

El  libro, como todos los de la autora, está repleto de reflexiones, imágenes, recuerdos, con muchos de los cuales el lector podrá sentir cierta conexión, aunque con otros probablemente sienta incomodidad, algo de vergüenza ajena, de pudor. Pero de ahí proviene la fuerza del texto, de la performance que ejecuta la autora ante nuestros ojos, renunciando a toda protección, a una exposición absoluta ante ella y ante el mundo, ofreciendo como explicación a aquella chica que, en todo caso, tampoco lo niega, ha devenido en la actual Ernaux. 

 

 

 

 

 

 

II

 

Entre febrero y octubre de 1999, Annie Ernaux retoma otro acontecimiento personal extremo de aquella joven que fue. En este caso se trata de su aborto voluntario, en un tiempo en el que esta práctica estaba perseguida penal y moralmente. El recuerdo le llega cuando acude al hospital para hacerse una prueba de detección del SIDA y recuerda el mismo trance, la incertidumbre que vivió en 1964 cuando pasó por una sala similar tras su aborto. El padre es otro estudiante, residente en Burdeos, algo atolondrado y que no parece sentirse especialmente involucrado en las consecuencias de sus actos. 

 

El libro va recorriendo la angustia de la joven, sin saber a quién recurrir, confesando su embarazo a las personas menos apropiadas de quienes cree poder recibir comprensión y apoyo por sus ideas progresistas pero de quienes sólo alcanza a sentir desprecio. Incluso un joven ya casado al que conoce de la Facultad parece creer que el hecho de que esté embarazada es la señal de que es una golfa y trata de acostarse con ella. Sorprendentemente su mejor confidente será una compañera católica de la residencia. Recibe noticia de una periodista que parece haber abortado también hace unos años. Se planta ante la sede del periódico, tratando de reunir valor para abordarla, pedir consejo, ayuda, pero no lo logra. 

  

El acontecimiento (Tusquets, traducido por Berta Corral Corral y Mercedes Corral Corral) es el intento de poner orden a todos aquellos recuerdos y experiencias. Si bien en todos los libros de Ernaux el componente de clase tiene un importante papel, tal vez en este título se refleja con mayor fuerza esta cuestión. El feto, al que la joven se referirá en sus diarios como la "cosa", es lo que ha venido para castigarla por aspirar a una vida fuera de su círculo proletario, el bebé viene como castigo por su anterior vida pervertida, por dejarse llevar por el hedonismo de las clases superiores, por pretender subvertir el orden social.



Como la autora pone de manifiesto, tenemos tendencia a juzgar por las consecuencias de las leyes y no a las propias leyes que generan esas consecuencias. Juzgamos a quienes recurren a métodos abortivos peligrosos igual que juzgamos a los inmigrantes que delinquen o tratan de llegar a nuestras fronteras por medios ilegales, a los traficantes de personas, pero no juzgamos las leyes que crean dichas condiciones. También enuncia un principio que justifica la dureza del relato aquí expuesto, a saber, que haber vivido una experiencia te da derecho a escribir sobre ella y, en todo caso, siempre quedará la libertad del lector de dejar a un lado el texto o apurarlo hasta sus últimas consecuencias. 

 

Acompañaremos a la Annie del 63 y el 64 por sus desvaríos y temores, sus miedos  e indagaciones. Cómo irá percibiendo poco a poco los cambios en su cuerpo, el ensanchamiento de las caderas, el crecimiento de los pechos, el ver cómo la vida sigue su curso habitual para todos sus compañeros menos para ella, cómo algunos cambian el modo en el que la tratan.

 

Siente toda la opresión social cuando desesperada trata de recurrir a unas agujas de coser que se ha traído de casa ante la imposibilidad de encontrar otra solución. Pero, al tiempo, trata de mantener la normalidad. En Navidades va de vacaciones con su novio y otra pareja, hacen el amor con tristeza, ni siquiera aprovechando que ya la anticoncepción no juega un papel limitador.

 

Pero la decisión está ya tomada y finalmente consigue el contacto de una abortera. Se lo facilita una joven de la que solo ofrece sus iniciales ya que, como asegura, ha de resguardar su identidad puesto que este libro es para exponerla a ella, no a quienes la ayudaron. La joven le facilita una dirección en París y le adelanta el dinero para el pago, cuatrocientos francos. Entre tanto, cuando hace las visitas de fin de semana a su casa, ha de mantener la ilusión de que todo sigue igual, que la regla no se le ha interrumpido, un engaño que sumar a todos los que ya arrastra. La "cosa" también le altera las facultades intelectuales, no se concentra en sus estudios, sus trabajos académicos se convierten en una tortura y confía en borrar esa carga, volver a retomar la vida en el punto exacto en que la dejó, en el que nada debió torcerse.

 

Hace una primera visita a la abortera, conoce la casa, el olor, la cara de la mujer que le va explicando con fría resignación los términos de la intervención, el pago. Y una semana después vuelve ya preparada. Acude a una iglesia próxima para rezar, no por su alma, sino para pedir que no haya dolor. Y mientras se tumba y se abre de piernas piensa en sus compañeras que están estudiando o en su madre, que planchará silbando con despreocupación. La abortera le asegura que en dos días perderá al niño, pero esto no ocurre. El tiempo pasa lento pero los días transcurren sin novedad. Vuelve a la casa y la abortera le introduce una sonda, es un material caro y le pide que cuando el feto salga se la devuelva, nunca lo hará.

 

El aborto se produce al fin en su habitación de la residencia, con la única compañía de su amiga católica practicante, que ha de cortar el cordón umbilical y con la que ya ha perdido el contacto y que probablemente vivirá acosada por la culpa de haber acompañado a una pecadora en ese trance. El feto sale como un pequeño muñeco ensangrentado que pronto meten en una bolsa de galletas y tiran por el baño. Pero ha perdido tanta sangre que tiene que ser ingresada en el hospital durante cinco días. Y regresa a casa para recuperarse. Ante la sospecha de la madre se llama al médico del pueblo que inventa un diagnóstico, tal vez apiadándose de Annie, tal vez queriendo evitar el oprobio en una población pequeña, quizá queriendo no involucrarse en una investigación judicial.

 

La vida poco a poco retoma su normalidad pero este acontecimiento dejará poso en la vida de la muchacha, ahondará la impresión de culpa original y determinará gran parte de su modo de comportarse en el futuro. La escritura del libro es un exorcismo de fantasmas del pasado, tal vez una aceptación y reencuentro. Porque aquí, a diferencia de  Memoria de chica, sí podemos advertir una profunda comprensión por parte de la Ernaux madura, una cierta simpatía que alivia un texto duro como pocos, lacerante e incisivo. Y así ponemos fin a otro par de libros de esta autora, peculiar y lúcida, tal vez no apta para todos los públicos, pero necesaria para todos ellos.





11 de marzo de 2026

Una mujer / No he salido de mi noche (Annie Ernaux)


 

 I


Annie Ernaux ha desarrollado una carrera literaria extensa tomando como referencia principal hechos de su propia biografía, no porque ésta cuente con elementos que la hagan especialmente relevante, epítome de su tiempo, sino precisamente por todo lo contrario, porque pueden ser hechos parejos a los que afronta cualquier persona en sus mismas circunstancias.


Este género, la autoficción, que ha venido ganando adeptos en las últimas décadas y que cuenta con notables autores, especialmente en Francia, se revela como un terreno abonado para la mala literatura. Lo que puede resultar relevante para el autor, los hechos que dotan de sentido a sus experiencias, se tornan en gran parte de las ocasiones fríos e irrelevantes para quien no logre conectar con ellos. Esa distancia entre la percepción de lo vivido en primera o tercera persona suele resultar en la intrascendencia de las obras. Por otro lado, tampoco ayuda mucho la tópica recomendación de que uno ha de vivir primero y luego escribir, que se suele confundir con contar “lo vivido”, no contar “desde lo vivido”, que no es lo mismo.

 

Pero, formulado este desahogo, en manos de un escritor capaz, el género puede convertirse en un excelente modo de reflexionar y narrar, de conectar con un lector ávido de identificarse con lo que lee, de extraer su propio análisis. Ernaux ha recibido el reconocimiento del Premio Nobel de Literatura en el año 2022, precisamente por su habilidad para implicar al lector en esas narraciones, mezcla de biografía y literatura, un estilo muy personal y definitorio, inimitable sin caer en el puro plagio.  

 

Para lograr este resultado, la autora francesa parte de una integridad y un respeto absoluto a la premisa que se ha marcado, que no es otra que escribir para desnudarse totalmente, a ella y a su entorno, sin condescendencia ni piedad, casi una autopsia con olor a formol y antisépticos.  

 

En Una mujer (editorial Cabaret Voltaire con traducción de Lydia Vázquez) publicada en el año 1987, Ernaux nos cuenta la vida de su madre, esa mujer a la que se refiere el título. Ya desde las primeras páginas traza su objetivo claro. Blanche Duchesne ha fallecido apenas semanas antes de que comience a escribir el manuscrito tras unos dos años enferma de Alzheimer y de haber pasado por varias residencias, concluyendo así un periodo de enfermedad e idas y venidas, un tiempo en el que la madre ha ido a vivir con la hija para facilitar su cuidado dado que los nietos la alegran y que Annie se ha divorciado, por lo que se pueden hacer compañía mutua.

 

La imagen dolorosa de estos últimos años rompe con la que tiene de su madre en los tiempos en que ella era una niña, cuando la veía como un ser portentoso, alegre, un dios para ella, omnipotente y ubicua. También la ve diferente de aquella mujer que juzgaba sus ansias de libertad ya en la adolescencia, que cuestionaba sus gustos, ropa y novios cuando ya estaba en la Universidad, sus amoríos, nada que no ocurra a cada hijo e hija.

 

La conciencia individual nos permite crear una imagen propia, un relato autobiográfico, que no tiene por qué ser único ni estable en el tiempo, pero de hecho parece que estamos preparados para crear una idea de continuidad de nuestras vidas. Pero en lo que hace a las ajenas, lo único que tenemos son imágenes, anécdotas, confesiones, pero nunca una imagen completa engarzada en un hilo narrativo. Tratar de recrear la vida de su madre desde un punto de vista orgánico y completo es el intento de unir todas esas imágenes y recuerdos, de conciliar sus sentimientos encontrados con todas aquellas mujeres que se rebelaron diferentes a lo largo de la vida que compartieron madre e hija. También es, seguro, un modo de equilibrar los tristes recuerdos de los últimos años, que siempre pesan con mayor crudeza, y que son los más dolorosos cuando se ha pasado por trances complicados al final de la vida, como bien sabe quién haya pasado por una experiencia pareja.

 

La reconstrucción se remonta al nacimiento de su madre, en una familia de un entorno rural en el que las duras condiciones de vida solo tienen una posible vía de escape, pasar a convertirse en proletarios. Así, la madre dejará de bregar pronto con animales y cultivos para entrar a trabajar en una fábrica de mantequilla, un ambiente aún muy ligado a lo rural, un trabajo no muy agradable del que sale cuando una gran factoría dedicada a la cordelería se instala en la zona. Su madre se convierte así, al fin, en una orgullosa trabajadora fabril, un salto de clase, un inicio de relaciones más allá de los rudos campesinos con los que conviven sus padres y, el lugar en el que conocerá a su marido, de una clase social ya más asentada pero que, pese a ello, o precisamente por ello, carece de la ambición de ascenso social de su esposa.

 

La inquieta joven empuja a su marido a mudarse a otro pueblo, una pequeña localidad en la que compran un negocio, mezcla de tienda de todo y cafetería, un negocio que terminará por esclavizar a la madre pero que siempre será el símbolo de haber vuelto a dar un salto social, de ser propietaria, la dueña de un negocio, sin jefes a los que servir, aunque haya de humillarse y someterse de continuo a los caprichos de sus clientes, al miedo de que se establezca una tienda que les haga la competencia, de que cualquier mal gesto la torne antipática y se genere una reacción que haga huir a sus clientes.

 

Y Ernaux nos va desvelando la vida de esa joven animosa, bella según se desprende de las fotografías, pero conservando un cierto aire de tosquedad, autenticidad podríamos decir piadosamente, una mujer que ha traído al mundo a Annie y para quien se convertirá en la referencia absoluta. De ella aprenderá lo que debe y no debe hacerse, a vestir con poco dinero pero mucha dignidad, a reutilizar todo lo que deba y pueda ser reutilizado, a comer de manera sencilla, frugal pero reconfortante, a leer los folletines románticos de la época, a no olvidar a la hermana muerta, una ausencia que Annie siempre creerá que no será capaz de hacer olvidar, una culpa original, maldita.

 


Pero según Annie crece, la lozanía de su madre se va ajando. Cuando le llegue la menstruación parecerá suscitar el rencor de la madre a la que pronto se le retirará, o tal vez sea la propia Annie la que comienza a ver en su madre ya no la figura superior, el referente diario, sino que empezará a sufrir sus frenos, la obligación de estar en casa pronto, de no armar alboroto, la que juzga con una mirada severa, sin palabras, cuanto parezca alegrar a la joven. Un cambio de sentimientos, anticipo del choque que pronto llegará, de ese momento en el que un hijo ha de enfrentarse al orden de sus padres, creer peor todo lo que se le proponga, cuestionar y juzgar.

 

Y Annie va sintiendo mientras escribe este libro la ligazón con su madre, aquella que no pudo percibir en su momento, reconciliándose de alguna manera con ella, porque tal vez solo la muerte permite cerrar una etapa y hacer balance, o mejor aún, porque para la autora poner por escrito estos sentimientos, exponerse al lector y a sí misma, explorar las escenas que puede recuperar a través de fotografías, cartas o recuerdos, muchas veces alterados por el tiempo, permite ese ejercicio de introspección. El estilo de la autora se muestra directo e implacable, lacónico en ocasiones, duro. Sus palabras no buscan el consuelo, el perdón o la comprensión, parecen tan solo dirigidas a un jurado imparcial que aguarda impaciente para emitir un veredicto que nunca será benévolo con la autora, porque el libro es una reflexión tanto sobre la madre como sobre la propia hija, a fin de cuentas, es a través de sus ojos como la ve. No recurre a cómo pudo percibirla el resto de la familia, sus amigas, qué pudo significar para su padre, qué atributos habría destacado éste de aquella. El único punto de vista es el de Ernaux, el de la hija convertida en el narrador y explorador de su propia vida a través de los puntos de contacto con su madre. Una experiencia sobrecogedora en ocasiones, tierna y dolorosa en otras. Como señala la autora, durante el proceso de escritura logra distanciarse del dolor de las primeras semanas tras su muerte, convirtiendo a su madre de alguna manera en un arquetipo que puede contemplar con cierta equidistancia, para juzgarla, hacerla humana en suma.

Y como tantas veces ocurre, la hija odia a la madre por verse reflejada en ella, por comprender en su madre lo que odia en sí misma, una experiencia dolorosa porque los dardos realmente van dirigidos contra Ernaux, no contra su madre. El relato va adentrándose en los últimos años de la mujer, en su deterioro físico y mental, en los despistes premonitorios y en las grandes lagunas en un tiempo en el que los recuerdos lejanos están más presentes que el lugar en el que se acaban de olvidar las gafas, en el que las entradas y salidas del hospital comienzan a convertirse en rutina, y la última visita en la residencia, saliendo, como siempre, con prisa, agobiada por el dolor, por la presencia de tanto olor a muerte, de tantos ancianos, una realidad que no quiere ver pero que añorará cuando la llamen al día siguiente, lunes por la mañana, para informarle de que su madre ha fallecido. La prefería loca que muerta, asegura ahora.

 

El libro se cierra de manera conmovedora y certera cuando la autora asegura que He perdido el último vínculo con el mundo del que he salido, y por ello pasamos y pasaremos todos. 



 

 

II


 Pero Annie Ernaux no se detiene en este empeño, retomando diez años después, en 1997 los últimos años de su madre en No he salido de mi noche (publicado por Cabaret Voltaire y nuevamente traducida por Lydia Vázquez).

 

En esta obra, que no llega a cien páginas, Ernaux retoma las notas, breves y esquemáticas en ocasiones, que fue tomando durante los dos años en que su madre habitó esa noche a que se había referido en la última carta que escribió para una amiga y que nunca llegó a enviar.

  

Esa noche es el Alzheimer, que la fue desposeyendo de la vida tal y como la conocía y forzando a su hija a un proceso doloroso para tratar de casar esos horribles años con la imagen plena y vital que había conocido hasta entonces. Ernaux va recorriendo el proceso paulatino, no siempre lineal de esta enfermedad. Un proceso en el que parece haber ocasiones en las que la lucidez se impone, para luego caer en una absoluta falta de sentido. Donde su madre puede hablar con personas fallecidas hace años o confundir a su propia hija con una compañera de habitación o en la que encontrar una defecación en el cajón de la mesilla de noche resulta habitual. Ernaux siente el dolor al abandonar la residencia tras unas breves horas de visita rutinaria, dejando allí a su madre, con una mirada perdida, deseando volver a la seguridad del hogar, un alivio que trae consigo la culpa, el reproche. Y con la lectura de estas anotaciones el lector acompaña a la autora por las fases de la enfermedad, la que padece la madre y la que se contagia a la hija, pues nadie sale indemne de semejante trance.


Como en una cinta de Moebius, los papeles comienzan a intercambiarse en algún punto y la madre pasa a ocupar el papel de la niña y ésta la de aquella. Hay momentos en que la madre grita a voz en cuello cuando la ve entrar en el comedor para que todas sus compañeras la oigan que ahí llega su hija, un orgullo que parece nacer de algún recoveco aún vivo de su mente, un momento escalofriante y conmovedor que se desvanece a los pocos segundos cuando le pregunta con indiferencia que cuando se pone la comida y le recrimina que no le paga bien, confundiéndola con el capataz de la cordelería en la que trabajó de joven.

 

Aunque en este libro la elaboración es menor que en Una mujer, al responder a la colección de notas, apenas sin edición, el relato retoma la dureza del juicio sobre ella misma, su inasequible voluntad de llegar al fondo, a costa de lo que sea, de su sufrimiento y dolor. Por sus páginas aparecen imágenes tiernas, como la de los ancianos caminando por los pasillos, aferrados a las barandillas de apoyo, esperando en el comedor horas antes de que se sirva la comida, doblando una y otra vez las servilletas, los gritos que llegan desde cualquier habitación, el intenso olor a orines, los suelos pegajosos, la ausencia de una vecina de habitación que desaparece y en apenas unas horas es sustituida por otra. Escenas sin consuelo, sin tregua para el espíritu, una realidad que hay que tocar aunque no nos guste.

 

Y Ernaux lo hace, la palpa y la toca, la mira a los ojos aunque se le nublen, de dolor o de culpa, de resentimiento o de rabia. Pero esas notas que escribe agotada por las noches se convierten en el modo de aferrarse a lo poco que va quedando de su madre, a ese cascarón que se vacía a raudales, y que ella trata de preservar, de acaparar casi con avaricia en cada pequeño detalle que atesora para el futuro, para cuando ella no esté.  

 

Pocas lecciones pueden aprenderse de esta obra. El final es conocido y cada uno que pase por esta situación la enfrentará de un modo diferente. Sin embargo, el principal motivo para sugerir la lectura es ahondar en la profundidad del compromiso de su autora con la Literatura, con sus convicciones firmes en torno a la vida, la coherencia, la autoexigencia y la verdad. Tal vez por estas cosas y otras tantas le concedieron en 2022 el Premio Nobel de Literatura y tal vez por ello la lectura de estos libros será imprescindible para conocer quiénes somos.